En otra escena de la novela de Serrano, cuatro amigas se van a pasar unos días a una cabaña en medio del bosque, y de camino “pescan” en el pueblo a un matrimonio de caseros para que les parta la leña, les encienda el fuego, les cocine, les limpie y les haga todos los mandados. La desigualdad está normalizada, aceptada, cristalizada en las salitreras, endurecida en las vetas del cobre y en los terrones de las haciendas, normada hasta el último detalle, instalada en la ciudad, en sus barrios de ricos y de pobres, en sus colegios de ricos y de pobres, en sus oficios y costumbres de ricos y de pobres, y se reproduce hasta el infinito y más allá.
Desde la apropiación de todas las tierras, durante la conquista española, por parte de una diminuta minoría “blanca”, hasta el día de hoy, Chile se convirtió en una geografía de vastos latifundios poblados de peones en diversos grados de semiesclavitud, de inquilinos y de siervos, por un lado, y de industrias mineras y salitreras por el otro. El resultado fue que en 2017 el 1% de la población acumulaba el 25% de la riqueza total generada en el país. Si a esto sumamos una bajísima movilidad social y un verdadero encriptamiento de las diferencias, tenemos una inequidad capaz de promover tensiones sociales permanentes, prontas a estallar a la menor oportunidad. Y esto es lo que ha pasado en Chile.
Lo que estalló en Chile, en puridad, fue el clamor ante la injusticia. Parece que existen entre los chilenos tres sentimientos básicos de injusticia y de desigualdad: la salud, la educación… y el trato (o, mejor dicho, el maltrato). El capital y los ingresos están concentrados en muy pocas manos, y el rico considera que una parte irrenunciable de su status consiste en maltratar y degradar al pobre. El Estado sigue siendo cómplice de esta situación: no se involucra de manera suficiente en las tareas de redistribución y provisión de seguridad y de equidad a los ciudadanos. Por supuesto, las falanges neoliberales han salido a vociferar, a través de diversos medios de comunicación, que las causas del estallido social en Chile no se deben a la desigualdad, sino a una conspiración de inadaptados.
La Nación, diario argentino, proclamó que los incendios indican “programación y entrenamiento”. Y agrega, en una frase conmovedora: “Siempre hay descontento social, aún en los países más ricos”. En conclusión, la población descontenta se reduce a una manada de facinerosos; gente pervertida y aquejada de insanos deseos de destrucción, confabulada con otros pervertidos como los cubanos y los venezolanos. Gente contaminada con las no menos perversas ideas de Paulo Freire, a quien no se le ocurrió nada mejor que andar por ahí proclamando la condición de “oprimidos” de los pobres y de los marginados de cualquier especie.
Como expresa el filósofo italiano Giulio Girardi, para el liberalismo “el hombre imperial es reconocido como el único hombre normal”, y agrega que “de lo que se trata es de un método educativo autoritario, que no busca un consenso personal y crítico, fundado en argumentos, sino una identificación pasiva y masiva, fundada en la repetición de los mensajes”. ¿Y cuáles podrían ser estos mensajes en el caso de Chile y su renovada tragedia de represión y de autoritarismo? Primero, la inducción a la pasividad intelectual, pretendiendo convencer al público de cierta conspiración. Segundo, la ocultación del conflicto de origen; esta es la tarea primaria de la ofensiva ideológica imperial, según Girardi quien, como teólogo que es, señala el factor miedo que pretenden difundir los mensajes neoliberales (conspiración internacional oscura y siniestra, etcétera) y lo compara con la idea del diablo usada durante siglos por la iglesia cristiana.
Se necesita, por último, de un destinatario crédulo y alineado. “Para acoger sin sospecha la información brindada por el aparato ideológico del imperialismo, es necesario que el destinatario de la información considere que la organización del mundo es normal y no violenta”, dice Girardi. Es necesario que ese destinatario no perciba su carácter criminal y genocida. Es preciso que se convenza de que tal organización del mundo (o del país, o del continente, o del programa) es buena sin más. Por desgracia, a este tipo de persona pertenecen las grandes mayorías en el mundo occidental, lo cual “representa, quizás, el más grande triunfo histórico del imperialismo, el que condiciona todos los otros y es uno de los fundamentos del nuevo orden mundial”, añade el pensador italiano.
Recomiendo vivamente la lectura de Girardi y de otros filósofos que se han ocupado del problema del imperialismo moderno, del neoliberalismo, de la filosofía de la liberación, de la fundamentación de las democracias contemporáneas y de asuntos similares. Estoy convencida de que en ello nos va la vida. Por lo menos, esa parte de la vida que se construye en modo social y de la que no podemos desprendernos, a riesgo de convertirnos en cómplices ciegos y benevolentes de nuestra propia destrucción, y en sujetos funcionales a un sistema perverso.