Cuando la izquierda habla del “pueblo”, hoy ¿a qué se refiere?, ¿a quiénes comprende? Tiempo atrás el vocablo “pueblo” tenía un claro significante; las grandes mayorías populares. Pero algo cambió. Las derechas también hablan de “pueblo”, algo que técnicamente puede llamarse “audiencias”. Milei es un ejemplo claro; también lo es Bolsonaro, que interpreta su “pueblo”, o Trump, el PP y VOX en España. Lo interesante, además, es que los trabajadores (en un mundo del trabajo en furibundo cambio) votan a esos partidos políticos. Cuando la izquierda habla de “pueblo”. Un pueblo puede ser una población rural de menor tamaño que una ciudad, o bien, el conjunto de los habitantes de un territorio con una cultura o gobierno común. Desde la izquierda, también se usa para referirse a la clase social baja. Pero hoy algo cambió. Las sociedades eran muy homogéneas: matrimonios “para siempre”, una heladera cumpliendo “bodas de oro”, pocos modelos de autos, el mismo corte de pelo, la misma moda que duraba años, las noticias se mantenían mucho más tiempo en la conversación pública. Lamento informar que eso no existe más. Lo homogéneo dejó paso a lo heterogéneo. Miles de modelos de autos; multiplicidad de vínculos amorosos (el consumismo llegó a los vínculos); hombres y mujeres expresan una multiplicidad de comportamientos con su pelo y ropa; en las casas hay poco olor a comida porque el freezer, el microondas y el delivery sustituyó a la ama de casa; una almohada matrimonial, única y larga dejó paso a dos almohadas personales y únicas; la cena hoy puede expresar una multiplicidad de platos y ofertas (¿qué hay en la heladera?); etc. Sociedad diversa, de familias “ensambladas” y jóvenes sin aspiraciones de ser madres o padres. Esa sociedad heterogénea es una sociedad que contiene diversos “pueblos” dentro de un “pueblo”. El costado más desafiante de todo esto: intentar comprender los distintos “pueblos”. La calificación de “facho” o “zurdo o comunista” no facilita la comprensión de los nuevos fenómenos ciudadanos. Algo opera y funciona en el “alma” del ciudadano que lo lleva a las opciones electorales.
3) ¿Hay que “profundizar los cambios” (¿qué cambios?), y a qué velocidad? ¿Una mayor velocidad satisface a los “pueblos” o hipoteca el cambio?
Con relativa frecuencia, en Uruguay y frente a un gobierno de izquierda hay ciudadanos también de izquierda que plantean “profundizar los cambios” o “girar más a la izquierda”. Cuando uno hurga un poco, es probable que se encuentre sin respuesta o con afirmaciones retóricas como “gobernar para el pueblo”, “saquen a los ricos para financiar políticas para los pobres”. Sus buenas razones tendrán. Estos reclamos tienen que ver con la velocidad que esos ciudadanos le reclaman al gobierno. Entonces, nuevamente, habría que afinar qué tipo de cambios y a qué velocidad desarrollarlos. Hay quien sostiene —que defienden esta velocidad actual y la cautela en los cambios— que no se puede avanzar más de lo que se hace; que hay límites económicos (el impuesto a los ricos podría ser una respuesta) y que en la Cámara de Representantes no hay mayorías del gobierno. Parecería que algunos ciudadanos reclaman la audacia que tuvo Vázquez en el primer gobierno. Están más sujetos a la nostalgia que a la realidad. Hay quien sostiene que hay espacio para un comportamiento más disruptivo y no tan condescendiente con los poderes fácticos (la banca, el gran empresariado y los militares). El tema del crecimiento y la desigualdad —que están visceralmente atadas— contiene diversas miradas. No hay redistribución adecuada de la riqueza si no hay crecimiento. No hay empleo si no se promueve la inversión. Ahora bien: ¿cuál es la mejor decisión? Esto es clave, porque tiene que ver con las expectativas y con las velocidades.
Por otro lado, hay algunos ejemplos de genuflexión (una suerte de reverencia hacia los poderes limitantes). Vaya uno: un presidente de una empresa estatal designó a un asesor. El nombramiento no duró una semana. Hubo que desandar el nombramiento porque llegó una orden “de arriba” de que ese nombramiento podía caerle mal a una poderosa empresa privada ligada a la empresa estatal. Los cambios y la velocidad actuales es probable que sean hijas de una definición política y de una interpretación de que de esa manera se gobierna para varios “pueblos” o audiencias sin hipotecar el gobierno, los apoyos ciudadanos actuales y —vaya cuestión— un hipotético triunfo en las elecciones de 2029.