Pero el problema no solo es con la derecha, aquella que anunció trasladar la sede del Mides a Casavalle, como prometió un Bartol que duró poco por su inacción, aunque mucho peor fue Lema y su catastrófica gestión plagada de irregularidades, desviación de fondos públicos a empresas privadas y fundaciones que se dedican a ganar más que a asistir demandas sociales urgentes.
Comparando cifras, siempre móviles en este tema, es innegable que durante los cinco años del gobierno de Luis Lacalle Pou y sus socios, la cantidad de personas en calle se multiplicó. Pero también hay que recordar que en los dos últimos años del gobierno de Tabaré Vázquez, la cantidad iba creciendo.
El grave problema de la situación de miles de personas que viven en la calle también complica a una izquierda que a menudo habla más de lo que hace, al tiempo que otros hablan más de lo que saben, en especial sobre lo efectivamente que se hace, incluyendo si es efectivo o no.
Ante un tema tan complejo, lo mejor es que se informe con datos, con análisis de las políticas desplegadas y su evaluación crítica y autocrítica aunque duela, de la misma forma que cualquier opinión válida no solo debe alertar, lo que a veces es imprescindible si cunde la inacción, pero también aportar análisis y propuestas. Eso es lo que diferencia a ser meros diagnosticadores y, por eso, también nos organizamos en agrupamientos políticos o sociales para transformar la realidad, la de las grandes utopías pero también la de cotidianas desigualdades.
Porque si no, lo que se instala es la noticia como desgarrador lamento individual, algo muy loable y genuino, pero acotado en su función transformadora mediante el trabajo colectivo. A menos que se crea que la peripecia política individual sea lo importante. Algo que, además, se mezcla peligrosamente con disputas políticas o con moverle el piso a tal o cual jerarca por intereses sectoriales o disputas de poder gubernamental. La derecha mediática instalará esa noción con delectación, exponiendo posibles apetencias o rencillas, sin rozar los aportes de fondo a un problema multicausal que exige seriedad y perseverancia, antes que chisporroteos de ocasión.
El tema queda servido en bandeja para quienes desde la izquierda creen en el ordeno y mando, en esa vanagloriada mano dura o, incluso, en una suerte de migración forzosa a donde no se note. Ejecutivistas zafrales nunca faltan a la hora de ver la realidad como algo a emprolijar de un saque en vez de trabajar profundamente en la transformación.
Claro, esto exige saberes, respuestas complejas a preguntas complejas, prácticas comprometidas y logísticas que hay que sostener con recursos humanos y materiales. Por eso los presupuestos, tan escandalosamente dispares para las fuerzas militares en relación a las políticas sociales, no son una abstracción sino formas concretas de asignar recursos que demuestran formas concretas de hacer política.
"La hipocresía social es la práctica de fingir creencias, sentimientos o virtudes que no se poseen, mostrando una doble moral al exigir normas de comportamiento que uno mismo no practica. Se manifiesta por la incoherencia entre el discurso y la acción, a menudo para obtener aprobación social, ventaja personal o evitar el conflicto" resume en forma contundente un chat de inteligencia artificial con evidente puntería.
No deja de ser curioso que la aceptación, generalmente pasiva, del capitalismo asuma sus consecuencias sociales como fenómenos desligados de su esencia sistémica y de sus condiciones sociales de reproducción del capital. A tal punto que se disocia el alabado crecimiento económico, elevado a categoría sagrada en la mayoría de las creencias económicas, de las desigualdades que produce, porque no crecen de un repollo ni son producto de ningúna orden divina, mucho menos de una evolución natural.
Por el contrario, son producto de una construcción social y, así como surgieron y se desarrollaron cambiando en función de cada formación económico-social, no son eternas y cambiarán pese a quien pese, también en función de nuevos sujetos históricos y su capacidad de transformación.
Y ya que estamos en fechas sagradas, no estaría mal recordar que si el tal Jesús de Nazaret, realmente resucitara, es probable que repitiera su condición social de dos milenios atrás producto de las desigualdades de su época. Injusticias que enfrentó a la cabeza de un movimiento fundado por "pescadores descalzos, por locos, por iracundos carpinteros, por rústicos encallecidos de las manos con ropones y hediondos a sudor" como escribió el genial poeta salvadoreño Roque Dalton en su poema Al Papa, ese "abuelo de bisutería", publicado en una antología titulada "con la ternura no basta".
Y también es altamente probable que anduviera en situación de calle y otros eufemismos que se imponen como un bálsamo, refugiado en portales de casas cuyos dueños temen salir a convivir, o parapetado bajo aleros de edificios gubernamentales o de iglesias a las que no le dejarían ingresar.
Porque, ya que estamos, ante tanta hipocresía y disociación entre teoría y práctica, vale recordar ese pasaje del Nuevo Testamento, Mateo 25. 35-40, que dice: "Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer y me dieron de beber. Fui forastero y me dieron alojamiento. Necesité ropa y me vistieron. Estuve enfermo y me atendieron, estuve en la cárcel y me visitaron. Y le contestaron los justos: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuéndo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos? Y Jesús les responderá: Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aún por el más pequeño, lo hicieron por mí".