El discurso también incorporó referencias a movimientos revolucionarios y figuras culturales como Emiliano Zapata y Frida Kahlo, ampliando la idea de democracia hacia el terreno cultural, social y simbólico.
Uno de los ejes centrales fue la crítica a las concepciones liberales tradicionales de libertad. Sheinbaum cuestionó la noción de una libertad desvinculada de la justicia social, señalando que sin igualdad, soberanía y dignidad, el concepto se vuelve vacío. En ese sentido, contrapuso dos modelos, uno basado en el mercado y la concentración de riqueza, y otro centrado en la distribución, la inclusión y la participación popular.
La mandataria insistió en que no puede haber democracia real sin atención prioritaria a los sectores más vulnerables. Retomando el principio “por el bien de todos, primero los pobres”, defendió una visión donde el desarrollo democrático implica prosperidad compartida y acceso equitativo a derechos como la educación, la salud y la cultura.
En el plano internacional, reafirmó los principios históricos de la política exterior mexicana, autodeterminación de los pueblos, no intervención, la resolución pacífica de conflictos y cooperación internacional. En un contexto global de guerras y desigualdad, los presentó como una contribución vigente de México al orden mundial.
Entre las propuestas concretas, destacó la iniciativa de destinar el 10% del gasto militar global a programas de reforestación, sintetizada en una frase que condensó el tono del discurso: “En vez de sembrar guerra, sembremos paz”. Asimismo, llamó a rechazar intervenciones militares y a privilegiar el diálogo, con mención específica a la situación de Cuba.
Discurso
Vengo a la Cumbre por la Democracia en nombre de un pueblo trabajador, creativo y luchador, pero, sobre todo, profundamente generoso. Un pueblo que ha aprendido a resistir sin odiar, a defender sus derechos sin dejar de respetar a los demás y a creer en la paz, incluso cuando la historia le ha puesto pruebas difíciles.
Vengo en nombre de un pueblo solidario, hasta en la adversidad; profundamente humano, que se resiste al individualismo, que rechaza la discriminación y se niega con dignidad a mirar al otro o a la otra desde el desprecio. Vengo de un pueblo que reconoce su origen en las grandes culturas originarias; aquellas que fueron acalladas, esclavizadas y saqueadas, pero que nunca fueron derrotadas, porque hay memorias que no se conquistan y raíces que nunca se arrancan.
Vengo de la Pirámide del Sol. Vengo de Tláloc, de Huitzilopochtli, de Coatlicue. Vengo de una historia milenaria que no es pasado: es presente vivo en nuestras comunidades, en nuestras lenguas y en nuestra forma de mirar el mundo. Vengo de un pueblo con valores espirituales profundos, que sabe que su historia es sagrada porque en ella encuentra la fuerza para levantarse, para resistir y para seguir tejiendo con dignidad su destino.
Traigo el legado de Miguel Hidalgo y Costilla, quien en 1810 levantó la voz por la independencia y, días después, tuvo la valentía de declarar la abolición de la esclavitud. Vengo con el legado de José María Morelos y Pavón, quien en los Sentimientos de la Nación escribió palabras que aún estremecen: que la soberanía dimana del pueblo, que debía moderarse la indigencia y la opulencia, y que la dignidad no admite castas, sino solo la diferencia entre el vicio y la virtud.
Vengo con el legado de la independentista Leona Vicario, quien desafió su tiempo para defender el derecho de las mujeres a luchar por su patria. Vengo con la dignidad de Josefa Ortiz de Domínguez, quien nos recordó que no debe premiarse a quien sirve a la patria, sino castigar a quien se sirve de ella. Vengo cobijada con el legado del Benemérito de las Américas, el presidente Benito Juárez, indígena zapoteco que, junto a los liberales mexicanos, separó la Iglesia del Estado a mediados del siglo XIX; el hombre que defendió a la República frente a la invasión extranjera y que, al triunfar, nos dejó una verdad que pertenece al mundo entero: "Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz".
Vengo cubierta con el legado de Zapata, de Villa, de Madero, de Carranza, de Felipe Ángeles, de Adela Velarde y de Hermila Galindo. Mujeres y hombres que en 1910 se levantaron no por ambición, sino por justicia; no por poder, sino por el derecho del pueblo de México a la democracia, a sus recursos naturales y a decidir sobre su propio destino.
