Sea como sea, estamos siempre refiriendo a lo mismo: a una deshumanización que produce una quiebra abismal de la empatía, y ante todo a un cúmulo de ansiedades que no logramos dominar, cuya causa última es la disfunción que surge en los individuos, que delegan todas sus percepciones, emociones y sentimientos en el dichoso aparato. Cuando no hay contacto entre las cosas reales, entonces éstas no existen. Daría lo mismo que estuviéramos a bordo de una cápsula espacial, a miles de años luz de nuestros semejantes, de las piedras y los árboles, los ríos y las montañas. Todos los sentidos se diluyen. Comenzamos a olvidar lo que de veras significa el contacto con una piel humana, con el cuerpo del otro, con la voz y la mirada del otro, con sus reacciones singulares e irrepetibles, con lo que Byung denomina “los latidos materiales del mundo”. En mi anécdota, el repartidor no pudo entregar su pedido porque, a pesar de que contaba ya con todos los datos necesarios para el encuentro -lugar, hora, identificación- no fue capaz de apartar su mirada de la pantalla ni una sola vez. Toda su atención, su interés, su expectativa, se cifraban en ella. La realidad material no le ofrecía el menor interés. Se había perdido de manera casi irremediable, y eso constituye una señal de cuidado que no debería desestimarse. Cuando desaparece el resto de la humanidad, cuando perdemos pie, cuando la comunidad se borra para nosotros, entonces hemos quedado fatalmente prisioneros en una sociedad enferma. Me parece que deberíamos preguntarnos cuáles pueden ser las consecuencias de todo eso a corto y a mediano plazo. Y me pregunto cuántas porciones irrecuperables de la realidad me habré perdido yo misma por no apartar mis ojos del celular durante, digamos, unas cuantas horas de mi jornada. Cuántos vuelos de pájaros me habré perdido. Cuántas flores que florecieron y se marchitaron sin que yo me dignara concederles una ojeada. Cuántas pausas creativas, en las que la mente se dedica a vagar en torno de esas soterradas semillas a las que llamamos ideas. Cuántos minutos, horas y días de diálogo con seres amados, con amigos y con perfectos desconocidos, cuyas almas siempre son un apasionante abismo a descifrar.
Y para ir cerrando, vaya otra anécdota. Hace tres semanas me reuní con algunos amigos, y recuerdo claramente que se habló de una marca de computadora. Ninguno de nosotros estaba en ese momento usando el celular. Por el contrario, nos hallábamos congregados en torno a una mesa, con dos platos de pizza, algún refresco y unos vasos de agua mineral. Creo que había también cerveza. La luz de la lámpara, que colgaba sobre la mesa, nos bañaba en una claridad cómplice. Fuimos felices, sin duda, durante esas dos o tres horas compartidas, después de tan cruel abstinencia de reuniones físicas y de diálogo en tiempo real. Pero nadie estaba usando el celular. Y sin embargo, al otro día en la mañana, cuando tomé mi aparato, empezó a llegarme publicidad de esa marca de computadora. Confieso que un escalofrío me recorrió la espalda. No se trata de una creencia en brujas o en aparecidos, sino de una información concreta que yo no había estado buscando en internet. Por el contrario. La marca en cuestión fue mencionada por otra persona, a propósito de un viaje que había realizado dos años antes a cierto país en el que esa marca se vendía a un precio muy conveniente para los bolsillos uruguayos. ¿Será cierta la existencia del panóptico virtual? ¿Nos escuchan a través de los celulares, aun cuando no los estemos usando? Preguntas que uno se hace. Pero ahora los dejo, con vuestro permiso. Voy a intentar algo extraordinario. Saldré a caminar sin rumbo, sin prisas, sin pensamientos. Ah, y sin el celular. No sea cosa de que el día menos pensado mis extremidades se conviertan en huesos y arterias de vidrio y de metal espacial, al modo de aquel personaje de Ray Bradbury que, sin quererlo, comenzó a mutar en un monstruo extraterrestre.