Pero, como bien dice Hegel, el espíritu universal, que viene a ser la vida ética de un pueblo, en tanto que es la verdad inmediata, tiene que progresar hasta la conciencia de sí, o sea hasta su autoconocimiento. Se trata de un viaje singular y dramático, medido en años, en siglos y en milenios, en pos de la libertad, supremo anhelo y objetivo de la humanidad. Con Hegel o sin Hegel, está claro que el anhelo de alcanzar la verdad, que es a su vez una de las formas de la libertad, es inseparable de la condición humana. Si bajamos a tierra estas ideas, si acudimos al cine, si vemos la película Argentina, 1985, probablemente nos enfrentemos al dilema de hierro de aquel momento histórico. Juzgar, por parte de los tribunales civiles, a los criminales y terroristas de Estado. Si no a todos, por lo menos a algunos de los integrantes de su plana mayor. Juzgarlos con los solos instrumentos del Poder Judicial, que no se vale de metralletas, chanchitas, submarinos ni vuelos de la muerte. Esgrimir, en suma, el valor del derecho, de la ética, de las razones, frente al imperio de la muerte y de la fuerza bruta, y el abuso de quienes se creen los dueños de los demás, solo porque se sientan sobre cajones de balas. Se ha dicho que el filme es un contundente rechazo hacia la violencia perpetrada por los gobiernos, y es cierto, pero ese comentario es tan desvaído, tan edulcorado, tan inconsciente en el fondo -en especial por esa referencia global a los “gobiernos”, en lugar de referirse por lo menos a “dictaduras”, ya que no a los feroces y sangrientos regímenes de facto- que resulta más desacertado que feliz. Antes o después de ver esta película, muchos acudirán a la búsqueda virtual para saber quiénes fueron sujetos como Videla, Galtieri o Massera. También, ojalá, para enterarse de quién fue el fiscal Julio Strassera, tan bien interpretado por Ricardo Darín, casi sin una sola estridencia, ni altibajo, ni desborde sentimental o caricaturesco.