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Cultura | Saraos

Saraos Uranistas es el teatro que entra al archivo para imaginar lo que la historia no contó

Juanse Rausch llega al Teatro Solís con una obra que parte de los registros médicos y policiales sobre las disidencias sexuales de comienzos del siglo XX, pero se niega a quedar atrapada en la mirada de quienes las persiguieron. Música, humor, fiesta, deseo y ficción construyen otra posibilidad: volver al pasado, no para reconstruirlo fielmente, sino para interrogar el presente.

Hay obras que cuentan una historia y otras que cuestionan la manera en que esa historia llegó hasta nosotros. Saraos Uranistas pertenece a estas últimas. La propuesta de Juanse Rausch se presenta el 19 y 20 de setiembre, a las 20 horas, en la Sala Principal del Teatro Solís, dentro del Ciclo de Teatro Argentino. Pero la invitación que plantea la obra excede ampliamente esas dos noches del teatro montevideano, ya que la obra propone preguntarnos quién escribe la historia, quiénes quedan fuera de ella y qué puede hacer el teatro con aquello que los archivos decidieron registrar o callar o hasta ocultar y tergiversar.

Saraos Uranistas una obra de Juanse Rausch.

Ese es también el punto desde donde conviene acercarse a Rausch. Director, dramaturgo y creador, entiende la dirección teatral como una forma de autoría. Entender el proceso creativo y conocer cómo surge una obra puede ser más fascinante que una obra misma, por eso es mucho más sorprende entender qué surge antes que la propia obra, porque la obra termina siendo un proceso muy profundo, de trabajo, de estudio y donde se logra combinar el conocimiento, la capacidad profesional y creativa en un proceso único que termina en una pieza única.

En Saraos Uranistas esa concepción se vuelve especialmente visible, ya que el material histórico no funciona como un límite que deba respetarse literalmente, sino como el punto de partida para una creación que involucra dramaturgia, actuación, música, escenografía, estética y relación con el público. Y hasta se elige el género musical como parte fundamental de la propuesta y del contenido que se quiere plasmar.

Es una historia de hace cien años que pregunta por el presente. Los llamados “saraos uranistas” eran reuniones que quedaron documentadas por médicos, policías y periodistas que observaban, estudiaban y clasificaban las identidades sexuales que se apartaban de la norma. Allí aparece una de las paradojas más potentes sobre las que trabaja Rausch que es si podemos conocer algo de aquellas vidas precisamente porque quienes las perseguían dejaron constancia de ellas. Pero es aquí que encontramos algo que diferencia, ya que la obra no acepta esos documentos como una verdad neutral. Rausch habla de leer la historia buscando sus intersticios, tratando de encontrar otro relato dentro del gran relato que hemos recibido. Y establece una distinción fundamental: para él, la ficción no viene a “reparar” el pasado. Esa no sería su tarea. Su potencia está en otra parte. La ficción permite imaginar y a la vez mostrar. Esa idea contiene buena parte del sentido de la propuesta. El teatro no puede devolvernos exactamente lo que ocurrió en aquellas fiestas ni reconstruir las voces que no fueron registradas. Puede, en cambio, tomar los huecos de la historia y convertirlos en preguntas.

Por eso Saraos Uranistas tampoco debería leerse solamente como una obra sobre las disidencias sexuales de comienzos del siglo XX. La pregunta inevitable es qué relación existe entre aquellos mecanismos de clasificación y los debates actuales sobre los cuerpos, las identidades y las libertades. Rausch advierte que cualquier respuesta debe ser situada: no significa lo mismo vivir una identidad disidente en una gran ciudad que en una pequeña localidad. Pero encuentra también una dimensión general y expresa su preocupación ante discursos políticos contemporáneos que vuelven a poner en cuestión conversaciones y derechos que parecían consolidados. El pasado, entonces, deja de ser una pieza de museo: permite reconocer cómo se construyeron determinados sentidos comunes y por qué resulta tan difícil desmontarlos.

La fiesta como otra forma de contar la historia

Quizás una de las decisiones más interesantes de Saraos Uranistas sea que, teniendo delante un archivo atravesado por la persecución, no construye una obra únicamente sobre el sufrimiento. Claramente aparecen la música, el humor, el deseo, las amistades, el amor y, fundamentalmente, la fiesta. Esto no supone reemplazar un relato triste por uno artificialmente feliz. Rausch cuestiona justamente esa oposición. Al hablar de los relatos queer y de los archivos de infelicidad, señala que la contracara de una “infelicidad obligatoria” tampoco puede ser una felicidad absoluta. Las vidas reales contienen tristezas, deseos, contradicciones y momentos de felicidad. Y en ese razonamiento aparece una idea particularmente potente: la fiesta es mucho más que felicidad.

Saraos Uranistas una obra de Juanse Rausch.

Para Rausch tiene misterio. Es un lugar en el que pasan cosas y, sobre todo, una dimensión de encuentro comunitario. Los documentos muestran que aquellas personas no estaban simplemente aisladas esperando ser observadas por médicos o policías: existían vínculos, conocimientos compartidos y formas incipientes de comunidad. Cambiar el foco modifica radicalmente nuestra mirada. Ya no vemos solamente a personas perseguidas. Vemos personas que se encontraban, deseaban, se enamoraban, se equivocaban, sufrían, se divertían y construían vínculos en una sociedad que pretendía definirlas desde afuera.

