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Columna destacada |

Acuerdo Comercial EE.UU-China

Es la política, estúpido

Por Daniel Barrios

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Caras y Caretas Diario

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¿Tregua, pausa, bandera blanca, paz armada, armisticio, hachas de guerra enterradas? Lo cierto es que, el 15 de enero, Estados Unidos y China han firmado un acuerdo que cierra el primer capítulo de la guerra comercial que las dos principales potencias del mundo vienen librando desde hace casi dos años.

Además de las dos delegaciones, encabezadas por Donald Trump y el vice primer ministro Liu He, jefe del equipo negociador chino y mano derecha de Xi Jinping en materia económica, estuvieron presentes en el ala este de la Casa Blanca decenas de empresarios estadounidenses, legisladores republicanos y cientos de periodistas (60 medios chinos acreditados), que escucharon a un pletórico y exultante Trump calificar al acuerdo de 86 páginas como el “mayor que nadie ha visto nunca” y “el tratado más grande que existe en cualquier parte del mundo, por lejos”.

Las bases fundamentales del denominado Acuerdo Comercial Fase Uno ya habían sido alcanzadas y hechas públicas a mediados del mes de diciembre del año pasado, tras un largo, complejo e intrincado proceso de negociación.

Esencialmente el texto firmado prevé por parte de China la compra de 200.000 millones de dólares en productos estadounidenses, unos 76.700 millones durante el primer año del nuevo pacto y 123.300 millones para el segundo año.

Beijing se comprometió a importar 50.000 millones al año en productos agrícolas de EE. UU., 37.900 millones en servicios, 52.400 millones en energía, y unos 75.000 millones de dólares en productos manufacturados.

El volumen de compras comprometido podría perjudicar a otras economías porque su cumplimiento implica que China deje de comprar en otros países y traslade esas compras a Estados Unidos. Este podría ser el caso de los productos agrícolas (¡atención, Uruguay!), dado que los 50.000 millones acordados son el doble de lo que anualmente la República Popular compraba en Estados Unidos de ese tipo de productos.

Por su parte, Washington se comprometió a suspender una nueva ronda de aranceles de 15% sobre bienes chinos por un valor de 160.000 millones de dólares (que deberían haber entrado en vigor el 15 de diciembre) y reducir hasta un 7,5% los aranceles de 15% a importaciones chinas por un valor de 120.000 millones vigentes desde 1º de septiembre de 2019.

No obstante, se mantienen los aranceles del 25% impuestos por Estado Unidos a productos chinos por un valor de 250.000 millones de dólares que serían eliminados tan pronto culminen las negociaciones de la llamada Fase 2, que, según Trump, será la ñultima.

“Los mantengo porque de otra manera no tenemos cartas para negociar. Pero todos saldrán tan pronto como terminemos la Fase 2”, fanfarroneó el showman presidente.

El mantenimiento de buena parte de las barreras comerciales izadas en dos años coloca hoy los aranceles en una media del 20% para cada lado, cuando era del 3% sobre los productos chinos y 8% sobre los estadounidenses.

Los gravámenes de Trump a las importaciones chinas han sido un factor irritante en la interna de los EE. UU., dado que, a fin de cuentas, sus costos pesan más sobre las empresas o consumidores locales, y no tanto sobre Bejing como prometió el presidente.

Al neto del triunfalismo trumpiano y el “beneplacito por el acuerdo comercial con Estados Unidos” expresado por Xi Jinping en su carta al colega norteamericano, hay que saber que el acuerdo de la Fase 1 mantiene inalterados casi dos tercios de las importaciones chinas gravadas por los aranceles de Trump y a más de la mitad de los impuestos por China a modo de represalia a los productos provenientes de los Estados Unidos.

Más aún, los alcances del acuerdo que firmaron Trump y Liu deben evaluarse tanto por los compromisos pactados por ambas partes como también y sobre todo por los temas que deliberadamente deja irresueltos para eventuales futuras negociaciones.

En primer lugar, queda fuera del acuerdo cualquier compromiso de China de cambiar su política de subsidios a sus industrias estratégicas que, según Estados Unidos, atenta contra la competencia con las empresas estadounidenses en industrias como la aeroespacial, la robótica, la fabricación de chips o vehículos eléctricos.

