La alarmante atomización de los partidos en Uruguay -salvo el Frente Amplio-, que es expresión local de un fenómeno mundial, lo forzó en el balotaje a reunir por lo menos a cuatro partidos con representación parlamentaria. Al mismo tiempo logró neutralizar el voto de partidos menores que no obtuvieron bancas en el parlamento. El móvil de esa operativa no fueron los acuerdos programáticos, sino el reparto de cargos.
Eso le llevó a pactar con partidos antagónicos a los postulados históricos de su colectividad, sobre todo los del wilsonismo. Quienes como tales se definieron en las internas entraron terceros y cuartos en la interna blanca. Había que votar a los colorados, con los que Wilson jamás aceptó integrar gobierno. Había dicho no a Bordaberry y no a Sanguinetti. Escribió a Carlos Julio que él y sus bases estaban más cerca del Frente que de los colorados (ver carta a Carlos Julio, 31 de enero de 1978). Así volvió Luis a ocultar la imagen de un candidato de todos.
En la tercera etapa, ya era presidente electo. Una vez más no asumió su rol. Nadie le contó que, aun antes de asumir, ya tenía una investidura que -esa sí- nos pertenecía a todos. Recién ahí, a destiempo, se pone el traje de candidato, hablando solo para los suyos. Comenzó su discurso la noche electoral “retando” al FA. No recuerdo un gobierno más generoso y esforzado que el actual en el curso de una transición. Todos los ministerios y equipos de gobierno abrieron sus puertas con información. A la salida de cada entrevista, palos al anfitrión. Repartija de cargos, solamente eso.
El reparto era un fin en sí mismo y, además, muy poco democrático. A Mieres y su partido, por ejemplo, el voto ciudadano le redujo a un cuarto su bancada. Él perdió su banca, pero será ministro con un solo diputado. Como frutilla en el postre, hay que decir que aún hoy no se sabe con precisión el contenido final de la LUC. Debió saberse antes de la primera vuelta. Pero se conocerá en la cuarta etapa: cuando ya sea presidente. Lo poco que ha trascendido de su articulado ha generado polémica dentro de la propia y frágil coalición.
Suele decirse que a un nuevo gobierno se le desea suerte porque si le va bien, nos va bien a todos. Si le va mal, a todos nos irá mal. Quiero ser sincero sobre dónde me paro: el gobierno debería cambiar sus objetivos para que le desee éxitos. Si su proyecto es la versión uruguaya del autoritarismo con falta de solidaridad, que ha traído hambre y violencia a otros pueblos de la región, si el proyecto es antipopular, deseo que le vaya mal.
Algunos blancos han escrito en las redes: “Te fue mal: te fuiste y perdiste”. Decía Wilson: “Lo que importa no es ganar, sino que valga la pena. Si no, perder y seguir luchando”. El viejo amigo brasileño y compañero de exilio Darcy Ribeiro, a cuya asunción junto a Brizola en la gobernación de Río de Janeiro asistí con mi padre, escribió una memorable despedida a la vida. Mi también amigo, el padre Lancelotti, se refiere a la misma en misa, en el día y a pocas cuadras de donde asumió Bolsonaro.
Dijo, citando a Darcy: “Fracasé en todo lo que intenté en mi vida. Quise alfabetizar a los niños brasileños: no lo conseguí. Quise salvar a los indios y pueblos originarios: no lo conseguí. Quise lograr un desarrollo autónomo para Brasil: fracasé. Pero esos fracasos son mis victorias. Detestaría estar en el lugar de quienes vencieron”. Y remata el Sacerdote: “Este domingo, como Darcy, digo: estoy feliz de no estar del lado de los que vencieron. Mi sitio será siempre con los vulnerables, los pobres y pequeños; los pueblos originarios, la comunidad LGBT, la gente en la calle. Estoy del lado de la lucha, de los que van a seguir luchando. Porque es un deber luchar por la vida y su dignidad”.