Recordemos que el Senado había negado el pedido de desafuero de Erro. La información que se había confiado a Wilson, igual a la que manejaba Seregni, era que a su regreso de Buenos Aires, donde estaba invitado por las juventudes peronistas a dar conferencias, iban a detenerlo. Bordaberry no solo buscaba disolver el Parlamento, sino humillarlo. La movida planeada por el dictador era responder a la negativa parlamentaria, ignorándola. Erro, apresado, pasando por encima de su fueros.
A primera hora de la tarde, Zelmar pasa por casa, camino al aeropuerto. Hablaron de los diferentes escenarios posibles y se despiden en el abrazo más fuerte que se dieron en su vida. No sabían que el próximo encuentro entre ambos sería ya en el exilio, en Buenos Aires. Llegamos al Palacio y empieza a organizarse la salida de Wilson del país. Mi primera misión: ir al despacho del Toba (Héctor Gutiérrez Ruiz) a decirle que Wilson le pedía que se fuera. Recién entonces empezamos a tomar conciencia de que el golpe era ya un hecho. Vivíamos el conteo regresivo.
Los tres partidos, Nacional, Colorado y Frente Amplio, le piden a Jorge Sapelli la citación de una sesión extraordinaria de despedida. Sapelli era respetado por todos, pero esa noche su figura se agigantaría. También le piden que no presida la última sesión para que asista al Consejo de Ministros y les arruine la fiesta. Acepta. ¡Vaya si merecía estar en aquella sesión histórica! Toda su conducta durante la dictadura se ajustó a la dignidad de aquel momento.
En la tardecita, Wilson va a un acto de la Coordinadora Juvenil blanca en el cine Grand Prix. Los jóvenes lo reciben con alegría y entusiasmo. Comienza diciendo: “No nos vamos a ver cara a cara por un tiempo”. Los mismos rostros, pero esta vez con lágrimas, de tristeza, de bronca, lo despiden. De regreso al Senado, Wilson pronuncia su último discurso, que año a año, todos los medios repiten.
Cada legislador levanta sus banderas, para sumar su corriente histórica al esfuerzo común de enfrentar la dictadura. Por eso cuando él culmina con un “Viva el Partido Nacional”, todos vivan, como cuando Lalo Paz y Vasconcellos vivan a Batlle, o el Ñato Rodríguez al Frente. Luego habrá diferencias en el cómo. El FA y el PN coordinan esfuerzos. Entre la primera y segunda prisión de Seregni, él mismo asiste a reuniones en las que estuve con dirigentes blancos para coordinar las llamas Jornadas de Acción Nacional contra el régimen.
Salimos del Palacio por la misma puerta por la que entrábamos y salíamos todos los días. Una mano toma la de Wilson. Era el policía que veíamos todos los días allí apostado, sin conocerle. “Wilson, mi casa es muy pobre, allí no le van a ir a buscar”. Lo mira y me dice: “No todo está perdido”. Antonio Grasso, por ello, fue preso y destituido, reivindicado en la vuelta de la democracia. Como concertado antes, Enrique Cadenas se dirige conmigo al vehículo de Wilson. Los jóvenes colaboran rodeándonos con vivas y aplausos, como si estuviera Wilson.
El viejo se escabulle hacia otro auto, que lo saca, sin que se percaten de ello las fuerzas que esperaban detenerlo. Una camioneta de fusileros navales nos sigue. En la rambla, nos detienen y se sorprenden al ver que Wilson no estaba. Nos detienen aquella fría noche, con las manos en alto. Comienza a amanecer en Montevideo. En la historia de Uruguay, en cambio, se iniciaba una larga noche.