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Columnas de opinión | indecisos

La tiranía de los indecisos

Esta especial y frágil coyuntura pone a la izquierda ante un dilema complejo sobre el que casi siempre se repite el tic conservador.

En el último mes de campaña todo gira en torno al mayor misterio electoral: el comportamiento de las personas que se mantienen indecisas. En la Grecia antigua, a quienes pretendían ser indiferentes a la política se les denominaba idiotas, aunque no implicaba el insulto en el que derivó después.

Bertolt Brecht decía en uno de sus versos: “Frente a los irreflexivos que nunca dudan están los reflexivos que jamás actúan”. Sin embargo, los indecisos siempre terminan actuando, ya sea votando la lista de un partido, en blanco o anulado. Incluso quienes no concurren a votar también expresan una acción por inacción. Pero lo que la cultura cívica griega señalaba era la ilusa pretensión de mantenerse al margen ignorando que la política se mete con los que no se quieren meter con la política.

Walter C. Parker, profesor emérito de la Universidad de Washington, en una entrevista de Dalia Ventura para BBC Mundo, recuerda que Pericles, el gran estadista de Atenas, decía que quien no contribuía en los debates era considerado "no como falto de ambición sino como absolutamente inútil”.

Parker cree que la antigua etimología puede ser una herramienta valiosa para una comprensión contemporánea de la democracia y la ciudadanía y agrega que “en ese sentido, podemos volver a Aristóteles hace 2000 años, a quien suelo citar cuando escribo sobre idiotez. Para él, un idiota es aquel cuya vida privada es su única preocupación, alguien que no toma iniciativa en política. Son personas inmaduras, con un desarrollo truncado, que pueden tener una vida social, pero no una vida pública. Así que hay una vida privada, una social y vida pública, y para ser un individuo floreciente y prosperar se necesitan las tres".

Es en ese contexto que, con el tiempo, iditēs comenzó a adquirir una connotación negativa, recuerda Ventura, para transformarse en un término de reproche y desdén. Vivir sólo una vida privada no era ser plenamente humano. Y aquí recurre a Christopher Berry en su libro “La idea de una comunidad democrática", quien explica que “si la conducta y el discurso de un hombre dejaban de ser políticos, se volvían idiotas: egocéntricos, indiferentes a las necesidades de su prójimo, inconsecuentes en sí mismos”. Y agrega que “esa clase de idiotez era quizás más grave que la que resultó de la metamorfosis que llevaría a la palabra a convertirse en lo que dice ahora la Real Academia: 1: Tonto o corto de entendimiento. 2: Engreído sin fundamento para ello”.

Parker remata con el ideal que promueve la participación “estableciendo el gobierno y creando las reglas según las cuales viviremos juntos sin desgarrarnos, y trataremos de defendernos del tipo de vida pública que no queremos. Pero el idiota rechaza todo eso. Simplemente se entierra en su vida privada y en su vida social, con lo que arriesga que seamos gobernados por quienes menos deseamos, como ya advertía en La República el filósofo ateniense Platón”.

Retomando a Brecht, se trata del peor analfabeto, el analfabeto político que a lo sumo busca una neutralidad posible pero ignora que quien no participa del cambio de la realidad es funcional al status-quo dominante.

El perfil de los indecisos

Este misterio de cada ciclo electoral no puede ocultar toda una minería de datos que los va haciendo emerger como una veta brillante en la dura roca de las encuestas. De hecho, en cada elección, los porcentajes de anulados y en blanco se mantienen con escasa variante. Eso hace más visible el rastro que dejan los indecisos de última hora en su comportamiento electoral. Allí hay una huella que las diferentes empresas encuestadoras pueden rastrear. No es tan sencillo pero es una pista que cada una debe intentar descifrar bien pegada a su particular metodología de cálculo.

