A mí me enseñaron en el liceo –y tuve muy buenos docentes, empezando por mi propio padre- que la historia es el derrotero del ser humano a través del tiempo y del espacio, o sea lo que hemos hecho, bueno o malo, mejor o peor, con el destino que nos cayó entre las manos. La historia es el abismo al cual van a parar la memoria y el olvido, la vergüenza y la desvergüenza, la crueldad, el martirio, el heroísmo y la indiferencia, el egoísmo y la insensatez, la generosidad y el desinterés, la libertad y el sometimiento. La historia no es, por cierto, este o aquel libro de historia –eso es en todo caso una narración más o menos documentada- sino ese abismo al que me refería, que creemos condenado al olvido y que, sin embargo, nos ataca cuando menos lo esperamos.
Del abismo de la historia suelen saltar monstruos, lo cual me recuerda aquel grabado de Francisco de Goya, con su leyenda: el sueño de la razón produce monstruos. ¿Y qué cosa podrá ser el sueño de la razón? Es algo así como estar dormido, habiendo dejado cerrada la puerta de la razón, y entreabierta la otra puerta, la que conduce a otra dimensión. Eso no es bueno o malo en sí mismo, como se verá, pero da para pensar. Goya fue uno de los artistas más notables y polifacéticos de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Puede decirse que nada de lo humano le fue ajeno, de acuerdo a la famosa frase del escritor romano Publio Terencio Africano. Goya fue un hijo de la Ilustración y por lo mismo el asunto de la razón le interesó vivamente, para ensalzarla y para ponerla en duda. En el grabado al que me refiero, que forma parte de la serie Los Caprichos, un hombre yace reclinado con los brazos sobre una mesa, y a su alrededor se levanta una serie de animales inquietantes; murciélagos y búhos, un gato y un lince, todos al acecho. La escena tiene un doble significado. Por un lado es la liberación de un mundo interior, que no puede abrirse paso en el ser humano si este está dominado por la razón, tan cargada de método, tan rectilínea, tan abstracta. Por el otro, es la condena a una serie de sentimientos que, despojados de la razón, pueden ser peligrosos, puesto que llenan a la gente de ignorancia y de miedos.
Más allá de los análisis que pueden realizarse en ambos sentidos (fantasía, arte, libertad creadora por un lado, y por el otro lado desamparo, miedo e ignorancia) ese grabado de Goya me fascinó siempre porque de alguna manera se relaciona con el tema de este artículo: el valor de la historia como muestra del derrotero humano, para asomarse a los dilemas que eternamente enfrentan a la humanidad consigo misma. Por ese solo motivo, bien vale la pena interesarse por la historia, conocerla en algún grado, saber de qué manera los hombres y las mujeres han intentado plasmar sus ideales de libertad y sus esperanzas, su racionalidad y su irracionalidad, su capacidad creadora y su impulso de destrucción a lo largo del tiempo y del espacio. Y por eso yo no considero que la historia tenga mala prensa. A lo sumo podrá caer pesada o ligera, atractiva o insoportable, veraz o falsa, según quién y cómo la cuenta. Y lo más importante: no deberíamos olvidar, ni siquiera por un instante, que a la historia también la hacemos nosotros. Y que, como dice Benedetto Croce, la historia no es un idilio ni una tragedia de horrores, sino un drama en el cual la libertad es el último y supremo objetivo, sin el cual nada tendría sentido.