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Columna destacada

El presidente más pobre del mundo

Por Leonardo Borges.

El poco ortodoxo como discutido título de “presidente más pobre del mundo”, que hace poco tiempo fue endosado desde diversos estrados -tanto en el ámbito nacional como internacional- a José Mujica, define en parte a otro expresidente de Uruguay: Juan Francisco Giró. Un personaje por entero olvidado por nuestra historiografía, a quien le tocó gobernar en uno de los momentos más complejos de nuestra historia.

Tras finalizar la Guerra Grande (1839-1851), Giró fue elegido como presidente de un país partido al medio y cocinado en el odio durante 12 años. En medio de aquel gobierno, fue retratado por un extranjero con palabras certeras; se trataba del duque Paul Friedrich Wilhelm Von Wurttemberg.

“Visité al presidente de la República, quien me recibió en su aposento oficial de la casa de gobierno […] Era un salón bastante amplio, lleno de escudos de Montevideo. En la sala contigua se hallaba el gabinete del jefe de gobierno. El presidente es un bello anciano de noble porte, distinguido caballero en toda su persona, hombre amigable y sencillo y sumamente prudente en su razonamiento […] El presidente me pidió que recorriera la República, ofreciéndome su asistencia y toda clase de recomendaciones”. Culmina la narración con un dato que sorprende al duque y es muy esclarecedor sobre este presidente: “Este anciano señor me conmovió al llegar caminando con la más torrentosa lluvia a la casa de gobierno, ya que no vive en el centro ni posee medio de locomoción”.

¿Quién era este presidente que no tenía locomoción y llegaba bajo lluvia a la casa de gobierno?

Juan Francisco Giró había nacido en Montevideo el 3 de julio de 1781. Desde muy joven viaja a Buenos Aires para luego estudiar en Estados Unidos. Regresa a su país recién a los 24 años de edad y comienza inmediatamente su actividad política. Fue parte integrante de organismos previos a la formación de Uruguay y hasta formó parte de la Asamblea Constituyente. Desde el principio de la revolución Giró, desde su puesto, siempre estuvo presente. Fue regidor del Cabildo de Montevideo durante el gobierno artiguista en 1815. Ya cuando la invasión portuguesa fue un hecho, colaboró con el gobierno invasor. Pero cuando se da la ruptura entre brasileños y portugueses, intenta la reconquista de la independencia. Se lo ve en 1826 uniéndose a la Cruzada Libertadora, siendo luego designado secretario de Gobierno por Joaquín Suárez (presidente sustituto). Como tantos patricios, forma parte de la Asamblea Constituyente y Legislativa en 1828, fue ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de José Rondeau y Juan Antonio Lavalleja. Hizo las veces de ministro plenipotenciario de nuestro país, con la misión de reanudar las relaciones con la vieja metrópoli, España y conseguir un empréstito de Inglaterra. Cuando estalla la Guerra Grande, toma partido por el Gobierno del Cerrito, acompañando a Manuel Oribe. Luego de finalizada la guerra, fue electo presidente de la República entre 1852 y 1856. Una misión compleja: gobernar un país dividido.

A pesar de la victoria de la Defensa (los colorados), fue un blanco, hombre cercano a Oribe en su momento, el encargado de gobernar al país. Tamaña responsabilidad. El problema de la elección surgió tras la muerte del candidato “natural” para la presidencia, el general Eugenio Garzón.  Blanco desde los inicios, dejó a Oribe al poco tiempo por diferencias y combatió a las órdenes de Urquiza. La muerte de Garzón acarreó ciertas especulaciones con cierto olor a complot. Las intrigas palaciegas crecían. La causa fue la ruptura de un aneurisma de aorta y culminó con una junta médica y la revocación de la licencia del médico francés Pedro Capdehourat, por lo que hoy conocemos como mala praxis. Finalmente, con 33 votos en 38, Juan Francisco Giró llegó a la primera magistratura. Para observar de primera mano la realidad de posguerra, emprendió un viaje por el país, donde se encontró con una realidad desoladora. Presumiblemente triste, sentenció después de su viaje: “De Mataojo a las Minas es una serranía desierta de hombres y de ganados”.

Pero a pesar de sus propósitos pacifistas y fusionistas, un motín militar lo derroca el 18 de julio de 1853 en la ciudad de Montevideo. El presidente más pobre del mundo terminó su presidencia corriendo e intentado asilarse en un barco extranjero; ese era el Uruguay de aquellos tiempos. Vivirá diez años más y se extinguirá en 1863.

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