Por ejemplo, la encuestadora Cifra mantiene hoy un 13 % en el que engloba indecisos con votantes en blanco y anulado. La empresa Equipos los sitúa en el 10 %. Sin embargo, Factum los proyecta según un análisis más fino en función de las respuestas que dan a su sistema específico de auscultar a esta escurridiza porción del electorado. Como en el resultado del acto eleccionario no hay indecisos, al 6 % que en setiembre identificó así, le adjudica el comportamiento esperable de las personas indefinidas en función de 21 variables sociodemográficas, políticas y actitudinales. Y Factum le da al FA solo un 43 % incluida esa proyección. Equipos le da también 43 pero con 10 % de indecisos a pescar.

Los indecisos como construcción política

Las personas que quedan atrapadas en este remanente ya tienen un comportamiento electoral, salvo indecisos muy jóvenes que votarán por primera vez. Definir a los indecisos actuales por la franja etárea es fácil siempre que sean encuestados. Ya no lo es tanto cuando hay que ponderar datos crudos con la pretensión de establecer las características de su perfil y completar la muestra. Pero lo que más complica es inferir qué terminarán votando finalmente y, más complejo aún, por qué lo harán de tal modo, sea cual sea su elección.

¿Indecisos o voto vergonzante?

El tema de la vergüenza en reconocerse como de derecha o ultraderecha en el Uruguay es de antigua data. No solo está abonado por la dificultad de admitir el apoyo a la dictadura, sus crímenes y la defensa de sus criminales, también lo era y lo es por quedar expuestos como votantes de partidos marcados a fuego por los escándalos de corrupción. Mucho más porque eso choca con el pretendido discurso de valores al que apela la hipocresía del discurso derechista anclado en la retórica moral y las buenas costumbres.

Un estudio reciente publicado por La Diaria deduce que, de los indecisos actuales, algo más de la mitad ya han votado a la coalición oficialista o son votantes de los partidos tradicionales en anteriores elecciones. El dato es un guarismo que mantiene casi sin cambios la forma en que los indecisos se definían y se comportaron en los últimos 30 años, cuando ya el Frente Amplio se constituyó, primero como uno de los tercios (1994) y después como el partido mayor del sistema electoral uruguayo. Los indecisos, al tener una mayor inclinación por los partidos de la derecha, se comportaron con dos tercios votando a blancos y colorados, ahora ya coligados con Manini, mientras que el tercio restante lo hacía por el FA.

Pero eso que parecería favorecer a la derecha, hoy nos pone en un escenario auspicioso. Si de ese 13 %, sacando en blanco y anulados, queda un 8 % para los indecisos que se decidirán según esos perfiles mencionados, quiere decir que, para Cifra, el Frente Amplio que hoy mide 44 tendrá el 47 % de los votos. Lo mismo si captara 3 de cada 10 indecisos de Equipos. Y por el método de asignar bancas de la Corte Electoral, como vimos en nota anterior (ver El Hombre que calculaba, Caras & Caretas 20-9-24) al solo tomar en cuenta los votos válidos, ese porcentaje de 47 % se incrementa y daría mayoría parlamentaria en el Senado al ser el FA el lema mayor que captura de manera más eficiente los restos. A esa banca extra se le sumará automáticamente la de la vicepresidencia si se gana el balotaje.

Otro cantar es lograr mayoría en Diputados, porque para ello debería subir aún un punto y medio más en octubre ya que la asignación de bancas es por departamentos. El escenario es difícil pero no imposible, aunque poco probable si todo sigue tan chato como hasta ahora. Aun así es bien diferente de 2019. Claro, nada está ganado y aun con esos números se puede perder el balotaje porque esto será cabeza a cabeza hasta el último voto y lo más probable es que se repita el escenario de tener que contar los votos observados para dar un ganador.

