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Columnas | guerra

Palabras que matan, silencios que duelen

El mundo se encuentra al borde de la III Guerra Mundial y cada potencia busca tener el armamento más letal. ¿Pero saben cuál es el arma más poderosa y efectiva? La palabra.

Cuando el hombre se planta y canta fuerte/

Pa´ que sientan los sordos si es preciso/

Se hacen polvo las piedras en la frente/

Y se enciende la sangre del sumiso.

José Larralde (Pa´que dentre).

El relato se compra

Hoy, el verdadero campo de batalla es invisible. Se libra en los medios, en los discursos oficiales, en las redes sociales… Las palabras son misiles. Porque quien controla el lenguaje, controla la realidad, y quien controla la realidad, controla el mundo. Y es por eso que las potencias beligerantes contratan bots, para que atiendan la confrontación en las redes sociales.

Una investigación de Eurovision News Spotlight reveló recientemente que el gobierno supremacista israelí invirtió 50 millones de dólares para campañas en Google, X y otras redes sociales con el objetivo de restar credibilidad a la hambruna en Gaza. Sin embargo, y según denuncia el canal HispanTV, estas cifras serían muy superiores.

Además de pagar 7.000 dólares por cada publicación a una red mundial de youtubers e influencers, documentos presentados al Departamento de Justicia de Estados Unidos dan cuenta de que la inversión total del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel para una campaña de propaganda falsa asciende a 145 millones de dólares. La encargada de hacer el trabajo sucio de sicariato informativo es la empresa estadounidense Clock Tower, dirigida por Brad Parscale, antiguo encargado de campaña de Donald Trump. La maniobra, además de un objetivo mensual de 50 millones de impresiones en YouTube, Instagram, TikTok y podcasts, implica la manipulación de las respuestas en sistemas de IA como ChatGPT, Gemini y Grock.

La idea es tratar de antisemita a todo el que critique a Israel y acusar de ser partidario de Hamas a todo el que critique la masacre contra el pueblo palestino.

Decir, sostener o insinuar que el ataque de Israel a Palestina comenzó con el ataque de Hamás el 7 de octubre de 2023 es un atentado contra la inteligencia. Acusar de antisemitas o de estar a favor de Hamas a quienes se oponen al genocidio en Palestina, es otro atentado contra la inteligencia.

La misma manipulación del relato ha llevado a imponer la idea de que hay una guerra entre Rusia y Ucrania, cuando la verdad es que se trata de una guerra entre la OTAN y Rusia en territorio ucraniano. Sostener que el conflicto comenzó con el ataque ruso del 24 de febrero de 2022, es otra distorsión de la realidad. Los medios hegemónicos de desinformación dejan de lado los múltiples crímenes de los neonazis de Kiev contra los pobladores rusos del Donbás (sobre todo en Donetsk y Lugansk) y el hecho de que la OTAN se le hubiera metido hasta la cocina a Rusia violando el pacto de no cruzar la línea roja.

La OTAN violó el Acta Fundacional sobre Relaciones, Cooperación y Seguridad Mutuas de 1997 al expandir sus bases militares y su presencia hacia el este de Europa, rompiendo el compromiso de no desplegar fuerzas de combate de forma permanente en los nuevos países miembros.

Vivimos en el Metaverso

Las palabras no describen el mundo: lo construyen. Y en ese acto de construcción, también se define quién tiene razón, quién es culpable, quién es civilizado, quién es el agresor y quién el agredido.

Cuando una potencia invade un país, no invade. Interviene.

Cuando bombardea, no destruye. Neutraliza.

Cuando mata civiles, no los mata. Son daños colaterales o accidentes. En todo caso se habla de “tragedia”.

Pero cuando el enemigo responde, ahí sí aparecen las palabras fuertes: “brutal ataque”, “barbarie”, “violación del Derecho Internacional”. Son los mismos hechos; pero con relatos diferentes. Si el ataque es de Israel o Estados Unidos los titulares dicen “ataque selectivo”; pero si Irán contraataca: “bombardeos indiscriminados”.

Así se legitiman las guerras bajo el imperio del lenguaje.

El juego comunicacional de Estados Unidos e Israel es básico. Cuando un gobierno no se subordina a sus intereses, primero lo tildan de dictadura y los periodistas afines al suprapoder comienzan a llamarle “régimen”. Luego lo incluyen en la lista de países que promueven el terrorismo y acusan a su presidente de estar ligado al narcotráfico, además, por supuesto, de violar los derechos humanos en su territorio. Luego lo invaden y… ¡Oh, sorpresa! Casualmente encuentran petróleo, litio y otras menudencias, las cuales administrarán para la felicidad del pueblo “liberado”. Es tal la hipocresía que, por citar un ejemplo, para liberar a las mujeres de Irán comenzaron asesinando a 165 niñas de un colegio femenino en Minab, al sur de Irán.

En cambio, aliados estratégicos —aunque violen derechos humanos o repriman a su población— nunca reciben ese calificativo. Son “socios”, “aliados” o, en el peor de los casos, “democracias imperfectas” o “culturas diferentes”. El mismo hecho, palabras distintas… dos realidades completamente diferentes.

El sirio Ahmed Husseín al-Charaa fue el líder de facto de Siria desde diciembre de 2024 hasta su nombramiento como presidente. En pocos meses pasó de ser catalogado por Estados Unidos como un peligroso terrorista a tener reuniones amigables con Donald Trump y ser amigo de la Casa Blanca.

