Smith siempre pareció un personaje escapado de una película expresionista
Como si hubiera atravesado una pantalla de cine alemán de los años veinte para terminar escribiendo canciones sobre la pérdida, el tiempo y la imposibilidad de retener la belleza.
El hombre que ríe pertenece precisamente a ese universo. Basada en la novela de Victor Hugo, la película cuenta la historia de Gwynplaine, un hombre condenado desde la infancia a exhibir una sonrisa permanente grabada quirúrgicamente en su rostro. La crueldad convertida en máscara. La felicidad transformada en prisión.
Mientras todos observan la sonrisa, nadie ve el sufrimiento. Mientras todos creen ver alegría, lo que existe es dolor.
La idea parece dialogar directamente con la obra de The Cure. Gran parte de la música de Smith ha explorado justamente esa distancia entre la apariencia y el vacío, entre la belleza de las cosas y su inevitable desaparición.
Su obra nunca intentó expulsar la oscuridad. Aprendió a convivir con ella.
Tal vez por eso el vínculo con Gwynplaine resulta tan natural. Ambos son figuras atrapadas en una contradicción visual. El hombre que sonríe mientras sufre. El músico que convirtió la tristeza en himno colectivo. Dos rostros convertidos en símbolos culturales mucho más grandes que ellos mismos.
Mirado desde Uruguay, el proyecto adquiere una resonancia especial
Hay una estética de la penumbra que atraviesa buena parte de nuestra sensibilidad cultural. Está en la literatura de Delmira Agustini, Idea Vilariño, Horacio Quiroga, Julio Herrera y Reissig (por nombrar algunos ejemplos); también está explícita en las letras de las canciones de nuestro folclore; está en los inviernos que parecen extenderse más allá del calendario y está en esa manera tan oriental de contemplar la tristeza sin necesidad de resolverla.
Quizás por eso The Cure nunca fue una banda extranjera del todo para varias generaciones uruguayas. Sus canciones encontraron refugio en dormitorios adolescentes, en boliches oscuros, en auriculares durante caminatas solitarias por la rambla. Forman parte de una educación sentimental alternativa que sigue viva décadas después.
Ahora esas canciones regresan para encontrarse con un fantasma del cine mudo
Una película nacida cuando el siglo XX todavía estaba aprendiendo a soñar y en ese encuentro aparece algo más profundo que la nostalgia. Una conversación entre distintas formas de la oscuridad. La del expresionismo. La del romanticismo gótico. La de la cultura pop. La de las ciudades donde el cielo gris también puede ser hermoso.
No sabemos aún si la experiencia llegará a las salas uruguayas.
En algún momento, en alguna pantalla, la sonrisa imposible de Gwynplaine volverá a aparecer iluminada por la música de Robert Smith y durante unas horas desaparecerá la frontera entre el cine, la memoria y la extraña división entre la fantasía, el arte y la realidad.