Un mundo dominado por guerras preventivas
Aquella tarde, más de un millón de personas marcharon frente a la entonces Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana. La movilización había sido convocada para rechazar las nuevas medidas anunciadas por la administración Bush contra Cuba. Fidel subió al estrado y el tono de esa intervención fue distinto al de otros discursos habituales de la Revolución. No parecía hablar únicamente del conflicto de ese momento. Parecía hablarle al futuro.
El líder cubano leyó una proclama donde describió un mundo dominado por guerras preventivas, enormes desigualdades sociales y amenazas globales capaces de poner en riesgo a la humanidad entera. Iraq acababa de convertirse en el símbolo de la intervención militar estadounidense y las imágenes de torturas en cárceles controladas por tropas norteamericanas recorrían el planeta.
Fidel utilizó ese escenario para lanzar una advertencia mucho más amplia, según su visión, el poder militar y económico de Estados Unidos avanzaba hacia una lógica de dominación global sin límites éticos ni políticos.
“Usted no tiene moral ni derecho alguno a hablar de libertad, democracia y derechos humanos”, le dijo directamente a Bush, en uno de los pasajes más duros del documento. Pero la proclama no era solamente una crítica a Washington. También era una declaración existencial sobre Cuba. Fidel insistió en que la isla podía ser destruida físicamente, pero jamás doblegada. “Este pueblo puede ser exterminado, barrido de la faz de la Tierra, pero no sojuzgado”, afirmó.
Recrudecimiento de las sanciones
En 2004, Fidel hablaba de una posible destrucción económica y social de Cuba impulsada desde el exterior. Más de dos décadas después, el gobierno cubano sostiene que el recrudecimiento de las sanciones y las restricciones financieras buscan precisamente provocar desesperación y desestabilización interna. Pero hay algo aún más impactante en la proclama, su tono premonitorio.
Fidel describía un mundo atravesado por conflictos permanentes, tensiones geopolíticas y crisis humanitarias globales. Hablaba de arsenales nucleares capaces de destruir la humanidad y cuestionaba el destino de un planeta gobernado —según él— por intereses económicos y militares. “No existe en el mundo que usted quiere hoy imponer la menor noción de ética”, afirmaba. “No aceptamos la rendición”, fue el mensaje implícito de toda la intervención.
Fidel imaginó una eventual guerra contra Cuba y se colocó a sí mismo en la primera línea de combate. “Yo estaré en la primera línea para morir combatiendo en defensa de mi patria”. La escena quedó grabada en la memoria política cubana. Para sus seguidores, representó la máxima expresión de coraje y compromiso revolucionario.
Viajar al futuro
Fidel escribía y hablaba como quien intenta dejar un mensaje destinado a sobrevivir al tiempo político inmediato. No buscaba solamente responder a Bush. Buscaba construir una pieza de memoria. Y lo logró.
Hoy, mientras Cuba atraviesa uno de los momentos más difíciles de los últimos años, esas palabras reaparecen como si hubieran sido pronunciadas para esta época. La sensación de asedio, la resistencia frente a la crisis y la apelación constante a la soberanía nacional vuelven a ocupar el centro del discurso político cubano.
La proclama de 2004 ya no es sólo un documento de confrontación diplomática. Se transformó en una especie de testamento político sobre cómo Fidel imaginaba el destino de Cuba frente a Estados Unidos. Un texto donde habló de guerra, dignidad, muerte y resistencia.
Embed - Fidel en Proclama de Resistencia y Valentía frente al enemigo del norte
Un texto donde, por momentos, pareció viajar al futuro y sus palabras bien podrían estar dirigidas a Donald Trump.
Proclama de un adversario al gobierno de Estados Unidos
Señor George W. Bush: el millón de cubanos que nos reunimos hoy para marchar frente a su Oficina de Intereses, es sólo una pequeña parte de todo un pueblo valiente y heroico que quisiera estar aquí junto a nosotros si físicamente fuese posible.
No se reúne en gesto hostil contra el pueblo de Estados Unidos, cuyas raíces éticas, originarias de la época cuando emigraron a este hemisferio los primeros peregrinos, conocemos bien. No deseamos tampoco molestar a los funcionarios, empleados y guardianes de esa instalación que, en el cumplimiento de sus misiones, gozan de toda la seguridad y garantías que un pueblo culto y civilizado como el nuestro es capaz de ofrecer. Es un acto de indignada protesta y una denuncia contra las brutales, despiadadas y crueles medidas que su gobierno acaba de adoptar contra nuestro país.
