Es una cuestión absurda la de erigirse en jueces supremos e inapelables, como si fuéramos seres perfectos e intocables, agraciados con la divina atribución de la sentencia, que por otra parte se emite con una facilidad y liviandad espantosas. Yo solo creo necesario el conocimiento de la vida personal de un artista -más allá de la mera curiosidad- a los efectos de poder calibrar de todas las maneras posibles la dimensión profunda de su creación. Lo demás es inútil y aun contraproducente.
En el caso de Picasso, aun antes de conocer su leyenda negra, ya había advertido que su arte es exasperado, fuerte, por momentos desafiante, casi violento en sus desmanes de expresión rotunda; ya de niña, cuando miraba sus pinturas, me asombraban y me horrorizaban un poco esas vaginas dentadas, lenguas afiladas como puñales, ojos enormes y vagamente devoradores. Se nota muy bien que pintaba, a veces, con movimientos implacables, como si en lugar de poner colores y dibujar líneas sobre la tela, la estuviera azotando.
Picasso sabía castigar cuando quería, tanto a los objetos como a las personas; por eso también se ha dicho de él que no sólo era un amante cruel, incapaz de amar a alguien, sino un mal amigo. Y, sin embargo, a pesar de su poder manifiesto, hay en algunas obras de Picasso un intento marcado de mostrar la idea en toda su profundidad sin llegar a mostrarla. Uno advierte que la idea está ahí, en algún lugar del trazo y de la forma, pero no llega a manifestarse en su plenitud. Es lo que tiene, a veces, el período cubista de Picasso. Digo a veces, aunque no siempre, porque si se mira con atención y desde diferentes ángulos, se puede captar el poder del mensaje en algunos detalles que cuesta identificar.
Yo no soy crítica de arte, sino una simple espectadora, pero intento cumplir en la medida de lo posible con aquel consejo de E. Gombrich: “Mirar el arte con ojos limpios”. Si hay o debiera haber algún grado de pureza en la experiencia estética, entonces se hace necesario al espectador (o al ojo que mira) apartar preconceptos y prejuicios a la hora de contemplar el arte. De todos modos, confieso que me ha llevado años interpretar la obra de Picasso, acercarme a ella e incluso reconciliarme con ella.
Prefiero pasar por ignorante antes que pasar por esnob, y me parece que la vida es mucho más simple de lo que a veces creemos; por eso, tal vez, es más fácil comprender el Guernica que alguna obra de su período cubista. Todo lo cual queda dicho, en relación a Picasso, para mostrar mi propia experiencia picassiana, ya que no puedo hablar por nadie más; o, mejor dicho, mi necesidad, bastante agobiante, de buscar y buscar sentidos en sus obras hasta comprender por qué Manuel Borja Villel, director del Museo Reina Sofía, dice que “hay artistas que reinventan el arte, como el primer ser humano que pintó los muros de una caverna. Picasso es uno de ellos. Viviendo intensamente, supo ser intemporal. Fue un revolucionario, sabiendo permanecer como un clásico”.