Por el No, poca militancia, actos donde eran más arriba que abajo del estrado y una impresionante campaña en los medios. Tandas comerciales con cuatro spots publicitarios del No. En la conferencia de prensa posresultado, un periodista le preguntó al presidente cuánto se había gastado y quiénes fueron los contribuyentes. Se molestó, hizo cuatro o cinco tics con la boca y los ojos. Dijo: “No sé”.
¿Un presidente que opina hasta del color de los uniformes de los cuidadores de autos no sabe cuánto gastó la campaña pro LUC, que el mismo dirigió? ¿No le dijeron quién había aportado? ¿Piensa que alguien le creyó?
Quizás si tuviera que reflexionar sobre otro aspecto de la campaña del No, elegiría la actitud del presidente. Antes y después del resultado. No solo el sobrepeso (¿pesos?) de publicidad, sino abusos de poder. El chiste de Heber en un elegante barrio, recibido con pirotecnia. Se río y dijo: “Cuidado que creí que eran tiros, como en algunos barrios”. Pero lo más grave fue el uso abusivo de los medios de difusión.
Al Sí le dieron 7 minutos de cadena de radio y TV. El gobierno cerraba la campaña con un mensaje del presidente a la hora de los noticieros, transmitido por todos los medios. Él, sin límite de tiempo, se quedaba con la última palabra. Incluso suspendieron el debate de Gandini con Pacha Sánchez previsto para el día después.
La “falsa” cadena de antes y después del referéndum tuvo algo muy fuerte en común: la soberbia. Sonaba como un monarca, no un presidente. Hace pocos días, un politólogo me dijo: “Los actos de cercanía de Lacalle son distantes, casi monárquicos”. Selfies con ojotas, que trasmiten la misma imagen de días atrás de Felipe VI saludando los deudos de un naufragio en España. Faltó en ambos casos algo muy importante: humildad. Sencillez, no de marketing, sino republicana.
En el largo mensaje previo a la elección llegó a decir “El Estado quiere ahorrar para cuando necesite tener, como lo hacen quienes me están oyendo”. Yo conozco un solo indeciso convencido por esa frase. “Si no llego al 20 de cada mes, cómo voy a ahorrar”, me dijo. Se decidió y voto Sí.
En lo posterior al voto popular, la soberbia fue alarmante. Parecía que había ganado por paliza y no por 20.000 votos (menos que los que le hicieron presidente). Ahora, más allá del margen escueto, su investidura lo obligaba a otra cosa: llamar a la unidad nacional. Curiosamente lo hizo Fernando Pereira, presidente de la fuerza opositora; el presidente de la República no.
Wilson, en célebre entrevista con Omar Defeo en Canal 10, en setiembre del 86, habla de esto. Le preguntan por qué tanta atención al Pit-Cnt cuando era “una minoría”. Contestó: “La democracia no es el mero gobierno de las mayorías. Ser mayoría es condición necesaria pero no suficiente, además debe gobernarse, con respeto y en consulta a las minorías”.
El margen de diferencia entre ambas opciones fue inferior al de la elección nacional. Nos sorprendimos a nosotros mismos con haber llegado a las firmas. Y cuando se votó, más allá de la oculta esperanza de ser más, queríamos un resultado que nos mostrara en pie de lucha. Ese fue uno más de los tantos triunfos del 27 que celebramos al aire libre, con sabor a pueblo.