Uno de los momentos más contundentes de la IV Reunión en Defensa de la Democracia en Barcelona lo protagonizó el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, quien apuntó sin rodeos contra los liderazgos que pretenden fijar reglas más allá de sus fronteras. “Ningún presidente, de ningún país del mundo, tiene derecho de imponer reglas a otros presidentes. Ninguno”, lanzó, en una intervención que sonó menos a formalidad diplomática y más a advertencia con destinatario implícito.
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Lula fue más allá y puso el foco en el tablero global: cuestionó el rol de las potencias en el Consejo de Seguridad de la ONU y criticó la lógica de la política internacional marcada por impulsos unilaterales. “No podemos despertarnos todos los días con el tuit de un presidente amenazando al mundo o declarando guerras”, dijo, en una frase que resume el clima de época: geopolítica en 280 caracteres.
Defender la democracia
La IV Reunión en Defensa de la Democracia reunió en Barcelona a líderes de 15 países bajo una consigna tan amplia como urgente: defender los sistemas democráticos en tiempos de tensiones globales, polarización política y algoritmos desbocados. El menú incluyó multilateralismo, gobernanza digital y combate a la desigualdad. El diagnóstico, en líneas generales, fue compartido. Las recetas, como suele ocurrir, quedaron abiertas.
Por su parte, la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, eligió bajar el tono de un frente específico: negó que exista una crisis diplomática con España. “Nunca la ha habido”, aseguró, aunque aprovechó la escena para introducir un eje central de su agenda: el reconocimiento de los pueblos originarios como parte constitutiva de la identidad nacional.
El anfitrión, Pedro Sánchez, cerró filas en torno a una idea que sobrevuela Europa y América Latina por igual: la democracia no se erosiona sola. “El extremismo crece cuando el sistema no responde”, advirtió, en una definición que interpela tanto a gobiernos como a oposiciones y que, en clave política, sugiere que el problema no es solo quién grita más fuerte, sino quién gestiona mejor.
La cumbre dejó en claro que, al menos en el plano discursivo, existe un consenso progresista sobre los riesgos que enfrenta la democracia: desigualdad persistente, desinformación digital y liderazgos que tensionan las reglas del juego. La incógnita, menos épica y más terrenal, sigue siendo cómo traducir esas coincidencias en políticas concretas.
Porque si algo quedó flotando en Barcelona es que defender la democracia se ha vuelto una causa compartida. Pero también, cada vez más, un terreno de disputa.