Tras una campaña electoral donde el planteo opositor fue «todo vale contra el Frente» los resultados llamaban a actitudes de mesura. Si la polarización había llevado a los triunfadores a alianzas inimaginables hasta hace muy poco tiempo (por ejemplo, auto proclamados wilsonistas, aliados con gente a la que se vincula con la tortura, o con el embajador que pidió, sin suerte, la expulsión de Wilson y la mía de la ONU), el resultado electoral mostraba un país que elegía por mitades a modelos de sociedad antagónicos.
Graziano Pascale repitió durante meses una letanía: «Las encuestas muestran ya que el 70% del país quiere que el Frente Amplio se vaya». Pero la realidad electoral demostró que 50% quería un cambio de rumbo y 50% no. El discurso no podía ser el mismo con un escenario que con otro. Sobre todo con una mitad que apoyó a una fuerza política, y otra que se dividía entre una multiplicidad de fuerzas opuestas. O fuerzas que dejaron de ser antagónicas, lo que sería peor.
Entonces el tono de agresividad de «cambio todo, cambio todo» no cabe en el escenario de hoy. El acto de festejo finalmente congregó unas diez mil personas lo que nos dejaba cierta nostalgia de los tres festejos electorales anteriores (los del FA) que superaban las cien mil personas. Cada voto vale lo mismo, pero el voto militante garantiza la movilización en respaldo de las acciones que pretenden trascender el status quo.
El reparto de ministerios comenzó al otro día. Se aproximaba más a una repartija que a la conformación de un gobierno. Tan ajustada es la mayoría parlamentaria de la coalición que el Partido Independiente, que redujo su bancada a la tercera parte y perdió su representación en el Senado, se lleva un cargo en el gabinete y algunos cargos de confianza muy delicados. En una política de austeridad proclamada obsesivamente, se crea un nuevo ministerio para que alcance para el reparto. No podemos dejar pasar que el postulado ministro de Salud tiene observaciones técnicas a su empresa médica. Consultado un exvice presidente al respecto, dijo: «No me toca opinar, porque es potestad del Presidente de la República.» (¿Prohibido opinar, denunciar y controlar?).
Todo esto mientras que Luis exhibe el porcentaje más bajo de votación de la historia desde que los presidentes se eligen por voto popular. Al quitar el doble voto simultáneo, y generar el balotaje, debemos observar el voto por lema en la primera vuelta. Esto nos da: Sanguinetti (1984) 41,22%; Lacalle de Herrera (1989) 38,11%; Sanguinetti (1994) 32,35%; Batlle (1999) 32,80%; Vásquez (2004) 50,45%; Mujica (2009) 47,86%; Vásquez (2014) 47,81%; Lacalle Pou (2019) 28,62%. Ganó el que sacó menos votos.
Ojalá esta mirada permita llamar a la prudencia y a que entre todos construyamos un clima de convivencia que la hora nos exige.