En la obra ya mencionada, Hegel expresa que “es insensato creer que alguna filosofía se puede anticipar al mundo presente. Cuando dice una palabra sobre la teoría que explica cómo ha de ser el mundo, la filosofía siempre llega demasiado tarde”. Esto es así porque el pensamiento -y con el pensamiento la pregunta- aparece recién después de que la realidad ha cumplido su proceso de formación. Todo está en proceso de superación constante y, sin embargo, toda crisis muestra una oportunidad de cambio. Claro que para verificarla hay que transformar unas cuantas cosas, comenzando por fortalecer (acaso por primera vez en la historia contemporánea) la racionalidad y la ética; las de verdad y no las de pura retórica populista. Desde diversos centros de poder (y los gobiernos son solo uno de tales centros) se ha impuesto el miedo y la paralización de toda o casi toda actividad humana, en diversos grados. Es obvio que las consecuencias de semejante proceder tienen que ser funestas. Es obvio asimismo que la solidaridad y la cooperación nacional e internacional también están paralizadas. No se pueden o no se quieren echar a andar.
Lo que la pandemia ha puesto de manifiesto es lo endeble de tales conceptos, y de paso nuestra ineptitud, malicia o estupidez en función de la búsqueda de soluciones efectivas. El argumento de oro es que los sistemas de salud pueden colapsar, y ante ello, todo el mundo se horroriza. Pero hay que invertir el orden de las preguntas. ¿Cómo es posible que los sistemas de salud -hospitales, mutualistas- colapsen ante el eventual ingreso masivo de infectados? ¿Por qué colapsan? ¿Qué hemos hecho tan mal como para que pueda darse semejante resultado, y qué estamos esperando para revertirlo de una buena vez? Uruguay es en ese sentido una excepción, pero también en Uruguay las consecuencias de la pandemia -su tratamiento, la forma de enfrentarla, la indiferencia, la avaricia y la mezquindad en la adopción de verdaderas medidas de apoyo a los más vulnerables- están siendo funestas. Y en el fondo de todo no está el virus, sino las elecciones y decisiones humanas. Que esas decisiones lleven o no al aumento exponencial de la pobreza, y de todos los males asociados a la pobreza -entre ellos la precariedad y el acortamiento de la vida- depende solo de nosotros. No se trata en el fondo de una pandemia. Se trata de un dilema o un problema que exige una respuesta urgente, y esa respuesta no puede esperarse únicamente de un gobierno, sino de la sociedad toda, a través de sus canales de expresión y de participación legítimos, en el marco de lo que -se supone- sigue siendo una democracia, cuyos deberes y cometidos no se limitan, ni mucho menos, a poner un voto en una urna cada cinco años.