El miedo a espantar

Esta especial y frágil coyuntura pone a la izquierda ante un dilema complejo sobre el que casi siempre se repite el tic conservador. Porque la tiranía de los indecisos es una construcción política que abona el escenario del no hagan olas, de minimizar hasta el ocultamiento todo tema que marque alguna propuesta transformadora o acaso señale la dolorosa desigualdad. Incluso llega a diluir cualquier crítica directa a los notorios fracasos del gobierno con su rosario de escándalos de corrupción y su transferencia de riqueza a los malla oro, a costa del sacrificio de quienes viven de su trabajo y a costa de los dineros públicos para negocios privados, como es el caso de las AFAP o del Proyecto Neptuno que privatizará el agua.

La exaltación de los indecisos se comenta como mero síntoma de una campaña insulsa, aun con modelos de país opuestos, pero responde a una razón estructural funcional a la ideología conservadora: moderar todos los discursos con la ilusión de moderar todas las acciones de gobierno.

De ahí el lema de la sacrosanta mesocracia uruguaya anclada en la bondad del centro como ideal político. Tal es el afán de sujetar todo cambio serio y profundo que hasta la restauración conservadora que atrasa décadas es presentada como inocua. Si se le suma un escenario parejo de cara a la segunda vuelta, la mesa está servida para que la disputa electoral quede atrapada en la frivolidad de los que no tienen nada para presentar, así como el miedo de quienes no se animan a proponer. Es el embudo perfecto por donde quieren que todo pase para que pase todo con lo que no pasará nada.

Pero la focalización de los reflectores sobre la oscuridad de los indecisos tiene otras implicancias. El primer error conceptual de esta centralidad de los indecisos es la identificación como electores de centro. Porque quienes siguen indecisos hasta el final no quiere decir que se decidan por alguna opción cercana al centro, a tal punto que pueden votar a cualquier sector en los extremos. Un ejemplo es el crecimiento en 2019 de Cabildo Abierto por encima de lo esperado atrayendo votantes indecisos. Si la izquierda cae en la trampa de que no hay que decir mucho para captarlos, podría perder posibilidades de atracción. Con esa estrategia, más allá de que era otro escenario, quedamos lejísimos en octubre de 2019.

Indecisos y estatus social

Otro papel que cumple el protagonismo de los indecisos es que, en ciertos círculos sociales algo paquetes, ignorantes de aquella idiotez señalada por la cultura griega, representa cierta pose de prestigio intelectual capaz de distanciarse y mirar por arriba del hombro a quienes expresan y defienden su militancia política. Un indeciso algo informado y audaz es capaz de posar hasta de librepensador que logra escapar del rebaño, aunque también vaya al matadero con su pasividad que consolida el gobierno de los peores.

Porque lo que no es tan sano es que una la elección la definan quienes no quieren participar y dan su voto por un signo zodiacal o el torpe bailecito de candidatos que abrazan y besan en una suma interminable de saludos, discursos insípidos basados en la creencia de que gana es el que se equivoca menos o el que se mimetiza más. Eso sin mencionar las mentiras directas o el terrorismo verbal de que, sin ellos, viene el caos.

La derecha usó el voto obligatorio como forma de asegurar la votación de su electorado cautivo más viejo y anclado en sus tradiciones. La izquierda teme al voto no obligatorio por los posibles peligros de fomentar la indiferencia electoral. Sin embargo, bien haríamos en apostar a mecanismos que promuevan la participación voluntaria, no por métodos compulsivos del poder estatal, mucho menos por cualquier clientelismo de turno. Para eso hay que animarse a disputar sentido y abonar la lucha cultural del cambio, a la vez que se construye una fuerza política real, insertada en la sociedad para transformarla.

No sería malo asumir el desafío de promover la participación de la ciudadanía incluso en todo lo concerniente a la gestión de gobierno, no solo para escapar de la tiranía de una minoría que no quiere decidir, sino para construir una sociedad mejor. Esa sociedad que necesita la imprescindible práctica activa porque, si no, tarde o temprano cae y se derrumba por más buenos, nobles y justos que sean sus ideales, como ya nos pasó.

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