Naturalmente que como joven periodista estaba muy influido por Wilson y por la semilla que en él habían sembrado algunos referentes, como Quijano y Methol. Por aquel entonces, Wilson era uno de los impulsores de la Declaración de Lima de gobiernos y partidos condenando la ocupación británica, lo que le hizo acreedor póstumamente del Premio Malvinas de la Universidad de Lanús en 2009.
Hay una continuidad histórica entre Herrera y el Wilsonismo. Ese contenido perdió fuerza cuando tras la muerte de aquel en el 59, el Partido Nacional estuvo un tiempo a la deriva en manos de Echegoyen y Nardone, hasta que nació Por la Patria. Viento de renovación que sopla sobre esas viejas banderas que hacen al cerno blanquísimo. Es más, son los referentes herreristas, de la síntesis partidaria que significa el porlapatrismo, como el Toba Gutiérrez Ruiz, los que en los 70 contribuyeron a revivir esos principios.
En mi libro El Partido Nacional y los imperios, cito las condenas de Herrera a las invasiones yanquis contra Panamá, Guatemala y Sandino en Nicaragua. Cuando en 1965 los yanquis invaden República Dominicana, primero mandan a los marines y derrocan al presidente Juan Bosch. Luego le avisan al secretario de la OEA que tiene que legitimar la invasión aplicando el TIAR. A eso regresa Uruguay.
Muy triste porque, en ese año, la condena de Uruguay en la ONU (gobierno del PN) expresada desde la Presidencia del Consejo de Seguridad, por el embajador Carlos María Velásquez, blanco, fue de referencia internacional. Nadie narra mejor esa rica tradición que el abuelo del actual presidente, Carlos Lacalle, en la memorable obra Historia de la política exterior del Partido Nacional.
No solo su bisabuelo y abuelo, su propio padre, el expresidente Luis Alberto Lacalle, con cuya política exterior tuvimos serias discrepancias, también fue explícito en su repudio al TIAR. Días antes de asumir, EEUU invade Panamá para apresar al coronel Noriega. Nadie en el mundo defendió al personaje requerido. Pero voces democráticas alrededor del mundo se alzaron en protesta por la intervención militar. Lacalle citó a las autoridades partidarias (presidía el partido el profesor R. Rubio y yo ocupaba la Secretaría de Relaciones Exteriores) para pedir que el Partido Nacional fuera todo lo duro que requería la situación. El Dr. Gros Espiell, su canciller, recibió como primera instrucción prevenir que se utilizara el instrumento del TIAR para disimular la responsabilidad de la invasión.
No sorprende que el gobierno multicolor dé los tres pasos juntos: regreso al TIAR, defunción de Unasur y apoyo a Almagro. Si la OEA es un monumento al cipayismo proyanqui, el TIAR fue la piedra fundamental de la obra. Fue creada para eso, pero durante las dictaduras del Cono Sur, la OEA era lo que los Estados miembros querían que fuera. Así, con todas sus sombras, no dejó de condenar varias veces las dictaduras de Uruguay, Argentina y Paraguay. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (aún no existía la Corte) fue la primera voz que declaró a Julio Castro “desaparecido”.
Almagro fue el restaurador. Nuevamente la OEA, a través de mecanismos muy poco ortodoxos, vuelve a ser, como la llamábamos en nuestra juventud, “el Ministerio de Colonias de EEUU”.
OEA, TIAR y Almagro son hoy una misma cosa. Si se elige una, se debe optar también por las otras dos. “En el principio era el verbo”, dice San Juan. En el principio era el TIAR, dice la OEA. El TIAR fue suscrito el 2 de setiembre de 1947. La OEA, el 30 de abril de 1948. La OEA nació para encubrir al TIAR.
Ahora, no digan más que eso es “desideologizar las relaciones exteriores”. Es la definición más ideologizada tomada por el gobierno restaurador del neoliberalismo. Eso sí, que ya nadie dentro de la multicolor diga tener bagaje blanco, ni herrerista, ni wilsonista, ni metholiano ni quijanista. El Partido Nacional de hoy se rindió. Abandonó su esencia blanca. Todos estos referentes, con sus luces y sombras, habrían puesto, hoy, el grito en el cielo.