¿Qué nos está pasando?
Hace unos días supimos que la economía es lo que más nos preocupa a los uruguayos.
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Hace unos días supimos que la economía es lo que más nos preocupa a los uruguayos.
Sobre todo el salario, el trabajo y la carestía, bastante más que la seguridad, la salud y la educación.
¿Qué nos está pasando?
¿Por qué pasa esto cuando hace tres años la carestía y el salario no aparecían mencionados entre las primeras preocupaciones?
Dicen las estadísticas que en este país hay 60.000 nuevos pobres, más de 100.000 desocupados, más de la mitad de los niños nacen en la pobreza, aumentó el doble los niños que han sido víctimas de violencia, faltan medicamentos en la salud pública y hasta disminuyen las inscripciones en la enseñanza privada salvo en los colegios de Punta del Este, las ingresos reales de trabajadores y jubilados han perdido más de un 5% de su valor real, la inflación en el mes de marzo llegó al 9,4%, los comercios minoristas piden que los alimentos se puedan vender fraccionados y las ollas populares aumentan 30.000 raciones cada semana, aún después de cesar la emergencia sanitaria .
Hay centenares de miles de personas que viven en la pobreza y muchos de ellos en la indigencia, miles de personas, incluyendo 1.168 niños y mujeres solas con hijos viven en situación de calle y simultáneamente se reducen las prestaciones, miles de personas pierden la canasta de la pandemia y se les niega la tarjeta de Uruguay Social, mientras se desmantela el Sistema Nacional de Cuidados.
Cuando sucede esto, unos pocos uruguayos ganan fortunas aprovechando los precios internacionales de los granos, la carne y otros productos agropecuarios y depositan en el exterior 5.000 millones de dólares en un año, lo que es bastante más que todo el dinero para la educación e investigación científica del que dispone el Presupuesto para la educación primaria, secundaria, universitaria, la UTU, la UTEC, el Plan Ceibal y la enseñanza militar y policial.
Mientras Uruguay propone incentivos para la inversión extranjera, unos pocos miles de uruguayos se llevan para el extranjero todos los años tanta plata como la que los finlandeses invertirán en la planta de UPM y hasta la que se invertirá en el ferrocarril.
Para colmo, el presidente de la República ni piensa que está para servir a los más humildes ni recuerda que los más infelices deben ser los más privilegiados, sino que les dice a los estancieros, los productores de soja, los ganaderos y los propietarios de millones de hectáreas, a los escritorios rurales, a los rematadores de ganado y a los cabañeros, que él está a su servicio, al servicio del campo y que está para responder a sus demandas porque con el campo nos salvamos todos.
Y además es mentira porque está solo con los más ricos del campo porque de los peones no se acuerda y los de Un Solo Uruguay denuncian que el gobierno ni siquiera les da una entrevista para hablar de sus problemas y de sus promesas.
Y lo de gobernar para los “malla oro” no lo dice Caras y Caretas, sino el propio presidente, el que se autoproclamó “líder del mundo”, el que cobra el sueldo más alto de todos los presidentes de Latinoamérica, el que se embolsa todos los meses un sueldo de 850.000 pesos en la ventanilla del Estado, sin contar los gastos de residencia, comida, servicios domésticos, mucama, jardinero y hasta veterinaria para sus mascotas.
El que tiene buena pinta, luce melena implantada, músculos trabajados y tiene lindísima esposa, rubia, emprendedora y tan vanidosa que encabeza una iniciativa para enseñar a ser bella en las cárceles de mujeres.
En fin, el que nunca cobró un peso por su trabajo que no surgiera de los fondos públicos y no sabe lo que son las 8 horas, ni él, ni el padre, ni la madre, ni el abuelo, ni los tíos, ni los tatarabuelos ni el más lejano ancestro de los Lacalle Pou, De Herrera, Brito del Pino, de aquí al Pitecantropus erectus sin escalas.
Usted dirá que yo exagero, pero se equivoca.
No hay que ir a visitar un asentamiento para constatarlo. Alcanza con recorrer el centro de Montevideo una noche de otoño para ver a nuestra gente durmiendo en la calle.
Un reciente pedido de acceso a la información pública hace constar con la firma del secretario de la Presidencia que, además de su sueldo, el Presidente dispone de gastos de alimentación para su familia y ayudantes y asistencia personal en su casa por un monto de otros 10.000 dólares. Dispone, además, de una residencia oficial para él y su familia cuyos gastos son sufragados por el Estado y un establecimiento rural que utiliza los fines de semana en los mismos términos.
