Toda palabra es un imán verbal,
un polo de atracción variable
que inaugura siempre nuevas constelaciones.
Una palabra es todo el lenguaje,
pero es también la fundación
de todas las transgresiones del lenguaje,
la base donde se afirma siempre un antilenguaje.
Una palabra es todavía el hombre.
Dos palabras son ya el abismo.
Una palabra puede abrir una puerta.
Dos palabras la borran.
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Escapar de la mirada de los otros,
como un nudo del hilo.
Escapar después de la propia mirada,
como un hilo de sus propios extremos.
Y escapar luego de la mirada de las cosas,
para disipar del todo el ahogo.
Y llegar a no ver lo que la mano escribe,
a no ver lo que los ojos escriben,
sabiendo que el último poema
se parecerá al primero,
como la línea de la mano
se parece a la línea de pie.
Pero ¿cómo escapar
de la mirada que nos rodea aunque no haya nada?
Quizá únicamente si crecemos hacia atrás,
si crecemos hacia lo pequeño,
si crecemos hasta merecer la nada.
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Apoyar la cabeza sobre una palabra
o sobre un color recién descubierto,
para descansar a otro nivel
o quizá para despertar a otra transparencia.
Porque llega el momento
en que hasta el sueño es una ironía
y el despertar un simulacro.
Comprendemos entonces
que no importan los límites,
sino la persuasiva permeabilidad de los límites.