La guerra fratricida en el Uruguay actual
Recibo cartas de personas desconocidas, en su mayoría compatriotas, que residen en los sitios más diversos del mundo. Esos mensajes, que a veces son escuetos y en otras ocasiones son muy largos e incluso sostenidos en el tiempo, no dejan de emocionarme. Por lo general me dicen que me han escuchado en la radio, o me han visto en el nuevo canal de televisión por streaming (Esdrújula), o simplemente me han leído. Ya he dicho muchas veces que un libro es más inteligente que su autor, y la experiencia no hace más que confirmar esa creencia. De esto se ha ocupado largamente la filosofía de la hermenéutica, a través de los formidables aportes contemporáneos de pensadores como Paul Ricoeur y otros. Pues bien. Mi última novela, Heroica, nació en unas circunstancias de futuro próximo que nadie podía prever. Me refiero, como es obvio, a la pandemia del coronavirus, que paralizó todas las presentaciones de ese libro, a escasos cuatro meses de su aparición. Y sin embargo, es evidente que el libro se ha echado a rodar, y va labrando su propio camino. Hace una semana recibí unas líneas virtuales que decían: “A miles de kilómetros de casa, en un momento difícil, me agarro de Heroica. Gracias por escribirla”. Ese mensaje, al igual que otros, me hizo reflexionar en el poder y en el misterio de los libros, pero también en esa dimensión no menos misteriosa que denominamos patria, tierra natal, identidad y por qué no hermandad entre los integrantes de una comunidad. Personas que escriben desde lejanas tierras a propósito de una novela histórica que les habla, entre otras cosas, de su propio derrotero humano; personas que se sienten un poco desamparadas, acaso. Personas de cuyo sentimiento deberíamos aprender los que aquí seguimos.