Para ilustrar esta información, podrá agregarse que tiene a su cargo personal de seguridad, asistencia médica en Sanidad Militar, personal de limpieza y de cocina de su residencia oficial, transporte, mucama y mayordomo, servicio veterinario para sus mascotas, personal de mantenimiento y jardineros.
Y conste que su padre, el expresidente Lacalle Herrera, es tal vez el jubilado que cobra mayor jubilación de América, más que Santos en Colombia y que Bachelet y Piñera en Chile, más que Lula y Cristina Fernández y Pepe, aunque quizás lo mismo que Julio María Sanguinetti, otro líder del mundo que tenemos en casa.
Pero eso entra en el secreto previsional.
La realidad de Uruguay es crítica. Cada año somos un país más desigual en donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Es verdad que todos esperamos que los eventos internacionales que causan esta crisis no duren demasiado y que el mundo se acomode de manera que la inflación global se enlentezca y, aun más, se revierta. De las crisis se sale, pero siempre se sale más pobre. Y ya estamos suficientemente pobres y al gobierno no se le para ni un pelo.
El gobierno no tiene toda la responsabilidad aunque tiene mucha. El gobierno no es culpable de la pandemia, ni de la herencia que recibió ni de la guerra en Europa, pero es responsable de haber creado las condiciones y adoptado medidas para que unos pocos se lleven millones de dólares al extranjero y los depositen en abultadas cuentas corrientes y cientos de miles de uruguayos pasen hambre. Porque se sabe que los pocos que hicieron esos depósitos ya tenían cuentas bancarias en Uruguay por más de 250.000 dólares cada uno y los muchos que la pasan mal viven, como dijo una diputada, “en un barrial y caminando entre la mierda”
En estos días, el Frente Amplio y, nobleza obliga, algunos sectores de la coalición que gobierna han planteado algunas medidas para ir amortiguando esta situación que aprieta en los bolsillos de la gente más humilde todos los días.
Pero el presidente, lejos de aflojar la cincha, ha optado por ajustar de nuevo el cinturón ofreciendo a partir de agosto un discretísimo adelanto del 2% o 3% para empleados públicos y jubilados a cuenta y como adelanto de los aumentos futuros.
El “aumento” es insuficiente y tardío y son necesarias y urgentes otras medidas.
En las propias filas del gobierno, los legisladores de Ciudadanos y Cabildo Abierto han propuesto iniciativas tales como ayudas focalizadas, incrementos salariales, rebajas del IVA y acuerdos con las cámaras empresariales y los formadores de precios.
El Frente Amplio ha propuesto entre otras cosas la eliminación del IVA en los productos de la canasta básica y el supergás de forma inmediata y por al menos seis meses, para compras realizadas por medios electrónicos, la eliminación del IVA al gasoil para pequeñas y medianas empresas, la reducción temporaria de las tarifas públicas para los sectores más necesitados y el mantenimiento de los precios de los combustibles hasta fin de año, duplicar las transferencias de la tarjeta Uruguay Social y de la Asignación Familiar Plan Equidad y en adelante su ajuste por IPC y que los incrementos salariales anunciados sean efectivizados en forma inmediata, no sean en calidad de adelantos y se realicen en el marco de la negociación colectiva, procurando la recuperación salarial progresiva atendiendo prioritariamente los salarios menores.
Naturalmente habrá analistas que dirán una cosa o la otra, que estas medidas no detienen la inflación, que no atienden las necesidades de todos, que el déficit fiscal se irá al carajo, que habría que focalizarlas en los más pobres, que la inflación se combate con medidas monetarias, fiscales y cambiarias y no con aumentos salariales y disminución de impuestos, que el peso se debilitará o se fortalecerá.
Pero los economistas son el opio de los pueblos.
Para la gente humilde, hoy de lo que se trata es de comer, dormir tapado y bajo techo, ir a la escuela con túnica y moña limpias, poder ir al médico y disponer de los medicamentos, tener luz, agua y transporte accesible.
Si podemos tener contentas a las instituciones calificadores de riesgo, mejor, y si se molestan un poco, no vamos a perder el sueño.
Por lo pronto habría que ir pensando en poner un impuesto a los depósitos en el exterior porque no es justo que habiendo tanto sufrimiento nos estemos convirtiendo para algunos en el país de la jauja.