Un circo eléctrico, un sapo inolvidable y un niño feliz
Fuimos con mi hijo de cinco años a ver el nuevo espectáculo de Ruperto Rocanrol y salimos con las mejillas doloridas de tanto reírnos. Música en vivo, dinosaurios domesticados, una inteligencia artificial exigente y mucha magia.
No sé en qué momento exacto se transformó la sonrisa en carcajada. Solo recuerdo que mi hijo se abrazaba la panza de tanto reírse y yo lo miraba entre asombro y ternura, porque yo también me estaba riendo como una niña. Eso que parece tan simple -disfrutar juntos, madre e hijo, de una misma obra- es bastante raro. Pero Ruperto Rocanrol lo logra.