Su vida no solo ha sido larga, sino plena en logros de los que permanecen, pues suman a la trabajosa construcción de aquello que nuestros grandes pensadores denominaron el bien público. Iba a empezar estas palabras diciendo que la arquitectura fue su gran pasión, pero temo equivocarme. Habida cuenta de sus enormes y múltiples dimensiones humanas, yo creo que esa pasión se cifra más que nada en el alma y en el destino humano, y también en un cabal sentido de compasión, que significa padecer con otros, compartir una aflicción y una pasión, hacer de la empatía una segunda piel.
Eso es Mariano Ariana. Un compañero íntegro. Un ser que se hizo y que marchó con otros, en cuadro apretado, “como la plata en la raíz de los Andes”, al decir de José Martí, para que no pase el gigante de las siete leguas que nos puede poner la bota encima. Ese gigante era para Mariano todo lo que conspira contra la pública felicidad, venga de donde venga y se disfrace del bicho que se disfrace. Uno de los privilegios de una vida larga y noble como la suya, es la de haber podido erigirse en sujeto de transformación, y haber acumulado experiencia histórica, ese saber auroral del que nos habla el tucumano Arturo Andrés Roig, por el cual somos capaces de ponernos como valiosos para nosotros mismos. A Mariano lo visitó más de una vez esa sabiduría, encarnada en el búho de Minerva, hasta que decidió irse con él a recorrer edades ciegas. Supo hacer suya esa frase atribuida al romano Pompeyo, que recoge el poeta Fernando Pessoa en unos versos, y que formó parte del emblema del semanario Marcha, entre nosotros: “Vivir no es necesario, navegar es necesario”. Porque navegar es crear, tomar riesgos, marcar caminos, pasar antorchas, señalar horizontes. Por eso Mariano se queda y permanece, porque los buenos, los que se van de cara al sol, siguen a nuestro lado, para darnos ejemplo y aliento en esta empinada cuesta de la vida, en la que al fin de cuentas, lo único importante y lo único verdaderamente urgente es ayudar a bien vivir a los otros.