Cuando se comenzó a cantar el Himno apenas estábamos llegando a la Universidad. Mirar hacia atrás, era hacerlo al infinito.
Si siempre es gratificante ver cómo crece la marcha y aumenta la participación juvenil, este año fue clave: por el contexto, mundial, regional y la realidad de nuestros dos vecinos; por ser año electoral y por los hechos de los últimos días. Alguien dirá que no hay que mezclar lo proselitista en este recuerdo. Yo agrego: naturalmente. Creo que el lunes marchó gente que votará diversas opciones electorales. Pero eso no significa que deje de ser importante que, rodeados de Macris y Bolsonaros, el año que se vota la gente diga: acá -en palabras de La Pasionaria- en Uruguay “no pasarán”.
Este año, la Marcha del Silencio tuvo repercusiones que trascendieron nuestras fronteras. Se publicaron fotos en diarios alrededor del mundo, videos en varios canales de televisión y noticieros del extranjero. Uruguay volvió a empaparse de democracia, de libertad, de reclamo de justicia y verdad.
Naturalmente que el tema central es que aparezcan y se sepa de la suerte de nuestros hermanos y hermanas cuyo destino quieren borrar de nuestra memoria. Eso no funciona. El Uruguay solo se los recordó a los que siguen apostando a ocultar información, como pasó en los tribunales de honor de pocas semanas antes de la Marcha. No se puede tapar el sol con un dedo. España se presentó como modelo de transición “en paz” no hablando más del tema. Paz sin verdad no existe y por lo tanto la demanda por justicia aparece allí 70 años después. Son nietos y nietas, bisnietos y bisnietas que quieren saber cuál fue el destino de abuelos, abuelas, bisabuelos y bisabuelas.
Por eso, este año tan especial, por todos los motivos que he señalado, la Marcha, al reclamar por los desparecidos, también censuraba la negativa de algunos dirigentes en evitar el pase a retiro de los que fueron cómplices en el silencio y ocultamiento de la verdad de crímenes de lesa humanidad. Mandos militares, integrantes de los tribunales de honor, juzgados y jueces, cómplices del ocultamiento de la verdad. Junto a ellos, los legisladores que no levantaron su mano para echarlos.
Con el paso del tiempo la Marcha ha ido adquiriendo sus ritos: el silencio es un grito por justicia. Cuando uno se cruza con un conocido, apenas inclina la cabeza para saludar. No se alza la voz ni tras una consigna. La misma dispersión se hace en silencio. Cuando se canta el Himno, el ¡tiranos temblad! parece que hiciera sacudir las paredes de los edificios sobre 18 de Julio. Luego, el prolongado aplauso, una vez más, sin consignas ni demandas en altavoz, es estremecedor.
¡Cómo me equivoqué cuando me asustó la lluvia! El pueblo uruguayo este año se bañó de dignidad y logró que su silencio resonara en el mundo entero.