Nuestra identidad pasa, más bien, por una serie de entrecruzamientos de sangres y de mentalidades. Somos, como dice el antropólogo argentino-mexicano Néstor García Canclini, “la sedimentación, yuxtaposición y entrecruzamiento de tradiciones indígenas, del hispanismo colonial católico y de las acciones políticas, educativas y comunicacionales posteriores”. Nuestra identidad es móvil, compleja, casi desesperante en su heterogeneidad. No quiere quedarse quieta. No se somete a las ideas tranquilizadoras de lo homogéneo, lo compacto, lo igual a sí mismo. Nuestra identidad exige rupturas, discontinuidades y conflictos varios. Se resiste a toda lógica y se sigue transformando y complejizando. Si eso ocurre en Uruguay, país parejo y manso si los hay, ¿qué ocurrirá en territorios mucho más grandes y abarcativos como Argentina, Chile, Brasil o México, en los que, además, existen vastas culturas indígenas vivas?
En 1813, en su decreto de “Guerra a muerte” contra España, Simón Bolívar dijo: “Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables”. Parece evidente que esta frase durísima, así como los sucesos que le siguieron, obedecen no a un lazo de descendencia sanguínea a favor o en contra, sino a un violento conflicto de identidades.
Bolívar y los suyos se querían libres; más aún, se consideraban libres de antemano frente al dominio español.
Lo mismo ocurrió entre nosotros con José Artigas, que también habló de “los malos europeos y peores americanos”. Pero la historia siguió rodando y con ella fueron transformándose los patrones de la identidad latinoamericana, que no nació en puridad con esos sucesos bélicos, sino que se fue gestando desde mucho antes, y continúa en esa incesante gestación.
Creo saludable leer e informarse seriamente sobre estos asuntos antes de abrir la boca. Si la opinología suele ser funesta y triste en cualquier campo, lo es mucho más en cuestiones como esta, que hacen no solamente a nuestra historia pasada, sino a nuestro presente y nuestro futuro, en alma, carne y sangre. Como dice Fanz Fanon en Los condenados de la tierra (otra obra que recomiendo leer), el problema de la identidad no pasa tanto por las diversidades y las alteridades, sino por esa imagen deformada de nosotros mismos que hemos construido, como sujetos denigrados, subordinados, sometidos eternamente a alguna cosa que es mejor que “nuestra cosa”.
Todo lo europeo y todo lo norteamericano, en bloque, parece mejor que lo latinoamericano para muchísima gente, y es contra esa idea que debemos luchar. No me refiero a productos materiales de la ciencia y de la tecnología, sino a la visión persistente de que lo nuestro es más feo, más sucio, más torpe y más bruto. Y de paso, ya que estamos, es “menos” tener la piel oscura y poseer alguna gota de sangre indígena. En Venezuela se llama “catires” a los mestizos que se tiñen el pelo de rubio y que presumen de poseer algún rasgo europeo, así sea de lejos y de noche. Esa desesperación por mirar hacia afuera, esa adoración por lo extranjero, ese culto perpetuo al arquetipo occidental, es el problema. La identidad se va construyendo así, ladrillo a ladrillo de negaciones, y eso es simplemente devastador para cualquier individuo y para cualquier pueblo.
Fanon sostiene que la mejor arma de los colonizadores ha sido siempre inculcar la imagen de sí mismos a los colonizados. La contracara de este fenómeno es el autodesprecio, la aniquilación de la tan proclamada y cacareada autoestima. Por eso, José Enrique Rodó (otro gran olvidado al que deberíamos retornar) reclama en su Ariel (1900) la conformación de un pensamiento original y propio y condena toda imitación. En referencia a la admiración de los latinoamericanos por la cultura estadounidense, fenómeno al que llama “nordomanía”, dice: “Es así como la visión de una América deslatinizada por propia voluntad, sin la extorsión de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza del arquetipo del norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros interesados en nuestro porvenir”. José Martí es mucho más enérgico: “¡Esos nacidos en América que se avergüenzan, porque lleva delantal indio, de la madre que los parió y reniegan, ¡bribones! de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades!”.
No se trata aquí de enojos, ni de reclamos ni de oposiciones. Mi modesta pretensión es echar una mirada rápida (ya que rapidez quieren los tiempos) sobre la compleja trama de la identidad y sus orígenes profundos, que en América Latina continúan siendo, en buena medida, oscuros y perversos. De nosotros depende empezar a construir otra imagen que, como dice Zitarrosa, pueda crecer desde el pie. No para echarnos a llorar ni para revolcarnos en nuestra desgracia, como alguno puede creer, sino para empezar a levantar de una buena vez la cabeza. De lo contrario, seremos eternamente dependientes, siervos y segundones, no solamente en lo material, sino además en lo mental. Habría que tomar aire y repetir junto con Artigas: “Nada podemos esperar sino de nosotros mismos”.