En este marco, el caso de la República Bolivariana de Venezuela aparece clave en la ofensiva de Washington. Por un lado, porque las reservas petroleras de Caracas son las más vastas a nivel global, y las gasíferas ocupan el octavo puesto a nivel mundial. Según los cálculos de la Agencia Federal de Información Energética a los Estados Unidos, les quedan doce años de reservas de gas probadas, al nivel del consumo anual actual. El otro factor que impulsa la guerra psicológica y la intimidación militar se vincula con el pernicioso ejemplo chavista de defender su soberanía con unas Fuerzas Armadas Bolivarianas que se mantienen fieles al mandato antiimperialista transmitido por Hugo Chávez. El tercer elemento remite al incremento de las relaciones de Caracas con los BRICS+, que dejan afuera a Washington como potencial socio del presente y futuro crecimiento de Venezuela. Para garantizarse el control político —y el acceso a sus recursos—, Washington insiste en quebrar al chavismo, porque se ha convertido en un faro de soberanía regional para el resto del subcontinente. Un mal ejemplo.
El pretexto de la guerra
El pretexto de la guerra contra el narcoterrorismo oculta la intención de producir un cambio de régimen. Para lograrlo, la Casa Blanca estudia un conjunto de opciones que tienen como base la guerra psicológica, sustentada en la ostentación de una fuerza naval que diariamente exhibe su capacidad letal sobre barcazas desarmadas. Ese desfile de poderío bélico incluye la ostentación intimidatoria del portaaviones considerado como el más poderoso del mundo, el Gerald Ford, poco rentable para un enfrentamiento contra potenciales narcotraficantes desplegados al este y al oeste de Panamá. La difusión mediática cotidiana de los bombardeos cumple con el cometido de ir haciendo admisible y natural la militarización.
A partir de ese despliegue, el menú de Marco Rubio incluye siete opciones concatenadas, alternadas y/o superpuestas: (A) La generación de un Golpe de Estado interno, impulsado y financiado por las operaciones encubiertas de la CIA, que Trump autorizó un mes atrás; (B) la creación de una situación de conmoción social interna que habilite una intervención militar humanitaria; (C) atentar contra la vida del presidente Nicolás Maduro o alguno de los altos mandos de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, para legitimar un vacío de poder; (D) intentar el secuestro de algunos de esos funcionarios apelando a la Fuerza Delta del Ejército o al Equipo 6 de SEAL de la Marina; (E) el ataque con misiles a sitios estratégicos y/o instalaciones militares, similar a los llevados a cabo contra la República Islámica de Irán en junio último; (F) la invasión limitada destinada al control de pozos petroleros, aeropuertos o radares, como en los casos de Libia y Siria; (G) la invasión extendida, que requeriría más de 150 mil uniformados estadounidenses. Esta última alternativa supondría el establecimiento de un conflicto en un territorio de casi un millón de kilómetros cuadrados que habilitaría una guerra irregular, una profunda conmoción en Latinoamérica y una perturbación global imprevisible.
El Rubio menú de posibilidades, además, omite el análisis de las capacidades bolivarianas, sobre todo las conocidas como “la resistencia popular prolongada y la ofensiva de defensa militar y policial”, destinadas a desplegarse en una organización reticular de veinte mil posiciones de combate dispuestas en el territorio venezolano. Hace más de tres décadas, Noam Chomsky escribió: “… la única forma de que Estados Unidos ataque a un enemigo mucho más débil es construyendo una enorme ofensiva propagandística que lo exponga como el mal absoluto, e incluso como una amenaza a nuestra supervivencia misma”. Se refería a Irak, pero para la lógica imperial los nombres de los países pueden intercambiarse.