El modelo económico chino y sus extraordinarios resultados se han construido a partir de una estrategia centralizada, diseñada para sus empresas de propiedad estatal, y los incentivos y la ingente ayuda estatal han sido un factor determinante (¿irrenunciable?) de su crecimiento tanto dentro como fuera de fronteras.

“El acuerdo no hace absolutamente nada para reducir los subsidios de China a sus fabricantes. Todos esos ‘hombres y mujeres olvidados’ en las fábricas estadounidenses han sido, una vez más, olvidados”, indicó Scott Paul, presidente de la Alianza para la Manufactura de EE. UU., en su cuenta de Twitter.

La ciberseguridad también quedó pendiente de solución, pese a que Washington buscaba garantías de Beijing contra el hackeo de empresas.

La acusación a China de robar propiedad intelectual de empresas estadounidenses forzándolas a transferir tecnología quedó laudada con la promesa del gigante asiático de abstenerse de exigir a las compañías estadounidenses acceso a su tecnología para operar en su mercado y en una futura ley que dificultaría a las empresas chinas solicitar a firmas extranjeras que le transfieran su tecnología.

Las opiniones están dividas entre quién resultó victorioso de esta contienda y acerca del impacto del acuerdo tanto para las dos economías protagonistas como para el mundo.

Para la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva.

el acuerdo entre las dos economías más importantes del mundo reducirá “en algo” la incertidumbre que ha impedido el crecimiento económico global, “pero [esa incertidumbre] no se ha eliminado”. “Veremos una reducción de este impacto negativo, pero no la erradicación de este impacto”, agregó la número uno del prestamista multilateral.

De no haberse llegado a un acuerdo, según cálculos del FMI, este año el PIB mundial habría perdido 0.8%, unos 700.000 millones de dólares.

“El acuerdo comercial limita algunos daños a corto plazo para la economía [de EE. UU.], pero China podría terminar siendo el ganador cuando el polvo se asiente”, editorializó para el New York Times Eswar Prasad, profesor de política comercial en la Universidad Cornell.

En cambio, para el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, “esta es una gran victoria para las empresas estadounidenses y los agricultores estadounidenses”.

De lo que no hay dudas es que, más que la economía, fue la política la verdadera triunfadora en esta fase, y, más que los equipos económicos que la negociaron, son Trump y Xi Jinping los vencedores.

Para el primero, que durante la campaña que lo llevó a la Casa Blanca prometió mano dura con China, el acuerdo, en el año electoral que se somete a su reelección, es sin duda un triunfo político de extraordinaria importancia. Y por si esto fuera poco, la Fase 1 es el mejor seguro político contra los daños del juicio político al que esta siendo sometido.

Es por demás emblemático que la ceremonia de la firma del acuerdo en la Casa Blanca transcurriera en el mismo momento en que los siete legisladores/fiscales designados por la Cámara de Representantes presentaban los cargos contra Trump al Senado.

Para su homólogo chino la tregua comercial alcanzada es sin duda un refugio para capear el temporal de la desaceleración económica que acaba de registrar el crecimiento más bajo (6,1%) desde la crisis de Tiananmen de 1989, pero, más aún, representa un capital político para enfrentar la crítica situación que vive Hong Hong desde hace ocho meses y amortiguar el revés del resultado de las elecciones de Taiwan, que el 11 de enero reeligieron a la chinoescéptica Tsai Ing-wen como presidenta de “la isla rebelde” con un número récord de votos a favor.

Confirmando la supremacía de la política sobre la economía, al cerrar esta nota las agencias internacionales informan que no obstante la entente cordiale, sino estadounidense el pesimismo por el futuro de la economía justificado por la incertidumbre política, el auge de los nacionalismos y del populismo a ambos lados del Atlántico, la fragmentación de los mercados y las políticas unilaterales alcanza niveles récord entre los ejecutivos reunidos en la 50 edición del Foro Económico Mundial de Davos, que esperan una desaceleración de la economía mucho mayor que lo que estima el FMI.

Fuerte y claro: al final del día, es la política quien se impone sobre la economía.