Pero lo que de verdad quería decirles es que Mario es un tipo abierto y generoso. No se cree dueño de los temas históricos, por más que haya escrito sobre uno de ellos. No pretende esgrimir en el puño ningún certificado de propiedad, como en cambio hacen algunos. Se trata de excepciones, sí, pero de excepciones desgraciadas, y además torpes y terriblemente limitadas, ya que no solamente argumentan algo absurdo, sino que cercenan el libre vuelo del conocimiento y de la creación.
Me pregunto cuántos hombres y mujeres habrán escrito sobre temas como la revolución francesa y sus aledaños, la esclavitud en Estados Unidos, la crisis de 1929 y sus nefastas consecuencias, o la segunda guerra mundial. ¿Cuántos? Dos o tres centenares, por lo menos. Cuando yo acometí el desafío de hacer una novela sobre un tema que ya otro escritor había abordado -un escritor prestigioso y reconocido, para más datos-, lo hice en la convicción de que cada relato, cada narración, cada interpretación de un solo y único hecho es diversa, es múltiple, es compleja y es única. Cada una de esas miradas contribuye a echar luz sobre el tema en cuestión, a examinarlo desde infinitas vertientes, a generar nuevas preguntas, a enriquecerlo. Y en esa convicción escribí Heroica, en la que pongo de relieve a 46 mujeres defensoras.
A Mario no se le pasó por la cabeza decirme perlitas como “Ese libro ya lo escribí yo antes”, ni se ofendió ni se mostró molesto ni nada por el estilo. Todo lo contrario. Se alegró mucho cuando se lo dije, y de esa manera nuestro viejo vínculo -que viene por el lado de una amistad señera con mis padres- cobró una fuerza nueva, de las que no se dan todos los días.
Heroica gira en torno a la guerra. El libro de Svetlana Alexeiévich también, con la diferencia de que ella hace hablar a determinadas mujeres combatientes, a las que entrevistó. Quien dice guerra, dice muerte, y Svetlana sabe algo sobre eso, porque le tocó vivir y convivir con el peligro de las conflagraciones armadas desde que tuvo memoria. Ello lo expresa así: “Escribo sobre la guerra…Yo, la que nunca quiso leer libros sobre guerras a pesar de que en la época de mi infancia y juventud fueran la lectura favorita. De todos mis coetáneos. No es sorprendente: éramos hijos de la Gran Victoria. Los hijos de los vencedores”.
A mí no me tocó la cercanía cotidiana con el monstruo, sacando el período de la dictadura militar, que tuve que padecer de punta a punta. Sin embargo, siempre tuve presente la gesta de Paysandú. No desde un punto de vista partidario, sino nacional y además histórico, filosófico, humano. En Paysandú combatieron centenares de inmigrantes europeos que de blanco no tenían más que los dientes o el borde de las uñas. Pero allí dejaron su vida. Ese misterio, el misterio de la guerra, me atormentó especialmente desde que supe del sitio a Paysandú. Lo que habrá sido en el caso de Svetlana, que no oía hablar de otra cosa. Guerra en la escuela y en la casa, guerra en las bodas y en los bautizos, guerra en las fiestas y en los funerales. Guerra por arriba y guerra por abajo.
Escribir Heroica fue para mí un desafío por eso, porque yo no había vivido nunca una guerra de cabo a rabo; nunca vi explotar una granada, ni contemplé el humo de las bombas y de los disparos, ni sentí en las entrañas el rugir de los aviones bombarderos. Pero en cierto momento, escribir Heroica llegó a sentirse como una necesidad. Fue entonces cuando, por primera vez, me asomé al segundo misterio, que es el de la muerte. No hablo de la pérdida de un ser querido, sino de la muerte de cientos y de miles por fuego y bala, por cólera y tifus, por cáncer postraumático, por simple y llana desaparición. A los defensores de Paysandú que no fueron quintados o fusilados, o que no lograron huir a tiempo, se los llevaron a la leva forzada, rumbo a Paraguay, en el marco de la guerra de la Triple Alianza.
A diferencia de Svetlana, aquella gente conocía un mundo sin guerra, igual que nosotros, que tenemos ese raro privilegio y no lo valoramos. La gente de aquel Paysandú de 1864 había vivido ya tres sitios armados, es cierto, pero jamás lo que significó la brutal conflagración aliada que vino después. Y así como salieron de Paysandú casi todas las mujeres, menos una cantidad que acaso oscila entre las 50 y las 100 -entre ellas se encuentra mi protagonista-, así también en el mundo de Svetlana las cosas eran al revés. A ella le tocó vivir en un mundo de mujeres. Hombres no había. Pero hubo, en cambio, del lado de la guerra, unas cuantas mujeres combatientes, sobre las que luego se tendió un manto de silencio tan cruel como cómplice. Lo mismo que en Paysandú. Yo ya intuía que la guerra vivida y narrada por mujeres era distinta. Svetlana me lo confirmó. La periodista y escritora nos dice al respecto: “Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación
y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aun más terrible”. Será por eso que para ella, teniendo en cuenta la narrativa casi exclusivamente masculina sobre este pavoroso fenómeno, la guerra no tiene rostro de mujer.