Pero sigamos. Podríamos preguntarnos qué consecuencias traerá a Uruguay esta política restrictiva, en especial si se tiene en cuenta que el gobierno afirma haber comprado vacunas a Pfizer… las que se fabricarán en territorio belga.
Veremos ahora si aparece alguna voz dispuesta a afirmar, con despampanante ignorancia y con no menor ingenuidad, que la acción de los imperios ha traído consecuencias benéficas para los países pobres. Esta declaración de la UE no es más que la continuidad de un pensamiento monolítico: favorecer solamente sus propios intereses, con voracidad de lobo y dejando de lado todas las declaraciones y pensamientos de pretendida universalidad.
Claro está que se corre un riesgo: semejante brutalidad podría provocar la permanencia y la extensión de la epidemia, algo que podría afectar a Europa. Se me ha dicho que estoy dando demasiada importancia a las intenciones europeas. Ojalá fuera así, pero como dice el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel, existe un verdadero círculo vicioso de la denominada “civilización moderna” (léase civilización europea) por la que ésta se autocomprende como más desarrollada, y por ende superior. Su pretendida superioridad la estaría ejerciendo en relación al mundo pobre, al que obliga a someterse a sus pies, no como una mera cuestión de poder, sino como verdadera obligación moral. Aparece así la “falacia desarrollista”, o pretensión de desarrollar a los países pobres, de manera unilateral y a la europea.
Obviamente, si el bárbaro se opone, puede llegarse a la “guerra justa”, para imponerle por la fuerza los supuestos beneficios de la civilización. El lector y la lectora se preguntarán qué relación puede guardar este razonamiento con el asunto de las vacunas. Sucede que la falacia desarrollista persigue sólo dos objetivos; el primero es la dominación y el aprovechamiento de los recursos existentes en los países pobres. El segundo es el acaparamiento sin la menor retribución. La dominación europea no otorga nada de sí misma; no brinda generosamente ni un alfiler, ni un botón, ni una idea, y por supuesto, ni una vacuna. Y esto es así porque la dominación produce violencia, y la violencia produce víctimas, ya por acción, ya por omisión. Para peor, según afirma Dussel, esta violencia es interpretada como un acto inevitable, revestido de un sentido cuasi ritual de sacrificio. Los beneficios del desarrollo tienen un costo, y éste puede incluir la inmolación (aceptar resignadamente un destino adverso, sólo porque se pertenece al mundo pobre). Se me podrá repetir que actualmente Europa no lleva la voz cantante, y que la relación de fuerzas mundiales está cambiando de signo, pero nada indica que esta falacia desarrollista haya dejado de existir. Por el momento, lo que está a la vista es más de lo mismo.
La UE ya ha lanzado su amenaza; sea para restringir la venta de vacunas, sea para venderlas a mucho mayor precio, la amenaza está formulada. Es en momentos como éstos cuando me vienen a la memoria tantas imágenes desoladoras de Uruguay: laboratorios cerrados por falta de recursos, maquinarias cubiertas de polvo y proyectos científicos detenidos para que no atenten contra intereses privados y extranjeros; investigaciones truncadas por recortes de presupuesto en la Universidad, fuga de cerebros y muchas otras. Dejo librada a los lectores la búsqueda de los vínculos entre estos desgraciados fenómenos nacionales y la falacia desarrollista europea, arriba explicitada.