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Cultura | Añil

"Añil": el sonido que se ve, el color que se escucha

Con un sonido muy orgánico y una estética que abreva en músicas tradicionales y lenguajes contemporáneos, Viviana Ruiz presenta "Añil", su segundo disco.

Breve como su título, "Añil" (Ayuí, 2024) tiene la virtud de condensar la experiencia musical y poética de su autora, Viviana Ruiz, en ocho canciones. Es su segundo disco —el anterior fue "Madreselva", de 2021—, cuya presentación oficial será el 29 de marzo, a las 21 horas, en la Sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre.

El uso del verbo “condensar”, hay que reconocerlo, es tramposo. O también injusto y hasta equivocado. Aquí, en Añil, la materia —la palabra, el sonido, los sonidos— dispara hacia nebulosas inquietas. No es la ilusión de una foto fija, rotunda, documental, que da cuenta inequívoca de los hitos de una vida, ni de las razones últimas de una actitud hacia la creación enredada en aspiraciones de maestría. No hay datos archivables. Tampoco hay una reducción de algo a su menor volumen, ni se da más consistencia a ese algo si en su estado primero, por ejemplo, hubiese sido líquido. Lo que hay es una posibilidad: acaso el entrañable registro de momentos, porciones de historias, afectos, cercanías, donde sus claves hay que buscarlas más allá del encuadre de la(s) fotos(s), en una caminata sin estrés pero con los oídos abiertos.

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La música en escena

Este concierto, contó Viviana Ruiz, fue concebido como un “viaje por climas profundos y despojados”. Y para construir esos climas se echará mano a los mismos recursos ensamblados en el disco, que contó con la producción de Diego Janssen: loops, juegos armónicos, juegos rítmicos, juegos para bailar y juegos para contemplar; también “habrá un cuidadoso trabajo con la iluminación —explicó Viviana—, con el diseño de la escenografía y de la puesta en escena”.

En escena, agregó, además de cantar Viviana tocará la guitarra eléctrica, la acústica y controlará los loops electrónicos. “La banda base serán Diego Balseiro en contrabajo, Sebastián Pereira en batería y Victoria Gutiérrez en guitarras y coros. Además estarán especialmente invitados Ernesto Díaz en congas —el virtuoso músico artiguense fue el productor de "Madreselva"—, Ana Chacha de León en percusión y Ramiro Hernández en bandoneón. Y como invitada especial, no como telonera, actuará la compositora, guitarrista y cantante Guadalupe Calzada, que está en plena producción de su primer disco como solista. Guada es una artista joven que está haciendo cosas súper interesantes y me parece que es relindo encontrarnos ahí en lo musical, haciendo una canción suya”.

El repertorio incluirá “los ocho temas de Añil, haremos algo de 'Madreselva', mi disco anterior, y otras composiciones que todavía no han sido grabadas. En el caso de las canciones de Añil, los arreglos, más allá de alguna variación, van a ser similares o iguales a lo que se escucha en el disco. Y en el caso de las de 'Madreselva', haremos como un coqueteo con otros elementos, con la idea de reversionar, de rearreglar temas que durante mucho tiempo los fui tocando en cierto formato. Entonces habrá un ida y vuelta entre lo nuevo y lo viejo y lo que vuelve a ser nuevo. Además, después de un tiempo con una canción, con un repertorio y con un formato, tengo ganas de buscar interpretativamente otras formas de decir, buscar en la letra o en la forma de cantar e ir experimentando”.

Embed - Añil - Viviana Ruiz (full album - visualizers)

Añil: la materia, la creación, la creadora

Los títulos operan como bordes: marcan una suerte de límite entre dos mundos —o quizás más—. A la vez, como escribió Jacques Derrida en “Firma, acontecimiento y contexto” (Márgenes de la filosofía, Madrid, Cátedra, 1998), magnetizan la(s) lectura(s) hacia la obra que nombran —el texto— y hacia algo que, por mala costumbre, por pereza o lo que sea, solemos decir que está más allá o afuera de esa obra. Esto último entraña una doble remisión: hacia el llamado contexto pero también hacia el/la autor/a. O, mejor, a un (hipotético) estado en el que se funden de alguna manera la forma, el contexto, el autor; el lugar y/o el tiempo donde la poiesis y las estesis negocian territorios del sentido —no siempre pacíficos, no siempre amables y disciplinados como se los suele presentar en los manuales de semiótica—, anudando y tironeando en modos muy disímiles la emoción, la materia sonoro-poética, la expresión, la comunicación, el cuerpo, las ideas, las historias.

