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"Yo hago ravioles, ella hace ravioles"

El Partido Colorado también pidió su cadena nacional de radio y televisión, tal como le había sido concedida al Partido Nacional.

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El motivo fue el mismo, el aniversario de los 190 años de esa colectividad. La solicitud fue inmediata a la cadena de los blancos, lo que recuerda aquella frase magistral del personaje de China Zorrilla en Esperando la Carroza: "Yo hago ravioles, ella hace ravioles", aludiendo a una vecina copiona.

La casi simultaneidad remite a que los partidos tradicionales, más allá de las fechas elegidas, nacieron juntos uno frente al otro en medio de reyertas fratricidas para imponer una u otra élite en el poder. Así desataron la Guerra Grande y así siguieron durante la mayor parte del siglo XIX e inicios del XX hasta que una bala terminó con Aparicio Saravia en Masoller.

El Partido Nacional fija la fundación de su partido el 10 de agosto de 1836. Sin embargo, lo que sucedió ese día fue el decreto gubernamental estableciendo que todos los individuos del Ejército, de la Guardia Nacional, de las policías y todos los empleados públicos usarían en el sombrero una cinta blanca con el lema "Defensor de las leyes". O sea, nada de decisión grupal profunda en favor de la creación de una organización partidaria sino un acto protocolar de coerción y coacción estatal para consolidar una fuerza que enfrentara el levantamiento militar de Rivera, afanado en recuperar todo el poder.

Divididos por la divisa

El Partido Colorado, por su parte, remite su fundación a la fecha del 19 de setiembre de 1836. También nació como divisa. Es decir, como otra cinta a manera de vincha, lazo en el sombrero, brazalete o tela en la solapa, pues era imprescindible identificar a los del mismo bando en medio de una batalla. Porque ese día sucedió la Batalla de Carpintería, en un paraje junto al arroyo con ese nombre, al sur del Río Negro en el departamento de Durazno.

En ese combate se enfrentaron las fuerzas leales al presidente constitucional, Manuel Oribe, y la de los seguidores de Fructuoso Rivera, que había sido el primer presidente, entre 1830 y 1834, y se sublevó cuando el nuevo gobierno asumido en marzo de 1835 denunció la corrupción de ese período, decidido a combatir el poder que mantenía Rivera con el control político y militar de buena parte de la campaña desde su feudo en Durazno.

Aún existe la polémica respecto de los verdaderos colores de aquellas divisas que, muy lejos de nacer como partidos políticos producto de un corpus doctrinario, eran apenas un símbolo de grupos con intereses enfrentados.

Los seguidores de Oribe portaron una cinta de tela blanca. En cambio, no está claro de qué color era la tela que portaban los fieles a Rivera. Hay versiones que afirman que era azul-celeste, ligada a las franjas del primer pabellón del Uruguay que en 1830 eligió sepultar los colores revolucionarios que José Artigas había tomado de la Revolución norteamericana y de la Revolución francesa, el rojo, azul y blanco; para imponer el celeste y blanco de la heráldica de los reyes Borbones de España. Nuestra bandera mantiene hasta hoy aquella traición restauradora propia de una élite conservadora que hablaba de independencia solo para unos pocos.

Otras versiones cuentan que aquel azul degradaba con el sol o desteñía por el agua. Incluso, afirman que el rojo se impuso cuando aquellos combatientes usaron retazos del forro de raso punzó de sus ponchos. Fuere como fuere, ambos colores pasaron a identificar a cada bando.

Carpintería para principiantes

Hay que saber que la batalla que definió la contienda no fue la de Carpintería sino la poco conocida Batalla del Palmar. En Carpintería Oribe se adjudicó el triunfo aunque quien dirigió el combate fue su hermano, Ignacio Oribe. Si bien Juan Antonio Lavalleja, en carta a Latorre afirma que "Rivera completamente derrotado sigue para el Durazno. Opóngasele al paso que no lleva 200 hombres, y yo sigo en su persecución. Informe al gobierno que hemos triunfado", aquella no fue una acción definitoria.

El parte oficial de la refriega, pasado por el Gral. Ignacio Oribe, fue publicado en la edición número 2104 del periódico El Universal, y figura en el libro de Antonio Díaz: "Historia Política y Militar de las Repúblicas del Plata", tomo tercero, página 274, donde dice que después de la batalla "Rivera se dirigió a Porongos, pasó en seguida el Paso de Navarro del Río Negro con una fuerza de 500 hombres, derrotando, de paso, a una fuerza oribista que le salió al cruce".

Recién unos veinte días después del combate, el 11 de octubre, toda una división del Ejército que comandaba Rivera, compuesta por 600 hombres de caballería, más 150 de infantería y una pieza de artillería, al mando del coronel José María Raña, cambió de bando y se pasó a las fuerzas de Oribe. Fue ahí que Rivera huyó a territorios del Brasil, donde era protegido. No en vano, más allá de escaramuzas, junto con Lord Ponsonby, el Imperio del Brasil lo había entronizado en el poder en contra del bando pro-argentino que había protagonizado la Cruzada Libertadora de 1825.

