En su caso, el proceso fue largo y doloroso. Su padre integró el Servicio de Material y Armamento, dependencia militar que funcionó también como centro clandestino de detención y tortura conocido como “300 Carlos”. Aunque nunca obtuvo una confesión directa, Ana Laura asegura estar convencida de que existió participación y conocimiento de lo que ocurría allí.
“Esos silencios continúan hasta el día de hoy”, sostuvo. Para ella, el ocultamiento y la complicidad entre militares persistieron incluso después del retorno democrático. A eso se sumaban comentarios despectivos hacia las víctimas del terrorismo de Estado que escuchó durante años en su casa y que terminaron profundizando sus cuestionamientos.
Otra narrativa distinta a la familiar
El quiebre comenzó en la adolescencia. Recuerda especialmente a una profesora de Historia que decidió dedicar tiempo a explicar la dictadura en un contexto donde muchas veces el tema queda relegado al final de los programas educativos. “Ahí fue como un clic”, contó. Por primera vez apareció otra narrativa distinta a la familiar.
Mientras en su hogar predominaba el relato de los “héroes” que combatían a la subversión, en el aula comenzó a escuchar sobre violaciones a los derechos humanos, desapariciones y torturas. Esa contradicción la acompañó durante años y se profundizó con su participación sindical y política.
Durante mucho tiempo evitó hablar públicamente del pasado militar de su padre. Incluso dentro de sus espacios de militancia, pocas personas conocían esa parte de su historia. Pero una conversación con una compañera de trabajo terminó siendo determinante. Cuando mencionó el lugar donde había trabajado su padre, recibió una respuesta inmediata, allí había funcionado un centro de reclusión y tortura.
“Ahí fue como que me cayó una verdad”, recordó.
A partir de entonces comenzó un proceso de reconstrucción personal atravesado por dudas, negaciones y necesidad de respuestas. Primero intentó convencerse de que su padre no había estado allí durante los años más duros de la represión. Después entendió que necesitaba preguntar directamente.
Historias Desobedientes
Su padre ya estaba enfermo cuando finalmente se animó a hacerlo. Entonces llegó la confirmación, había ingresado al Servicio de Material y Armamento en 1972, antes de lo que figuraba oficialmente en su legajo militar. Para Ana Laura, las piezas del rompecabezas terminaron de encajar.
Historias Desobedientes reúne experiencias atravesadas por conflictos similares. Hijos, hijas y familiares de militares o policías vinculados al terrorismo de Estado que decidieron romper con el mandato familiar y tomar posición pública en favor de la memoria, la verdad y la justicia.
El colectivo participa de actividades vinculadas a derechos humanos y acompaña históricas reivindicaciones de organizaciones de familiares de detenidos desaparecidos. También pone el foco en otras víctimas menos visibles: niños y niñas afectados por el terrorismo de Estado que hoy son adultos y que, según sostienen, todavía no han recibido reparación.
La dimensión de esa experiencia implica convivir con tensiones profundas. No se trata únicamente de revisar el pasado histórico del país, sino también de cuestionar vínculos íntimos y afectivos. Para Ana Laura, la condena ética no desaparece por el hecho de tratarse de un padre.
“Más allá de que haya sido mi padre, condeno totalmente no solo lo que él dijo, sino lo que él pudo haber hecho”, afirmó.
Desde ese lugar, Historias Desobedientes intenta abrir una conversación poco frecuente, cómo viven, recuerdan y procesan la dictadura quienes crecieron dentro de familias vinculadas al aparato represivo. Un territorio marcado por el silencio, pero también por decisiones personales que buscan quebrarlo.
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