De antemano conocemos lo que usted piensa o pretende hacer creer de los que por aquí marcharán. En su opinión se trata de masas oprimidas y ansiosas de libertad lanzadas a la calle por el gobierno de Cuba. Ignora por completo que al pueblo digno y altivo que ha resistido 45 años la hostilidad, el bloqueo y las agresiones de la potencia más poderosa de la Tierra, ninguna fuerza del mundo podría arrastrarlo como un rebaño, atado cada uno de ellos con una cuerda en el cuello.
Un estadista, o alguien con la pretensión de serlo, debiera saber que las ideas justas y realmente humanas a lo largo de la historia han demostrado ser mucho más poderosas que la fuerza; de ésta van quedando polvorosas y despreciables ruinas; de aquellas, rasgos luminosos que nadie podrá apagar. A cada época le han correspondido las suyas, tanto buenas como malas, y todas se han ido acumulando. Pero a esta etapa que vivimos, en un mundo bárbaro, incivilizado y globalizado, le han correspondido las peores y más tenebrosas e inciertas.
No existe en el mundo que usted quiere hoy imponer la menor noción de ética, credibilidad, normas de justicia, sentimientos humanitarios ni los más elementales principios de solidaridad y generosidad.
Todo lo que se escribe sobre derechos humanos en su mundo, y en el de sus aliados que comparten el saqueo del planeta, es una colosal mentira. Miles de millones de seres humanos viven con hambre, sin alimentos suficientes, medicinas, ropa, zapatos, viviendas, en condiciones infrahumanas, sin los más mínimos conocimientos y suficiente información para comprender su tragedia y la del mundo en que viven.
A usted seguramente nadie le ha informado cuántas decenas de millones de niños, adolescentes, jóvenes, madres, personas de mediana o mayor edad que podrían salvarse, mueren cada año en este «idílico edén de sueños» que es la Tierra, ni a qué ritmo se destruyen las condiciones naturales de vida y se está despilfarrando en un siglo y medio, con terribles efectos nocivos, los hidrocarburos que el planeta tardó 300 millones de años en crear.
A usted le bastaría pedir a sus ayudantes los datos precisos de las decenas de miles de armas nucleares, químicas, biológicas, aviones de bombardeo, mísiles de certera puntería, gran alcance y precisión, acorazados, portaaviones con que cuentan sus arsenales, armas convencionales y no convencionales suficientes para poner fin a la vida en el planeta.
Ni usted ni nadie podría conciliar el sueño nunca. Tampoco sus aliados, que tratan de emular el desarrollo de sus arsenales. Si se toma en cuenta el bajo coeficiente de responsabilidad, el talento político, los desequilibrios entre sus respectivos estados y el poquísimo ánimo de reflexionar, entre protocolos, reuniones y asesores, los que tienen en sus manos el destino de la humanidad, pocas son las esperanzas que puedan albergar cuando contemplan, entre perplejos e indiferentes, este manicomio real en que se ha convertido la política mundial.
El objetivo de estas líneas no es ofenderlo ni insultarlo; pero como usted se ha propuesto intimidar, atemorizar a este país, y finalmente destruir su sistema económico-social y su independencia, y de ser necesario su propia existencia física, considero un deber elemental recordarle algunas verdades.
Usted no tiene moral ni derecho alguno a hablar de libertad, democracia y derechos humanos, cuando ostenta el poder suficiente para destruir la humanidad y con él intenta imponer una tiranía mundial, ignorando y destruyendo la Organización de Naciones Unidas, violando los derechos de cualquier país, llevando a cabo guerras de conquista para apoderarse de los mercados y los recursos del mundo, imponiendo sistemas políticos y sociales decadentes y anacrónicos que conducen a la especie humana al abismo.
Usted, por otras razones, no puede mencionar la palabra democracia: porque, entre ellas, su ascenso a la Presidencia de Estados Unidos todo el mundo sabe que fue fraudulento. No puede hablar de libertad, porque no concibe otro mundo que el regido bajo el imperio del terror de las mortíferas armas que sus manos inexpertas pueden lanzar sobre la humanidad.
