No resulta casual que sea Marianella Morena quien tome a Sartre en territorio inquieto, nunca desde los lugares y espacios ya transitados. Desde hace décadas, la genial dramaturga uruguaya —formada en Uruguay, Polonia, Francia y Argentina— ha consolidado su personalidad como creadora y directora con mirada creativa y desafiante. Morena, premiada y reconocida en América y Europa, suele cruzar el teatro político, documental y la poesía escénica. Obras como “Antígona Oriental”, “Naturaleza Trans”, “No daré hijos, daré versos”, “Fuenteovejuna. Historia del maltrato” o “Muñecas de piel” consolidaron una estética que no rehúye el conflicto y que convierte el escenario en un espacio de reflexión crítica sobre la memoria, la violencia, las desigualdades y las relaciones de poder.
Según ella lo explica, le interesa discutir el presente con Sartre desde la complicidad. “Hoy las Manos Sucias pertenecen a la política y a todo lo que lo rodea. Atraviesan los medios, el mercado, y otras formas parásitas que se renuevan constantemente, en nuestra vida cotidiana. Este texto nace de una pregunta que me obsesiona: ¿qué estamos dispuestas a traicionar para conservar el poder, los privilegios y la visibilidad? No busco juzgar los personajes, sino exponer los mecanismos que vuelven aceptable lo intolerable. Creo en un teatro que incomoda, que no explica el mundo y que lo pone en crisis. Y para ello me proveo de las herramientas teatrales como en un gran banquete, donde lo musical y los límites de cada género están siempre a punto de convertirse en lo opuesto. Si la comedia contamina al drama, si lo musical al texto, si lo trágico al humo, ¿quién vence la batalla?”.
En Manos Sucias, la dramaturga y directora vuelve a convocar a su hijo, Lautaro, para la ambientación sonora y creación musical.
Lautaro es hijo de artistas y lleva con orgullo la singularidad de llamarse Moreno Morena. Su padre, Ismael, es escenógrafo, director escénico, compositor y titiritero, discípulo del inolvidable Gustavo «Tato» Martínez. Hace años que está radicado en Madrid, donde dirige su propia compañía de títeres, Clan de Bichos. "Con padres así era imposible que yo no saliera artista, que no respirara el amor por el arte y las artes escénicas".
Lautaro tiene 28 años y vive en Montevideo, pero viaja periódicamente a Madrid. El ida y vuelta no se limita a encuentros amorosos de familia, también hay allí una construcción sensible que ha ido permeando y moldeando su personalidad artística.
Lautaro desde niño aprendió a convivir con los tiempos propios de la creación artística. "Mi madre podía encerrarse durante días enteros trabajando, escribiendo, concentrada exclusivamente en una obra. Y yo siempre supe que ella necesitaba su espacio, que no era una especie de aislamiento ni distancia afectiva, sino parte del oficio. A mí también, como artista, me sirve tener mi espacio. Entonces, fue una especie de acuerdo natural de que cada uno sabía que el otro necesitaba su espacio para crear. Claro, yo muchas veces la interrumpía y le pedía que me escuchara alguna composición y me dijera qué le parecía mi última composición. En cierta forma creo que yo buscaba su aprobación pero ella —por suerte— más allá del amor y el cariño, fue crítica, y con mucho cuidado me marcaba cosas para mejorar, cosas que ella creía que tal vez yo podía reescribir o mejorar. Y ahora con la mirada un poco más en perspectiva, valoro muchísimo que siempre haya sido crítica conmigo, pero crítica en el buen sentido. Eso me ayudó a mejorar. Parece obvio lo que voy a decir, pero uno nunca termina de aprender, pero tener alguien crítico en la etapa de formación es fundamental. Y ahí estuvo mi madre y por supuesto toda la familia, mi padre y todos. Y eso lo agradezco mucho".
Según Lautaro, tanto Marianella como Ismael tienen un "amor incondicional" por la creación artística y el escenario. "Ellos viven y respiran arte. Mis padres lo dan todo en el escenario y abajo también. Son personas muy dedicadas a lo que quieren hacer y eso, cuando sos chico, lo ves y lo incorporás. Y de grande, lo admirás".
Para la obra Manos sucias, Lautaro no solo compuso la música original, también construyó —junto con Marianella— una arquitectura sonora capaz de acompañar una obra que cambia permanentemente de registro, del mismo modo que cambia la percepción del espectador. “Hasta ahora es el trabajo que más me gustó hacer. Incluso más que componer mis propias canciones. Porque acá son mis canciones, pero sobre la letra de mi madre. Yo la adapto, le pongo rimas, hacemos arreglos, ensayo y error. Le mando audios y vamos viendo, siempre pensando en que la música debe acompañar la lógica narrativa. Manos Sucias tiene algo muy bueno y es que la música cambia constantemente. Estás en un género y de a poquito, casi sin darte cuenta, ya estás completamente sumergido en otro. Es un poco lo que quiere transmitir mi madre en sus obras, es decir llevarte hacia una idea y cuando pensás que vas para un lado, en realidad terminás en otro lugar".