Arabia Saudita no es ningún ejemplo de democracia, libertad o respeto a los derechos humanos; pero a la Casa Blanca no le importa porque es aliada.

Ese es el poder del lenguaje: no necesita mentir abiertamente. En el terreno de la guerra, esta manipulación alcanza su punto máximo. Nunca se habla de “invasión” cuando la realiza una potencia dominante. Se habla de “intervención”, “operación”, “misión de paz”.

El círculo de Donald Trump niega la palabra “guerra” al referirse al conflicto con Irán. ¿Por qué? Porque si aceptara esa palabra estaría reconociendo que el presidente violó la ley que exige la aprobación del Congreso para declararla.

La omisión de las palabras adecuadas no es accidental

Cuando ocurre una invasión en el mundo, ¿qué dicen muchas cancillerías? No dicencondenamos”. No dicen “repudiamos”. Dicen: “Vemos con preocupación”. ¿Preocupación? ¿Esa es la palabra para describir muerte, destrucción, guerra?

La elección de esa palabra no es inocente. Es una forma de no incomodar al poder. De no tomar posición. De decir sin decir. De quedar bien con todos. El lenguaje diplomático muchas veces no busca la verdad, sino la conveniencia. Y así, palabra a palabra, se construye una realidad anestesiada.

La cancillería uruguaya se ha negado a condenar con firmeza las acciones de Israel y Estados Unidos y afirma que la política exterior del gobierno estará marcada por la “prudencia”, que trabajará mancomunadamente con todos sin confrontar con nadie. Eso es imposible. “No se puede ser neutral ante la barbarie”-ha dicho el senador Óscar Andrade. No se puede estar bien con Dios y el Diablo. Se dice prudencia cuando la palabra justa es miedo. Y cuidado con esto; porque un cobarde es tan peligroso como un traidor.

Hay dos formas de colaborar con el opresor: una es en complicidad y participación directa; la otra es guardando silencio.

En nombre del pragmatismo se ha desdeñado el término izquierda. La primera palabra suena bien hasta que la traducimos al criollo: priorizamos la conveniencia económica por sobre nuestros principios éticos más sagrados.

Se limpia la realidad con palabras técnicas porque una sociedad que entienda lo que realmente ocurre… podría rebelarse. Pero una sociedad confundida, desinformada, emocionalmente manipulada… es fácil de conducir.

Por eso los medios de comunicación juegan un papel central. No solo informan: interpretan. Y al interpretar, moldean la percepción colectiva. ¿Qué imágenes se muestran? ¿Qué palabras se repiten? ¿Qué hechos se destacan y cuáles se silencian? No es casualidad. Es construcción de sentido. Se puede ganar una guerra perdiendo en el campo de batalla… si se gana en el relato.

Malintzin Matlahyei ha dicho: “Es interesante que las guerras lleven el nombre del país atacado. Guerra de Vietnam, Guerra de Irán, Guerra de Afganistán… Supongo que si les pusiéramos el nombre del atacante sería bastante confuso, porque el 80% de los conflictos se llamaría Guerra de Estados Unidos”.

Las prioridades se fabrican

El problema no son los hechos. Son las palabras. ¿Quién decide qué guerra importa? Hay conflictos que están todo el día en pantalla y otros que no existen. ¿Desaparecieron? No. Nunca tuvieron relato. Y lo que no tiene relato no existe.

En 2026, África enfrenta crisis profundas y olvidadas por la prensa americana, destacándose la brutal guerra civil en Sudán (con riesgo de genocidio y hambruna), el conflicto en la región del Sahel (Malí, Burkina Faso, Níger), la inestabilidad en la República Democrática del Congo (RDC) y la lucha contra el grupo Al-Shabaab en Somalia.

No nos dominan con la fuerza, nos dominan con la ignorancia. Primero controlan las palabras, después controlan lo que pensamos. La censura moderna no prohíbe hablar, decide cómo se habla. No vivimos en la era de la información, vivimos en la era del relato. Entonces, la pregunta es: ¿estamos informados o estamos interpretando una versión diseñada?

Cada palabra que se escucha fue elegida por alguien. Y esa elección tiene intereses. El poder mundial ya no necesita invadir tu país. Le alcanza con algo mucho más eficaz: invadir tu cabeza. Y lo hace todos los días; con titulares, con discursos con palabras; pero también con silencios. Cada vez se habla menos de Palestina; pero el exterminio continúa y la invasión avanza.

"Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción"-lamentaba Simón Bolívar.

El punto es que la diplomacia se ha convertido en el arte de la hipocresía; pero llega el momento en que al pan hay que llamarle pan y al vino, vino. Un crimen es un crimen; una injusticia es una injusticia, sin matices diplomáticos que la disfracen, sin eufemismos que la oculten. Porque cada vez que aceptamos un lenguaje manipulado, estamos cediendo un pedazo de nuestra libertad. En cambio, cada vez que cuestionamos ese lenguaje manipulado, esas “verdades” de laboratorio, estamos dando un paso hacia la verdadera independencia.

Hay palabras que suavizan o relativizan la barbarie; pero hay silencios que colaboran.

Nuestro silencio con respecto a Cuba duele y avergüenza.

Y ya era hora de decirlo.

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