Un vistazo a su discografía ofrece abundantes argumentos a favor de esta teoría: desde el protomonetarismo de «Taxman» —el reclamo de tinte tory lanzado por Harrison en 1966— hasta las provocaciones contra la izquierda en «Revolution» —la postura contrarrevolucionaria de John Lennon frente al 68—, para culminar en los traspiés más recientes de los integrantes sobrevivientes, como la aceptación por parte de McCartney del título de caballero en 1997 y sus actuaciones en los conciertos del jubileo de la reina Isabel II en 2002 y 2012. Sin embargo, la noción de que los Beatles estaban entregados al establishment capitalista y que funcionaron como los padrinos del individualismo moderno tiene límites claros.
Para comprender la dimensión política de los Beatles, primero debemos examinar sus raíces identitarias. Aunque la ascendencia irlandesa de los miembros de la banda es bien conocida, sorprende lo poco que se ha destacado el hecho de que tanto Lennon como McCartney eran descendientes de migrantes del Úlster, uno de los tantos focos históricos de violencia del colonialismo británico.
Esto no era en absoluto irrelevante. Mientras que McCartney respondió a la masacre del Domingo Sangriento de 1972 en Derry componiendo la estridente «Give Ireland Back to the Irish», Lennon (quien en una ocasión había afirmado que los Beatles eran «todos irlandeses») expresó un respaldo firme al Ejército Republicano Irlandés Provisional en ese mismo período.
De hecho, mientras que las posturas políticas de McCartney respondían básicamente a las de un socialista intuitivo, aunque sin militancia formal (respaldo a los derechos civiles, vegetarianismo, rechazo de la educación privada para sus hijos), las de Lennon solían ubicarse en una izquierda militante. A pesar de las burlas fáciles sobre el millonario que sueña con un mundo sin propiedad privada en «Imagine», el compromiso de Lennon con la izquierda radical fue genuino. Su recorrido político durante aquellos años aún no se ha reconstruido del todo, pero el diálogo que mantuvo a comienzos de la década de 1970 con Tariq Ali y Robin Blackburn, editores de la New Left Review, así como las expresiones públicas de esa relación —la ultraizquierdista «Power to the People» y su asistencia a una manifestación en 1972 para exigir la salida de las tropas de Irlanda sosteniendo una pancarta con la leyenda «Por el ERI, contra el imperialismo británico»— están debidamente documentados.
Ricos en sí mismos, estos detalles biográficos ponen de relieve un aspecto más fundamental de la visión del mundo de Lennon y McCartney. Como oriundos de Liverpool con raíces irlandesas —una ciudad del norte de clase trabajadora donde el lema «Escocés, no inglés» (Scouse not English) es una consigna habitual—, los Beatles estaban en clara oposición al núcleo tradicionalista de la burguesía inglesa. Con una historia de hambruna, esclavitud y penurias industriales en la memoria colectiva, no tendían a concebir al capitalismo anglosajón como una entidad estática y esencialmente benigna (como sí lo hace el centro político inglés convencional). A través de múltiples giros y contradicciones, esa fue la base del compromiso de la banda con valores iconoclastas e históricamente ajenos a la tradición inglesa, como el modernismo, el igualitarismo y la rebeldía política.
Determinar si esta identidad cultural más profunda resulta útil como marco para analizar los matices de la música en sí misma es un debate más amplio. Aunque debemos evitar reducir la estética a pura ideología (después de todo, los músicos no son teóricos políticos), hay buenas razones para sostener que la fuerza y la resonancia de las mejores canciones de Lennon y McCartney derivan de sus temas centrales: la reciprocidad, la cooperación, lo colectivo y el amor; en otras palabras, los pilares del socialismo. Pero esa discusión corresponde a otro ámbito. La tarea más urgente que tenemos por delante es rescatar a los Beatles de los cínicos y de los voceros del centro político antes de que Hollywood contamine la discusión para siempre, y recuperar el horizonte radical sepultado en su arte.
Texto: Alex Niven* (publicado originalmente en Jacobin)
* Es profesor de literatura inglesa en la Universidad de Newcastle y editor en jefe de Repeater Books.