Su sol que aparece después de días opacos con una generosidad inesperada, como queriendo hacer las paces tras tantas visitas grises. Sus veranos que se enfrían apenas llego, como si la ciudad marcara una distancia prudente. Montevideo sabe —parece saber— que mi vínculo con la playa es social, nunca devoto, y que prefiero perderme horas entre sus calles apenas señalizadas y sus plátanos, donde el viento se mezcla con la música en mis auriculares y caminar es una forma de reconocernos.
Amo también sus detalles mínimos: calles que de pronto se abren y dejan ver el agua al fondo como una revelación discreta; los muros pintados respirando candombe en Barrio Sur; las banderas que conviven —uruguayas, palestinas, feministas, también las que incomodan—; la poética del gesto pequeño, del recuerdo guardado en voz baja; las cafeterías con su carrot cake persistente, casi única opción, una forma local de desconfiar del exceso de dulzura.
Hay algo en su vida cotidiana que roza lo ritual: llegar al bar con el termo bajo el brazo, el mate ya pronto en la mano, beber en esos últimos pasos con una urgencia que parece vital, como si entre sorbo y sorbo se sostuviera el orden del mundo. Y esa costumbre de mirar siempre hacia el agua: una ciudad entera orientada hacia un horizonte marrón y movedizo, ese río inmenso que regala naranjas encendidos cada tarde a quienes caminan por la Rambla, como si ofreciera pruebas diarias de belleza para justificar su existencia. Esa Rambla, lugar de encuentro por excelencia; escenario orgulloso de amores y amistades, de discusiones y conversaciones trascendentes, de lecturas solitarias y caminatas reflexivas.
Febrero, entonces, irrumpe como una fiebre compartida. El repique del tambor que organiza el corazón colectivo. La primera clarinada abriéndose paso entre el olor a chivito y choripán. Utopías cantadas en voz alta, quimeras que no piden permiso, botellas al mar cargadas de sueños compartidos. Momo despliega su majestuosidad con la solemnidad de un dios pagano; Pierrot responde con su ironía irreverente. El brillo insolente de los trajes, el exceso, el desparpajo.
En los tablados, los niños bailan con una seriedad conmovedora, esperando la bajada: ese instante en que los murguistas descienden del escenario, pierden altura pero no mito, y chocan las manos pequeñas que los esperan como si tocaran una leyenda todavía tibia.
Mis despedidas de Montevideo tienen siempre algo de retirada murguera: una emoción espesa que empuja desde la garganta, la nostalgia hecha melodía, la voz quebrada que sin embargo promete volver. Siempre la promesa. Siempre el regreso pronunciado como un conjuro.
Montevideo no se ofrece: se deja intuir. No seduce con estridencia: insiste. Es una ciudad que convierte su río en mar porque necesita creer en la amplitud, que abraza sus contradicciones, que hace del detalle una forma de memoria.
Amarla es aceptar otro compás. Aprenderse a una misma en otra lentitud. Entender que algunas ciudades no se visitan: se escuchan. Y ahí se escribe una historia, la de esta ciudad y yo, en esas calles silenciosas de domingo en las que la marcha camión es el zumbido casi único que anuncia el nuevo ritual.
Y entonces una se descubre deshojando calendarios como pidiendo al tiempo que acelere el despojo de las copas de los árboles, esperando febrero, esperando el tambor, esperando volver.
*Marina Zato es licenciada en Comunicación Social, redactora, periodista y correctora.