A partir de aquí, comienza una historia absolutamente compleja, con ribetes patéticos; de idas y vueltas y de luchas por el poder, que nos demuestra hasta qué punto, estaban lejanos estos hombres de nuestra sensibilidad. No es un juicio de valor, sino una reflexión que intenta comprender el siglo XIX y no utilizarlo como plataforma de lanzamiento del presente, dotándolo de valores que no poseía. Estos hombres no comprendían en su entera dimensión los valores democráticos. Lo que sigue a la dimisión de Giró es un triunvirato anticonstitucional, pero conciliador al fin entre Venancio Flores, Fructuoso Rivera y Juan Antonio Lavalleja. A pesar de esto, la reunión que engendró el triunvirato, estaba repleta de colorados, connotados conservadores en general. Se llevó a cabo en el Fuerte, el 26 de setiembre, entre César Díaz, Pacheco y Obes, Juan Carlos Gómez, José María Muñoz, otros colorados y Juan Antonio Lavalleja, quien reaparecía ahora en filas coloradas, declarando (según Juan Carlos Gómez): “Mi desgracia ha consistido en haber creído en el Partido Blanco, que me hablaba en nombre de la ley y de la patria para hacerme instrumento de sus infamias y maldades. Pero Dios ha permitido que no muera sin poner el sable de Sarandí del lado del Partido Colorado, al cual he debido pertenecer toda mi vida […]”. Acomodaticio tal vez. Sobre el viraje de Lavalleja, Alberto Zum Felde es elocuente: “Es un acto de claudicación senil y sin valor político la declaración de coloradismo de Lavalleja al entrar al triunvirato; […] resentimientos políticos y chochez de las energías le inspiran este acto; además está detrás de él doña Ana Monterroso (su mujer), picaneando sus ambiciones de gobierno. ‘Date corte, Juan Antonio’”. Es así como se forma el triunvirato, que finalmente no pudo llevarse adelante en su totalidad. Lavalleja muere el 22 de octubre y Rivera, volviendo de Brasil, fallece el 13 de enero de 1854. El país perdía ese año una parte de su pasado revolucionario. Al mismo tiempo, a partir de noviembre, los caudillos blancos se levantaron en el interior tras el influjo de Bernardo Berro, que se encontraba detrás de las insurrecciones. Los caudillos proclamaban a Giró como presidente legal, pero este, abrumado, volvió a exiliarse dadas las presiones. El poder quedó entonces en manos de César Díaz. Colorado conservador, llevó al límite su odio hacia los blancos, con dos decretos increíbles: por un lado, mandó ejecutar a Berro (aunque no lo encontraron); y por otro, derogó la Paz de Octubre y, por tanto, reinició la Guerra Grande. La situación era insostenible, el odio, incalculable. Y así terminaba el fugaz triunvirato completamente ilegal, colorado y conservador.