Lula estuvo con Lacalle Pou en Brasilia y no solo le preguntó si Pepe Mujica “le daba mucho trabajo”, sino que le recordó con sutileza que no se olvida de que, mientras estaba preso, víctima de una confabulación maquiavélica de Jair Bolsonaro y la derecha brasileña que pocos meses antes había dado un golpe constitucional contra Dilma Rousseff, la derecha uruguaya, el mismo Pompita y alguno más se hacían eco de las calumnias y aplaudían semejante infamia. “Sin rencores”, le dijo Lula, así nomás a quemarropa y sin signo de interrogación alguno. Y por lo que sé, Lacalle guardó silencio, al menos, según quién me lo contó, un pajarito, no se le escuchó palabra alguna. Hasta ahí era lo que había pasado hasta que vinieron los tres Reyes Magos, pero con el diario El País del domingo 8 de enero llegan las noticia importantes. Ya en la página 2 del mencionado matutino, se produce unas de las revelaciones más importantes de lo que podría llamarse la historia reciente. Francisco Sanabria, el hijo y heredero del exsenador Wilson Sanabria, quien fuera un histórico senador del sector sanguinettista del Partido Colorado y que se quitó la vida agobiado por una enfermedad terminal y, al parecer, por la inminente quiebra de sus negocios, accede a una larga y curiosa entrevista que el matutino despliega en sus dos páginas principales del día de mayor venta. En la misma se revela que Wilson Sanabria, la mano derecha de Julio María Sanguinetti, era, además de coordinador histórico de su bancada parlamentaria, el presidente de la poderosa Comisión de Recaudación del Partido Colorado. Que durante su actuación había acumulado una inmensa fortuna, tan inmensa que la rentabilidad del Cambio Nelson -que con sus 17 sucursales en todo el país, oficiaba como un “pequeño banco”, que captaba ahorros y prestaba dinero y que constituía un poderoso instrumento de poder- constituía solo el 0,2 por ciento de su inmenso patrimonio compuesto por una constelación de empresas conformada por medios de comunicación, radios, dos torres de edificios en Punta del Este, agencia de alquiler de autos, empresa de producción agropecuaria, turismo, inmobiliaria y compañía de ómnibus de transporte interdepartamental.
También afirma que uno de los socios de Wilson Sanabria era el contador Humberto Capote, quien fuera presidente del Banco Central en el gobierno de Julio María Sanguinetti, y quien constituía el nexo con el Banco Central y era uno de los contadores del mencionado cambio. El extenso reportaje constituye una verdadera revelación que, sin duda, compromete e involucra política y éticamente al Partido Colorado y en particular a Julio María Sanguinetti, que curiosamente sale indemne de todas las instancias penales en que sus allegados más directos terminan con la pata en el lazo o más precisamente entre rejas, como el anterior “recaudador”, el expresidente del Banco Hipotecario Salomón Noachas, su secretario privado Rafael Laguarda, su hermano Betingo Sanguinetti y su resbaloso hijo, Julio Luis Sanguinetti que, después de haber gambeteado para no llegar a los juzgados, hoy es director de la UTE. El final del curioso y tal vez “oportuno” reportaje es un sutil mensaje y una advertencia a quien le interese.
Francisco va a escribir dos libros con más revelaciones sobre “el imperio Sanabria y sus conexiones públicas y privadas”, sobre políticos, empresarios y comunicadores, y sobre el rol de sus familias que se han entrelazado con el poder de turno y con las grandes corporaciones”. Para el primer domingo de enero sería bastante si en su página editorial Pedro Bordaberry no anunciara que es número puesto para ser candidato del Partido Colorado en las próximas elecciones. “Cherchez la femme” se llama la nota de Pedro Bordaberry en su columna de la página editorial de El País. En ella dice que la exsubsecretaria de Relaciones Exteriores Carolina Ache es una víctima de una serie de disputas políticas dentro y fuera de su partido en las que el ministro Francisco Bustillo mintió al Parlamento porque conocía que Sebastián Marset era un narcotraficante y es responsable de que se le haya otorgado el pasaporte. La reaparición de Pedro Bordaberry es parte de una puja por lo que Eber da Rosa llamó hace pocos días la disputa por el electorado pachequista, que tiene su expresión en el Partido Nacional y en todo el sistema político, claramente en el Partido Colorado, en Cabildo Abierto y hasta en el Frente Amplio en donde, aun desaparecido Tabaré, tienen potente voz sectores y personalidades batllistas y masones. El lector se preguntará “qué queda del pachequismo” pero en una elección reñida como la que se espera en 2024, el lema de todos los partidos es “cualquier monedita sirve”. Si con todo esto no bastara para interesarnos por la realidad, si la temporada de pases no concentrara la atención de los hinchas, si Goes no hubiera perdido el clásico con Aguada y los dos primeros espectáculos deportivos del año no hubieran terminado con las barras a las piñas y la policía interviniendo, aún nos quedarían dos extensos reportajes a Julio María Sanguinetti y a Gerardo Zambrano, quienes son tal vez los principales ideólogos de la derecha, el primero de la derecha política y el segundo de los más grandes intereses agropecuarios. Zambrano es además el principal avisador de El País y el matutino suele hacer una larga entrevista al comienzo del año para que dé línea sobre todos los temas. Al gobierno, Zambrano lo ve bien pero con gusto a poco, cree que las auditorías que había anunciado el presidente fueron poco menos que un Chasqui Bum, dice que hay poco tiempo y que hay que ir a más, que hay que corregir el atraso cambiario y achicar el Estado. Que hay que aprovechar que el gobierno es afín al agro, que le gustan Bordaberry, Salinas, Álvaro Delgado y Mieres, que hay que fortalecer la coalición de gobierno para que no gane el Frente Amplio. Zambrano, productor y rematador de ganado, empresario, consignatario, es malla oro entre los malla oro y sus opiniones son para El País como la palabra de Dios.
Sin embargo, no es todo por hoy.
Ese mismo domingo, Julio María Sanguinetti pontifica como si fuera el Papa. Dicen que en su viaje con Lacalle Pou y Pepe Mujica a Brasil no paró de hablar. Les dio clase de historia de Brasil y Uruguay, de arquitectura, de arte, de literatura, de geopolítica y de fútbol. Cuando volvió agarró a los cronistas de El País, los sentó en la sala de su casa frente a frente y les habló de todo durante tres horas, de la seguridad social, de Marset, de Astesiano, del Mercosur, la política china y el Tratado de Libre Comercio, el Acuerdo Transpacífico, Carolina Ache, la seguridad ciudadana, de Loli Ponce De León, Bordaberry, Manini, Munyo, los posibles candidatos blancos, los liderazgos en el Frente Amplio, de la educación y de las encuestas.
Lo más interesante de lo que dijo, tal vez con cierto matiz de autocrítica, es que “siempre hubo coimeros en nuestra administración”. Es una redundancia decir que a Julio María “se lo comió el personaje”.