En ese sentido se puede convenir que el arquetipo del vampiro aplicado a la figura de un dictador como Pinochet, responsable de un régimen que literalmente le drenó la sangre a su país, no solo en materia política y social, sino también económica, resulta apropiada, pero también obvia. Tanto, que como alegoría acaba siendo más bien prosaica antes que poética. Es imposible saber si esa fue la intención de Larraín, aunque la propuesta estética de El Conde, filmada en impecable blanco y negro y con una fotografía extraordinaria, da cuenta de una búsqueda poética con varios aciertos. Sin embargo, el hecho de que la metáfora en sí misma acabe siendo un poco (o muy) gruesa, termina funcionando muy bien con el modo satírico, el humor negro y el áspero tono burlón con el que el director retrata a sus personajes.
No es la primera vez que Larraín se aproxima con su cine a la dictadura de su país. Lo hizo, por ejemplo, en Tony Manero (2008) o en NO (2012), donde la intención “seria” no siempre jugaba a favor de relatos que acababan siendo un poco reduccionistas. En cambio, en El Conde el juego burdo de convertir al dictador, a su mujer y a sus hijos en una exhibición atroz de fenómenos permite que el humor negro alcance buenos momentos. Por ese camino la película también puede resultar un poco “tribunera”, abusando del recurso de abordar a sus personajes de forma agresiva, casi como si se tratara de una lapidación pública. Es cierto que acá Larraín vuelve a intentar retratar a Pinochet como la encarnación pura del mal. Pero también, quizás por primera vez en su filmografía, realiza la operación de ampliar el círculo de responsabilidades más allá del dictador, que a fin de cuentas no fue otra cosa que la mano ejecutora al servicio de poderes que, hasta ahora, siguen ocultos tras su espalda.
Por Juan Pablo Cinelli (vía Página 12)