Ese proceso creativo junto a Marianella también terminó acercándolo a otra dimensión del teatro. "Ya no era solamente el hijo que había crecido entre ensayos y estrenos, sino un compositor que debía dialogar de igual a igual con una directora acostumbrada a llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias. Y eso es tremendo".
Crecer
Crecer en una casa donde el teatro y los títeres formaban parte de la vida cotidiana terminó moldeando su manera de entender el arte. “Yo me acostumbré a que mis padres eran eso, artistas. Para mí era normal que mi madre hiciera obras de teatro y que mi padre, títeres. Pero claro que un poco te cambia la cabeza cuando sos chico. Si sos influenciable, como era yo, terminás agarrando ese camino. Era obvio que iba a ser músico, artista o titiritero” (risas).
Crecer entre aplausos. Crecer entre butacas y luces. Crecer ayudando a su papá en todo lo que se necesitara para levantar el telón, cada función en la sala de la compañía Clan de Bichos en Madrid. "Ayudé con las luces, ayudaba como portero a la entrada, hacía de todo. Me encanta. He visto casi todas las obras que pude y aprendí mucho allá también".
Lautaro sabe que crecer así no era lo más normal del mundo si es que hay algo normal en este mundo. “No eran padres comunes. Todo el mundo me lo decía (risas). Además, Moreno, Morena, mis compañeros siempre me decían: ‘No puede ser’ y yo les respondía ‘qué sé yo, es lo que me tocó’. A mí me encanta que él sea Moreno y ella Morena. Me parece genial esa mezcla”.
Entre café y café, el brillo de sus ojos acompaña cada palabra que Lautaro desliza con extremo cuidado y cariño. “Yo no puedo haber sido más afortunado de que mis padres sean artistas”.
La música
La primera guitarra fue un regalo de un luthier allegado a la familia, que la encontró tirada en España. Con su oficio, la restauró y se la entregó a Lautaro como si fuera nueva. “Nunca me voy a olvidar. Era una guitarra de tres cuartos para niños. Él la arregló, le puso cuerdas nuevas, la dejó preciosa y con esa misma guitarra fui a estudiar a clases con 'el Colo' Gonzalo Durán. Yo tenía apenas diez años. Gonzalo no solo me enseñó técnica, sino que me mostró la forma de unir la guitarra con la voz y, sobre todo, cómo empezar a pensar como compositor. Muchas veces te enseñan a tocar la guitarra y después 'arreglate como puedas' para cantar. Gonzalo se interesó por mi proceso compositivo. Me ayudó a escribir canciones, a cantar, a afinar mejor. Siempre fue muy estricto y tratando de llevarme hacia adelante. Y eso se lo agradezco muchísimo. Al principio yo quería largarme a componer y sentía esa necesidad creativa. Aprendí dos acordes, La mayor y Re mayor, y dije: ‘Voy a hacer una canción con esto’ (risas). Así nació 'Bush mala suerte', una canción que escribí en 2008 y que terminó convirtiéndose en una tradición familiar. Me la pedían en todas las reuniones. Era el hit de la familia. La canté durante años y cada tanto todavía me acuerdo y la vuelvo a cantar”.
Ese impulso por componer lo acompañó un buen tiempo hasta que decidió aceptar un desafío que durante mucho tiempo había evitado: el de ingresar de lleno al teatro.
"El primer paso fue Yo soy Fedra, una experiencia tremenda que me modificó la forma de componer. Me revolucionó todo. Tuve que dejar de complejizar tanto las cosas. Antes quería llevar todo hacia el jazz, hacer todo muy complicado. El teatro me enseñó a ir hacia lo simple. Y me di cuenta de que así funcionaba mucho mejor. Y yo creo que eso está presente también en la música que compuse para Manos Sucias, donde la búsqueda no pasa por exhibir recursos técnicos sino por acompañar el recorrido emocional y político de la obra".
Ficha técnica y funciones
Obra: Manos Sucias
Texto y dirección: Marianella Morena
Elenco: Diego Arbelo, Joel Fazzi, Mario Ferreira, Sofía Lara, Mané Pérez, Pablo Musetti, Fernando Vannet y Elizabeth Vignoli
Equipo creativo y técnico: escenografía e iluminación, Ivana Domínguez; vestuario, Fiorella Mornelli; música original, Lautaro Moreno Morena; diseño sonoro, Rafael Seleguin; preparación vocal, Analía Ruiz; coreografía, Virginia Rodríguez; colaboración artística, Florencia Dansilio; traspuntes, Carmen Barral y Lucía Leite
Funciones: Sala Verdi. Temporada: del 30 de julio al 30 de agosto
Miércoles: 18:00 horas. Jueves, viernes y sábados: 20:00 horas. Domingos: 17:00 horas.
Entradas: disponibles a través de Tickantel, Redpagos, Abitab y en la boletería de la Sala Verdi