Cuando realicé, hace ya ocho años, un posgrado en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, con sede en Madrid, por poco pierdo el curso por rebeldía contumaz. Todo se debió a una discusión en la que me enzarcé con mis docentes a propósito del término “Iberoamérica”, que ellos usaban sistemáticamente para referirse a este continente. Pretender hacerles entender que América es América, y que Iberoamérica puede llegar a ser, en todo caso, un término específico para referirse a ciertos vínculos históricos de América con España, fue misión imposible.
Me di cuenta entonces no lo sospeché, sino que lo constaté- que siguen creyéndose descubridores y, por tanto, dueños y propietarios de nuestra tierra, no de propiedad plena, pero sí con un derecho moral suficiente surgido o emanado de su condición de descubridores y de civilizadores de las turbas de salvajes indios desprovistos de fe, y un largo etcétera. No por casualidad continúan festejando el día de la hispanidad con bombos y platillos.
Se les olvida, o acaso no se dieron por enterados nunca, de toda la sangre derramada en el Nuevo Mundo para liberarse de ellos. Se les olvidan todos los ciclos revolucionarios y prerrevolucionarios, que no fueron un juego de niños, sino uno de esos males mayores que nos han marcado para siempre. Se les olvida que la declaración de derechos humanos de la ONU fue realizada, entre otros motivos, para velar por la consecución y conservación de la paz entre las naciones del mundo entero, por el reconocimiento de los derechos de los hombres y mujeres que pueblan el planeta y por los derechos peculiares y específicos de todas las naciones.
Se les olvida que fue un español, el fraile dominico Francisco de Vitoria, quien en el siglo XVI pensó y dio como posible, e incluso como necesaria, una organización internacional para fundar la paz universal y la defensa de los derechos “de gentes”, o sea de los diversos pueblos de la tierra. Es cierto que Vitoria porfió con aquello del descubrimiento, pero desde entonces acá me parece que los españoles han tenido tiempo suficiente -y desgracias y calamidades bastantes- como para poner las barbas en remojo y darse por enterados, de una buena vez, de que los vientos de la historia siguen soplando y no precisamente en su favor.
Esa anomalía sistemática, tan propia del pensamiento eurocentrista, de considerar inferiores a todos los animales humanos que pueblan el globo, a excepción de ellos mismos, es no solamente aberrante sino perseverante. No hay manera de extinguirla. Razón tienen los teóricos de la acción comunicativa y de la argumentación cuando piden a gritos un modo de pensamiento racional. En este mundo saturado de comunicaciones, racionalidad es lo que falta.
No voy a agarrármelas con el pobre escritor español Pérez Henares. Lo tomo solamente como un ejemplo, calificado por cierto, de lo que anida y abunda en las mentalidades de esa “madre patria” que jamás nos pudo convencer de su tierna y solícita maternidad. Y, sin embargo, no tengo más remedio que continuar criticando al novelista. Dice Henares en la aludida entrevista que pertenece a un colectivo llamado “Escritores con la Historia”, que él preside. Al mencionar los objetivos con los que nació dicha asociación, sostiene que se trata de personas que quieren “saber de su pasado y contemplarlo desde el conocimiento”. Añade que los españoles no deben avergonzarse de su historia, y es entonces cuando pronuncia esa frase apoteósica: “Tampoco tenemos que darnos zurriagazos, pidiendo perdón por haber descubierto América o por haber dado la vuelta al mundo”. Más adelante señala que “somos el único país del mundo que se cree su leyenda negra”.
Así como nuestro querido y admirado filósofo Roberto Fernández Retamar, recientemente fallecido, escribió todo un libro para responder a la pregunta “¿Existe la filosofía latinoamericana?”, así yo tendría que escribir un libro para responderle al señor Pérez Henares. Como no puedo hacerlo de momento, le diré al menos, desde estas breves líneas, que por mal camino va.
Las glorias de España, que son muchas, nos honran y nos honrarán por siempre. Somos pueblos hermanos, sí, en muchos sentidos, pero los españoles jamás serán nuestros padres y nosotros jamás seremos sus hijos. Y si de verdad España pretende saber de su pasado y contemplarlo desde el conocimiento, debería lavarse la boca tres veces antes de pronunciar la palabra América sin haberse documentado a fondo, reflexionado a fondo, no desde los viejos y repetidos prejuicios, sino desde la racionalidad de las tábulas rasas cartesianas. Recién entonces podremos empezar a dialogar desde la verdad, desde los hechos, desde las razones y desde la paz.