Añil, el título —y “Añil”, el título de la canción número tres del disco—, dice, cuenta, envuelve, evoca la materia capturada, manipulada, convertida en canción: sus armonías, sus ‘toques’ instrumentales, las inflexiones y colores de la voz, sus palabras, sus repeticiones, su cambios dinámicos. Un nudo en el que bullen y tejen tramas unas ideas que difícilmente la palabra no técnica pueda traducir. Pero esto no se convierte en barrera para la comprensión. Lo que se moviliza aquí es la otra comprensión, es la que disfruta en la nebulosa de ¿imágenes?, ¿estados?, o simplemente del aura de misterio que se hace carne, gesto, aire en la música.

Entonces, añil. Añil, el color azul intenso que está “entre el azul y el violeta en el arcoíris” —escribió Viviana en un posteo en redes sociales—, y que se mueve con envidiable soltura y comodidad entre esas partes del todo del hecho artístico. Añil, el pigmento que tiñe telas, palabras, rostros, gestos. “Añil: en algunas culturas, un color cargado de significados relacionados con la sabiduría, la intuición y el misterio”. Añil, un color que se parece mucho a la música, escribió también Viviana. Una palabra —convertida en título, convertida en canción, convertida en foto— que también cuenta mucho sobre Viviana, sus historias con la historia y la docencia, con la investigación, con la música, con la maternidad.

Añil, un pigmento que puede regalar tonos diferentes para cantar sobre el amor extrañado y que puede contarse entre unos matices tangueros y otros folklóricos en “Bienvenidos”, canción que abre el disco. O que se pliega entre los versos copleros y ritmo bailable de “Canción de primavera”, o en el ‘toco’ —aquel toque genial concebido por Eduardo Mateo— que sostiene la bella interpretación de “Añil”, o en la tremenda historia de “Carmela Casaña”, o en el duro y estremecedor relato de “No hay lugar”. O en todas las partes, las ocho partes, de este nuevo repertorio.

Este título —los títulos—, se dijo, tironea para muchos parajes. Y en cualquiera de ellos, los límites disciplinados del “adentro” y “afuera” de la obra se desdibujan para enredarse en algo muy parecido a los misterios de la vida, que, no por obra de la casualidad, en este disco se enriquece con un sonido orgánico, artesanal, de formas diáfanas y sencillas, como tributos a la canción liberada de las artimañas industriales.

Añil: las fotos, los videos

Lo viejo y lo nuevo, y lo viejo que vuelve a ser nuevo. Por ahí también se coló la historia del color añil, contó Viviana, que devino concepto articulador del disco hasta en su gráfica. Y ahí tuvo mucho que ver “mi hermano, Fede Ruiz Santesteban [reconocido fotógrafo], y con el que tengo mucha confianza en todos los niveles, y somos muy cercanos en lo artístico”.

Él trabajó con fotos históricas de la familia e hizo una serie de revelados sobre placas de aglomerado, utilizando una emulsión fotosensible de creación propia y que está libre de los químicos que habitualmente se usan en estos procedimientos —como bicromatos, cianuros, nitrato de plata—. Con parte de esos revelados “hicimos entonces el arte del disco, en el que está también esa búsqueda entre lo nuevo y lo viejo, los saberes que se transmiten de generación en generación, las memorias”.

Además de los lanzamientos en distintas plataformas, las canciones de Añil se completan con los visualizer que pueden verse en el canal de YouTube de la artista. Estas producciones, realizadas por Hilacha Audiovisual, ofician de correlatos de las canciones, tanto de sus historias como de sus tratamientos musicales, y refuerzan está búsqueda en tópicos y formas que se entrecruzan en las experiencias de lo cotidiano.

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Las vidas de Viviana Ruiz

Además de componer, cantar y ser una finísima intérprete de guitarra, Viviana Ruiz es profesora de Historia e investigadora. En esta faceta de su vida ha trabajado en dos de los principales archivos de las músicas uruguayas: en el Centro Nacional de Documentación Musical Lauro Ayestarán hasta el año 2024, y en la actualidad en la Fundación Archivo Aharonián-Paraskevaídis.

En su formación musical han sido fundamentales sus estudios con Alberto Mandrake Wolf, Nelly Pacheco, Coriún Aharonián y Graciela Paraskevaídis.

En 2021 lanzó su primer disco, "Madreselva", editado por Ayuí, donde compartió la producción artística con el músico artiguense Ernesto Diaz, con el cual fue nominada a mejor artista nuevo a los Premios Graffiti.

Ha participado en proyectos de investigación y relevamiento documental musical, en especial sobre candombe, mujeres y música en el Uruguay. Forma parte del equipo docente del TUMP, como docente de Taller de creación de canciones y del equipo de talleristas del programa Esquinas de la Intendencia de Montevideo, como docente de letras de canciones y guitarra.

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