La entrevista fue breve. Tras la narración de Bordaberry, el viejo se fue sin saludarlo. Previamente dijo: “Has omitido todo lo que esperaba: rostro de preocupación, declaración de duelo, inicio de una exhaustiva investigación”. Yo me paré rápido porque me daba la sensación de que me dejaba olvidado.
Al salir, lo abordó a la prensa. Fue muy escueto: “Me voy a donde tengo que estar: la 20ª sección”. El único registro fue la foto de Ahora: ambos saliendo del Palacio Estévez. Fue publicada al otro día en primera plana. Con el tiempo, sin saberlo en ese momento, esta iba a ser la brújula en mi vida.
En minutos estábamos en la 20. Recuerdo a Arismendi y gente del PCU. En poco rato llegaban Zelmar y el Toba, sin saber que ambos iban a seguir esa misma suerte en cuatro años. Yo me quedé como perdido, mientras Rodney y el viejo conversaban aparte. Pero los muertos estaban allí. Las ambulancias no los llevaban. Salvo uno, estaban muertos, pero no dejaban que “se tocara nada” hasta que el juez lo autorizara. Carvallo seguía vivo.
El año pasado, cuando iba al homenaje en el que tuve el honor de hablar, el taximetrista que me llevó me dijo: “Ya sé a donde vas. Yo llegué allí poco después que ustedes. Me acuerdo de vos, porque estabas de traje y corbata”. Lamentó estar de turno, pero minutos después de haber llegado, vi que había largado el taxi, sumándose a la multitud.
Debo confesar: hasta ese día no había visto gente asesinada. ¡Cómo olvidarlo! Cada crimen durante la dictadura; como cuando se llevaron al Toba y a Zelmar, y al día siguiente desapareció Liberoff.
Tras el magnicidio del 76, junto al viejo, conseguimos asilo en la Embajada de Austria en Buenos Aires. Pudimos viajar a Europa. Allí nos reencontramos con mamá que había venido a despedirse de su madre, sabiendo ella que no la volvería a ver. Viajamos a Estados Unidos a pedir el cese del apoyo político y militar y su notorio respaldo a la dictadura uruguaya. Muy diferente a algunos exiliados de hoy, que piden la intervención militar en su patria. Nosotros exigíamos el cese del apoyo al régimen militar (o civil-militar, no cívico, como a veces se dice. De cívico no tenía nada).
Llegó la hora sorpresiva de separarnos. Papá y mi madre, a Londres, y casi embarcando digo que me quiero quedar en Estados Unidos a hacer lobby. Dijera Martí: “En las entrañas mismas del monstruo”. Quedé solo, no conocía a mucha gente. Eldridge, solamente, que luego fue mi jefe en el trabajo de derechos humanos de la WOLA. Sólo pasaron unos días hasta que, por correo, recibo la foto del 17 de abril del 72. La foto tenía cuatro años, la dedicatoria era sólo futuro y nunca más me separé de ella. La miro cada noche. Decía: “No hay camino difícil con un buen compañero. Tu padre. Londres, junio de 1976”.
Por eso voy a estar. Sería un ingrato si no fuera.