No puede hablar de medio ambiente porque ignora por completo que la especie humana corre el riesgo de desaparecer.
Usted acusa de tiranía al sistema económico y político que ha conducido al pueblo de Cuba a los más altos niveles de alfabetización, conocimientos y cultura, entre los países más desarrollados del mundo; que ha reducido la mortalidad infantil a un índice menor que el de Estados Unidos, y cuya población recibe gratuitamente todos los servicios de salud, educación y otros de gran trascendencia social y humana.
Suena hueco y risible escucharlo a usted hablar de derechos humanos en Cuba. Este es, señor Bush, uno de los pocos países de este hemisferio donde jamás en 45 años hubo una sola tortura, un solo escuadrón de la muerte, una sola ejecución extrajudicial, ni un solo gobernante que se haya hecho millonario en el ejercicio del poder.
Usted carece de autoridad moral para hablar de Cuba, un país digno que ha resistido 45 años de brutal bloqueo, guerra económica y ataques terroristas que han costado miles de vidas y decenas de miles de millones de dólares en pérdidas económicas.
Usted agrede a Cuba por razones políticas mezquinas, en busca del apoyo electoral de un grupo decreciente de renegados y mercenarios, sin ética ni principio alguno. Usted no tiene moral para hablar de terrorismo, porque lo rodean un grupo de asesinos que mediante actos de ese tipo han causado la muerte de miles de cubanos.
Usted no disimula su desprecio por la vida humana, porque no ha vacilado en ordenar la muerte extrajudicial de un número desconocido y secreto de personas en el mundo.
Usted no tiene derecho alguno, que no sea el de la fuerza bruta, a intervenir en los asuntos de Cuba y proclamar a su antojo el tránsito de un sistema a otro, y adoptar medidas para llevarlo a cabo.
Este pueblo puede ser exterminado? bien vale la pena que lo sepa?, barrido de la faz de la Tierra, pero no sojuzgado ni sometido de nuevo a la condición humillante de neocolonia de Estados Unidos.
Cuba lucha por la vida en el mundo; usted lucha por la muerte. Mientras usted mata a incontables personas con sus ataques indiscriminados preventivos y sorpresivos, Cuba salva cientos de miles de vida de niños, madres, enfermos y ancianos en el mundo.
Usted lo único que conoce sobre Cuba son las mentiras que emanan de las bocas voraces de la mafia corrompida e insaciable de antiguos batistianos y sus descendientes, expertos en fraudes electorales y capaces de elegir Presidente en Estados Unidos a alguien que no obtuvo los votos suficientes para alcanzar la victoria.
Los seres humanos no conocen ni pueden conocer libertad en un régimen de desigualdad como el que usted representa. Ninguno nace igual en Estados Unidos. En los guetos de personas de origen africano y latino, y en las reservas de indios que poblaron esa tierra y fueron exterminados, no existe otra igualdad que la de ser pobres y excluidos.
Nuestro pueblo, educado en la solidaridad y el internacionalismo, no odia al pueblo norteamericano ni desea ver morir a jóvenes soldados de su país, blancos, negros, indios, mestizos, latinoamericanos muchas veces, a quienes desempleo los arrastró a enrolarse en unidades militares para ser enviados a cualquier rincón del mundo en ataques traicioneros y preventivos o en guerras de conquista.
Las increíbles torturas aplicadas a los prisioneros en Iraq han dejado estupefacto al mundo.
No pretendo ofenderlo con estas líneas, ya lo dije. Sólo aspiro a que en cualquier instante de ocio algún ayudante suyo ponga delante de usted estas verdades, aunque realmente no sean en absoluto de su agrado.
Puesto que usted ha decidido que nuestra suerte está echada, tengo el placer de despedirme como los gladiadores romanos que iban a combatir en el circo: Salve, César, los que van a morir te saludan.
Sólo lamento que no podría siquiera verle la cara, porque en ese caso usted estaría a miles de kilómetros de distancia, y yo estaré en la primera línea para morir combatiendo en defensa de mi patria.
En nombre del pueblo de Cuba,
Fidel Castro Ruz