Vengo con el legado del general Lázaro Cárdenas, quien, cuando el mundo cerraba las puertas a los republicanos españoles, abrió las de México para recibir a quienes huían del dolor y de la guerra. Vengo de un país que abrazó al exilio y convirtió la solidaridad en acción. Vengo reconociendo la valentía de Frida Kahlo, quien, aún en la fragilidad física, supo llenar de colores la lucha por la justicia.
Vengo a recordar que México ha sabido sostener sus principios incluso en soledad; que alzó la voz contra el bloqueo a Cuba en 1962 cuando otros guardaron silencio. Hasta la fecha creemos —hablando de esa pequeña isla del Caribe— que ningún pueblo es pequeño, sino grande y estoico cuando defiende su soberanía y el derecho a la vida plena.
Vengo también de las y los jóvenes conscientes que todos los días luchan por un país libre, democrático y más justo; de mujeres y hombres que creen en la transformación pacífica, en la justicia social y en la dignidad humana como principio universal. Vengo orgullosa de mi pueblo, de su historia, de su capacidad de resistir, de compartir y de no olvidar a quienes más lo necesitan.
Un pueblo que en 2018 decidió que el desarrollo democrático existe cuando se trabaja para la prosperidad compartida o, como lo decimos en México: "por el bien de todos, primero los pobres". Vengo de un pueblo que en 2024 decidió romper su historia de machismo y eligió a su primera mujer presidenta para que llegáramos todas. Vengo a la Cumbre por la Democracia para felicitar a mis colegas presidentes que luchan todos los días por ella.
Vengo a contarles los principios constitucionales de México, surgidos de nuestra historia en materia de política exterior y que hoy resuenan fuerte y claro: el respeto a la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de controversias, el rechazo al uso de la fuerza, la igualdad jurídica de los Estados, la cooperación internacional para el desarrollo, el respeto a los derechos humanos y la lucha permanente por la paz.
En un mundo herido por la guerra y la desigualdad, estos principios siguen siendo el aporte de México a los pueblos del mundo como un símbolo de esperanza. Los principios democráticos también significan libertad, pero vale la pena preguntarnos: ¿Cuál libertad? ¿La libertad que defiende el conservadurismo? ¿La libertad de someterse a intereses externos? ¿La libertad de convertir a las naciones en colonias modernas o la libertad del mercado sin Estado que convierte a muchos en nada y a pocos en mucho?
Creemos que la democracia implica libertad, pero la libertad es una palabra vacía si no la acompaña la justicia social, la soberanía y la dignidad de los pueblos. Cuando hablamos de democracia, no es la de las élites, sino la del pueblo. No es la de la concentración de la riqueza, sino la de su distribución. No es la de la imposición, sino la de la participación. No es la de la guerra, sino la de la paz. No es la de la indiferencia y la exclusión, sino la de la cooperación e inclusión.
Cuando hablamos de democracia nos referimos a la democratización de la cultura, del acceso a la educación y a la salud; al fin último de los gobiernos, que es la procuración de la felicidad de sus pueblos. La democracia, como decía Abraham Lincoln, es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. No hay democracia cuando no hay opción para los pobres y los desposeídos.
Por ello, quiero proponer una acción concreta que ya presenté en el G20: una propuesta que parta de una nueva visión de las Naciones Unidas. Destinar el 10% del gasto mundial en armamento —que asciende a miles de millones de dólares— para impulsar un programa global que permita a millones de personas reforestar millones de hectáreas cada año. En vez de sembrar guerra, sembremos paz. Sembremos vida.
Quiero proponer una declaración en contra de la intervención militar y económica en Cuba; que el diálogo y la paz prevalezcan. Quiero también extender una invitación para que esta cumbre tenga como próxima sede a México, donde podamos dialogar sobre una economía centrada en el bienestar y sobre una democracia que responda a las verdaderas necesidades de los pueblos.
Porque la democracia significa elevar el amor por encima del odio, cultivar la generosidad en lugar de la avaricia y la fraternidad por encima de la guerra. La democracia significa que la vida no se compra, como tampoco la libertad ni la dignidad. La democracia significa que solo el respeto a la diversidad y el amor por los demás hará posible construir un mundo donde quepan todas y todos; todos los pueblos, todas las lenguas, todas las culturas y todas las naciones.
Soy una mujer de paz y represento a una nación que ama la libertad, la justicia y la fraternidad, y que entiende la democracia como diría el gran Benito Juárez: "Con el pueblo todo, sin el pueblo nada". Con los pueblos todo, sin los pueblos nada.
Muchas gracias.
Embed - Claudia Sheinbaum emite emotivo y profundo mensaje en la Reunión "En Defensa de la Democracia"