Tras volver al Uruguay fortalecido, Rivera pertrechó a sus huestes y retomó el acoso a las fuerzas del gobierno hasta que el 15 de junio de 1838 profirió una derrota contundente al oribismo en la Batalla de Santa Ana del Palmar, en los márgenes del arroyo Santa Ana, en Paysandú, un poco al norte de lo que hoy es Guichón. Esa victoria le dio el control de la campaña y motivó que el derrotado Oribe regresara a Montevideo para renunciar al gobierno y exiliarse en Buenos Aires bajo la protección de Rosas. Más tarde, regresará al mando de un ejército a sitiar Montevideo desde el Cerrito, ya con una guerra a escala regional y hasta con comandos internacionales colaborando con uno y otro bando.

El Partido Colorado en disputa

Tras la debacle colorada a inicios del siglo XXI, producto de los gobiernos de Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle, verdaderos enterradores del legado batllista y responsables de llevar al Partido Colorado a su mínima expresión, en la actualidad se comporta como un sector colaboracionista de su otrora rival, el Partido Nacional.

Para colmo, mantiene una interna revestida de conflicto generacional pero impregnada de una lucha de egos entre un Pedro Bordaberry en disputa cotidiana con Andrés Ojeda, que detenta la Secretaría General por haber obtenido más votos pero no hace pie en una bancada en la que Bordaberry le capturó diputados.

Ojeda es el heraldo de la coalición multicolor que ya perdió varios colores y es un bastión monocromático que asegura el liderato blanco y postra a los colorados a ser un apéndice. La única aspiración de Ojeda es la de integrar la fórmula detrás de Luis Lacalle Pou, un lugar desestimado por el PN, celoso de su feudo.

Ojeda sueña, en ese juego cínico, con convertirse en un exponente de la derecha internacional crecida a golpes de trumpismo en nuestro continente. A tal punto que moldea su figura a imagen y semejanza de un Bukele o un de la Espriella, con pantalones chupín, chalecos y sacos un talle más chico para exaltar esa postura de muñeco de torta con pecho inflado y biceps hipertrofiados por fierros o esteroides anabólicos. El discurso, en cambio, luce una flacidez perezosa, sin tono muscular y un esqueleto raquítico que apela a la fuerza punitivista con ausencia de colágeno teórico.

Ojeda marca la cancha coalicionista como un nuevo rabanito brotado en el Partido Colorado. Bordaberry, dilapidado su ascenso de otrora, percibe su no futuro y cada vez se escora más a la derecha tratando de ocupar el lugar político-ideológico signado por su apellido.

Así, pivotea entre revivir un derechismo conservador a la vieja usanza, con desbordes de retórica de clase dominante, y el remedo de pose coalicionista; como si le estuviera susurrando a los blancos que él es el mejor alumno para serles fiel. Por cierto, como ya lo supo ensayar. Basta recordar aquella fatídica noche de octubre de 2014 cuando se trepó al escenario del PN en medio del alboroto para decirle "vine para que hagan mierda a Tabaré Vázquez", al oído de un "luisito" ya sabedor que iría al matadero en un balotaje imposible ante el tercer triunfo consecutivo de la izquierda.

Cualquiera se da cuenta hoy de que esa estrategia seguidista le sirve más a Ojeda, más allá de que aún puede pertrechar a Bordaberry en el nicho de la derecha pura y dura que hasta Lacalle Pou busca esquivar. Pero eso no revitaliza al Partido Colorado, por más que los blancos sufran el desgaste de la corrupción de un herrerismo abroquelado en su modus operandi. Esa disputa sorda de liderazgo, queda encadenada al mandato de un Partido Nacional dependiente de un Lacalle Pou negador de su matriz ideológica y de sus prácticas, mientras Da Silva y sus epígonos, juegan a gorilas en la niebla.

Goodbye Batlle

Así como hace un siglo, la reacción conservadora del herrerismo y del riverismo, intentaban frenar el impulso de don José Batlle y Ordóñez, tildándolo como el "Lenin" uruguayo, el Partido Colorado enterró cualquier vestigio de batllismo genuino que hace décadas es expresado por el Frente Amplio. Así, un escaso márgen le queda a colorados más auténticos que añoran revivir un partido protagonista con cabeza propia y visión de Estado. Ni siquiera logran que en su actuación parlamentaria asuman posiciones serias. El seguidismo a los blancos en la votación de la Rendición de Cuentas lo desnuda y deja a la intemperie.

Si Ojeda y Bordaberry pretenden someter a su colectividad en favor de sus intereses personales, con rivalidad incluída, encadenan al Partido Colorado a ser un furgón de cola intrascendente. Hasta Cabildo Abierto, con solo dos diputados, demuestra más capacidad de incidencia que la bancada colorada, mucho más numerosa pero más desteñida que nunca. La verdadera cadena no fue la del mensaje radiotelevisado sino la que los somete a una actitud postrada y encadenada a la otra divisa de la que hoy son indivisibles.

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