No se trata de una mirada nueva, aunque sí recurrente, porque la realidad viene a golpear todos los días la puerta de la imaginación, de la memoria, de la desmemoria, de la ignorancia y también, por desgracia, de la muy humana estupidez, estulticia o locura que nos impide ver esa misma realidad hasta que cae sobre nuestras cabezas al modo de la lava del Vesubio. Muchos analistas (en la literatura, el psicoanálisis, la política y la filosofía) se han referido a ciertas novelas consideradas distópicas y por qué no, proféticas, en relación al mundo en que vivimos. La que acabo de mencionar es una. Otra es 1984 de George Orwell. Ahora bien. ¿Cómo hicieron estos creadores para dar en el clavo del futuro? ¿Practicaron, ellos y muchos otros, las artes adivinatorias? ¿O será que los canallas leyeron sus libros y decidieron aplicarlos a sus planes y propósitos malévolos? ¿Y si los canallas aparecieron antes? ¿Y si alguien los vio actuar y decidió crear con eso un relato de aviso, de inquietud, de drama, de advertencia? Todo se reduce, en definitiva, a la interpretación, o a lo que en estos tiempos, por pura moda (que se presta en ocasiones al abuso) se denomina “relato”. ¿Le suena conocida la palabra? Que los niños pasen hambre en Uruguay es un relato. Que exista violencia en Uruguay es un relato. Que haya carestía, falta de vivienda digna, necesidades insatisfechas, es un relato. ¿Qué sucede, pues, cuando la idea del “relato” es utilizada con fines espurios, en orden a ciertos intereses que nada tienen que ver con las altas aspiraciones del bienestar colectivo o, más aún, de la búsqueda de la verdad? Lo que sucede es que la realidad resulta gravemente deformada, negada y asesinada, ya que determinados hechos pasan a ser catalogados como simples interpretaciones. Se trata de una burda técnica de manipulación, una más de las que siempre se han usado para mentir, deformar, confundir y marear a la gente. Y cuando viene un escritor, toma todo eso y le da una forma literaria, por medio de una novela, está ofreciendo al mundo una descarnada y nueva interpretación (meta-lectura pasible, a su vez, de sucesivas meta-lecturas) de cuestiones que, por desgracia, van a darse o a reiterarse en el tiempo, pues forman parte de la más oscura condición humana. Por eso toda interpretación puede simbolizarse en las cajas chinas. Una caja (idea) encierra otra (idea), y así sucesivamente. Dentro de cada una, o en todas a la vez, puede yacer un enigma, un peligro, una trampa tendida a nuestra distracción o simple ingenuidad. Del mismo modo, de la realidad a la ficción yace tendida una inmensa telaraña de ruidos, obstáculos mentales, señales de peligro, en las que se debaten los seres humanos desde que el mundo es mundo. Pero no lo olvidemos. La realidad es una sola. Hay que buscarla a porfía. Se trata de una dimensión contundente, regida por las leyes de los hechos y de los fenómenos, donde las cosas acontecen y son, nos gusten o no. La ficción (el relato) consiste en lo que decimos o pensamos sobre esa realidad, la manera en que la interpretamos, la valoramos, la asumimos o la negamos, y esto puede llegar a ser maravilloso, por su poder de conmover los pensamientos, por su capacidad de suscitar preguntas fundantes sobre el mundo, pero puede también ser sumamente peligroso. Ya no se trata de un dato que mata un relato. Se trata de un relato que pretende matar al dato. Esto es tanto más grave, cuanto que los hechos y sus consecuencias, bajo la forma del hambre, la carestía, la violencia, siguen ahí, entre nosotros, como si tal cosa, y tienden día a día a empeorar.