Mostrar esa vida es también disputar el archivo. La música no aparece entonces como decoración ni como una herramienta para hacer más accesible una historia difícil. Forma parte del contenido mismo de la obra. Rausch explica que el formato dialoga con las propias estéticas vinculadas históricamente a aquellas disidencias: el café concert, el music hall, determinados tipos de humor y una sensibilidad cercana al camp. La elección se proyecta sobre todas las áreas de la puesta: música, actuación, escenografía y construcción visual.

Hay una definición artística especialmente interesante: darle al tema una forma que dialogue con el propio universo que se está contando. Por eso una canción puede hacer algo distinto de un texto histórico. Puede producir una experiencia antes que una explicación. El espectador no recibe solamente información sobre un sarao: durante ochenta minutos es invitado a aproximarse a su lógica, su humor, su exceso, su intimidad y su misterio. Y eso devuelve al teatro una de sus capacidades esenciales. No demostrar una tesis ni ilustrar un documento, sino transformar una pregunta intelectual en una experiencia sensible.

Juanse Rausch muestra que dirigir también es escribir

Detrás de esa construcción aparece con fuerza la figura de Juanse Rausch. Su concepción del director como creador resulta fundamental para comprender la obra. En Saraos Uranistas la dramaturgia no termina en el texto. Continúa en el trabajo actoral y en la puesta en escena. La dirección organiza lenguajes diferentes y produce sentido a partir de ellos. Esto permite pensar también qué esperamos hoy del teatro. ¿Queremos salir de una sala sabiendo exactamente qué pensar? ¿O queremos que una obra altere por un momento nuestra manera habitual de mirar?

Saraos Uranistas una obra de Juanse Rausch.

Rausch parece ubicarse en este segundo territorio. Saraos Uranistas no ofrece una reconstrucción histórica cerrada ni pretende resolver desde el presente aquello que ocurrió hace más de un siglo. Abre zonas de incertidumbre. Y quizás allí esté una de las diferencias entre utilizar el teatro para transmitir un mensaje y hacer verdaderamente teatro: una obra puede tener una posición política sin convertirse en una consigna, porque su potencia está también en las contradicciones, en las preguntas y en aquello que permanece abierto cuando termina la función.

De aquello que debía ocultarse a la Sala Principal. La propia trayectoria de la obra agrega otra capa de significado. Saraos Uranistas pasó por el circuito independiente, llegó al Teatro Maipo y ahora cruza el Río de la Plata para ocupar la Sala Principal del Solís. Rausch no interpreta ese recorrido simplemente como una consagración. Le interesa porque amplía la conversación: llegan nuevos públicos, aparecen otras lecturas y vuelve a producirse aquello que para él está en el centro de la fiesta, la posibilidad del encuentro. Sobre el Solís habla de alegría y de honor, consciente de la historia y la dimensión simbólica del teatro. Y existe una imagen difícil de ignorar: aquello que hace más de cien años debía esconderse de la mirada pública llega ahora al escenario principal de uno de los grandes teatros de la región.

Cuando se le pregunta qué encontrará el público uruguayo, Rausch no intenta anticipar la respuesta. “Veremos qué va a ocurrir”, es, en esencia, su posición. Ya vivieron una experiencia comparable al llevar la obra al Teatro Independencia de Mendoza. Le interesa especialmente ese movimiento de la invisibilidad hacia la exposición y espera que la llegada a Montevideo pueda convertirse en una invitación a descubrir historias desconocidas y volver a pensarlas. La incertidumbre es coherente con toda su propuesta: el creador construye la obra; no controla aquello que el espectador hará con ella.

¿El verdadero escándalo cuál es, en todo esto? Hay una pregunta que atraviesa silenciosamente toda la conversación: ¿qué es verdaderamente escandaloso hoy? Hace cien años, el escándalo podía ser una identidad sexual, un cuerpo que desobedecía la norma o una fiesta que ocurría fuera de los lugares autorizados. La pregunta contemporánea es si aquello cambió completamente o si algunos de esos mecanismos sobreviven bajo nuevas formas. Rausch evita una respuesta sencilla. Habla de avances, retrocesos y matices. Y esa dificultad para responder quizá sea más reveladora que una afirmación contundente.

Porque Saraos Uranistas no necesita decirnos que el presente es idéntico al pasado. Sería demasiado fácil. Lo que hace es permitirnos reconocer huellas: cómo una sociedad construye categorías, cómo decide qué considera normal, cómo esas clasificaciones se vuelven sentido común y cuánto cuesta después desarmarlas. Tenemos claramente una dimensión política que nos introduce en la obra.

Una invitación a entrar al sarao

Ir a ver Saraos Uranistas puede ser una oportunidad para conocer una historia poco contada. Pero reducirla a eso sería perder buena parte de su propuesta. Es también entrar en una discusión sobre archivo, memoria, deseo, libertad, amor, comunidad y creación artística. Es preguntarse qué puede hacer la imaginación con aquello que la historia dejó incompleto. Y es comprobar por qué seguimos necesitando del teatro incluso en una época en la que aparentemente podemos acceder a todos los archivos, imágenes e información.

Porque el teatro hace algo que el documento no puede hacer, pone cuerpos vivos delante de otros cuerpos vivos y convierte el pasado en una experiencia del presente. Tal vez por eso la pregunta más interesante que deja Rausch no sea qué ocurrió en aquellos saraos, sino otra mucho más incómoda: “Cuando dentro de cien años alguien revise nuestros propios archivos, la pregunta que me surge es qué descubrirá de nosotros que hoy todavía no somos capaces de ver”.

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