En un primer sentido, ser natural equivale a no ser objeto de mediaciones, como categorías, escrituras, jerarquías, relatos o etiquetas. Algo así como desprenderse de todo rótulo para, recién a partir de ahí, comenzar a trabajar el arduo proceso de una liberación en todos los sentidos, pero más que nada en sentido de construcción moral. En segundo lugar, ser natural supone, no un concepto ideológico, sino más bien histórico. Equivale a ser capaz de asumirse como sujeto de transformaciones, en un aquí y un ahora, en una temporalidad creadora que no se reduce a un mero transcurrir. O sea, ser natural es ser capaz de experiencia, pero de una experiencia propia, asumida, consciente, fundante y liberadora. En tercer lugar, para lograr todo eso, ser natural indica también la potencia de indignación y de fuerza. Como dice Martí, “viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada en los libros”, lo cual no significa que el hombre natural sea un bruto que desea aniquilar bibliotecas y saberes, sino que se alza contra una justicia, una ética, un sistema de valores encerrado en determinados relatos, que han sido puestos por escrito (libros) y entronizados como si se tratara de la verdad suprema.
Esa justicia, esa ética, esos relatos, no hacen justicia al hombre y la mujer natural; lo someten, lo utilizan, lo oprimen de todas las formas posibles. Y por eso esa justicia debe ser derribada, y reemplazada por otra, creada a partir de una nueva eticidad. Véase de qué manera y por cuáles medios es necesario despejar el campo de trabajo, a la manera de la desinfección escrupulosa de una mesa de operaciones quirúrgicas, antes de proceder siquiera a formular tal o cual intento de cambio. La limpieza, la desinfección, tienen que pasar en primer lugar por las mentalidades, por la destrucción de los estereotipos, los prejuicios, los lugares comunes anclados y grabados a fuego en el espíritu de las generaciones americanas. Barajar y dar de nuevo cuesta mucho, y a veces cuesta demasiado.
Es casi inextricable la maraña de la falsa erudición que nosotros mismos hemos abonado al paso de los siglos, al punto de que, si la apartamos, nos quedamos casi ciegos, casi inoperantes, incapaces de producir un solo pensamiento dotado de una claridad mínima, que nos pueda indicar el camino a seguir. Pero por allí pasa el desafío. Es tanto lo que puede decirse del hombre y la mujer naturales, que este artículo no puede obrar sino como una miserable introducción al tema. Pero ha de saberse que ese hombre y esa mujer, si es que son naturales, somos todos los americanos, incluidos por supuesto los indios. Esto no indica estar contra Occidente, contra los libros al barrer o contra cualquier otra cosa, sino desinfectar la mesa de operaciones de la mente. En eso se libra el juego entre la ética y la liberación; en el proceso constante de quiebra de los relatos pseudo-universales con los que se construyen todas las formas opresivas, no solamente desde afuera, sino desde en la propia interna de quienes eligen la opresión y no el consenso. Como dice Martí, “Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil […], del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “¿Cómo somos?” se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son”.