¿Qué hizo Estados Unidos el día de la trigésima votación a favor de Cuba en la ONU? Votó en contra, naturalmente, y fue secundado por Argentina, Hungría, Israel, Macedonia del Norte, Paraguay y Ucrania. ¿Y qué hizo después, ante los resultados? ¿Se sometió, tal vez, al designio de la comunidad internacional, constituida por países tan soberanos como su propio territorio? Nada de eso. Continuó su línea de alevosa impunidad, cuyas expresiones sería casi imposible enumerar aquí. Baste decir que ahora, con el desparramo de amenazas, el aumento de la presencia militar en el Caribe y la invasión a Venezuela ocurrida el 3 de enero, Trump y su Gobierno (que no el pueblo estadounidense como tal) han abierto un nuevo frente de impunidad mediante una política cargada de delitos contra el derecho internacional, y contra los habitantes del planeta; en particular, y entre otros, delito de intento de genocidio, crímenes de guerra y crímenes de agresión.
Nuevas acciones del imperialismo
Si ya era muy peligrosa la actuación del Gobierno de Estados Unidos antes de Venezuela, lo es mucho más después de que, el pasado 27 de enero, China enviara un auxilio económico a Cuba, consistente en ochenta millones de dólares y sesenta toneladas de arroz. En respuesta, Trump emitió la orden de cortar la afluencia de petróleo en la isla (ya con Venezuela fuera de combate, y México lo bastante amenazada como para comenzar a paralizarse), y de imponer aranceles adicionales a los países que lo suministren. La nueva medida suma una acción más a la figura de intento de genocidio, definida como tal en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, que consiste en la intención específica de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.
No se reduce a una eventual matanza y/o a lesiones graves, sino que incluye el sometimiento a condiciones de existencia que acarreen o puedan acarrear la destrucción física, entre otras. Se trata de una medida inserta en la realidad (es algo que está aconteciendo, guste o no guste), como expresan los gurús de la pretendida objetividad, que pretenden lavarse las manos y no realizar ningún juicio al respecto. Pero es también (guste o no guste) una medida francamente inmoral. ¿Y por qué es inmoral? Porque no solamente de realidades o de hechos crudos y duros vive el hombre. La gente no solamente hace esto o aquello, sino que lo hace o deja de hacerlo por alguna razón.
Hay cuestiones inherentes a las ciegas fuerzas de la naturaleza, y hay otras que sólo obedecen a los designios humanos, reino en el que no existe y no es posible la menor objetividad. En efecto, tal como lo enunció en su momento Kant (y cómo se nota quiénes lo han leído y quiénes no), en los seres humanos, en su capacidad racional y en su actitud frente al conocimiento conviven por lo menos dos “razones”: la pura, enfocada en el mundo fenoménico, regido por las leyes de la causalidad, donde las cosas son (en especial hablamos de la física y de la matemática); y la práctica, cuya materia es la “conciencia moral”, que todos los seres humanos poseemos pero que no siempre (o mejor dicho, rara vez) sometemos al escrutinio de una lógica implacable. ¿Qué nos dice la lógica de la moral kantiana? En su más rigurosa acepción, se formula por medio del “imperativo categórico”, por el cual nos obligamos a nosotros mismos a actuar de manera racional en cuestiones éticas. Dicho imperativo es un mandato incondicional que nos ordena actuar de tal manera que la norma de conducta propia pueda erigirse en ley universal, válida en cualquier lugar y tiempo, para todos, sin excepciones ni contradicciones.
Como es obvio, Estados Unidos no desea que ninguna otra potencia o alianza eventual de potencias someta a su propio territorio a un “embargo” o bloqueo, o a cualquier otra medida que lesione de algún modo su soberanía y que, encima, vaya a contrapelo de lo dispuesto por la comunidad de naciones; no lo desea, y mucho menos esperaría que semejante estado de cosas dure indefinidamente; y es por ello que su medida resulta cínica, agresiva, arbitraria e inmensamente cruel: porque no puede universalizarse, pues, de hacerlo, desataría al instante una guerra masiva y una probable extinción de la humanidad. En suma, el actual Gobierno de los Estados Unidos viola el mandato ético de la conciencia moral humana, que no necesita de ningún elemento especial para manifestarse, pues hasta un niño la posee, tal como asevera Kant. Se podrá alegar que semejante imperativo resulta poco menos que utópico en la realidad de todos los días; pero no se podrá probar que sea erróneo, pues emana de la más pura lógica. Algo así como la Declaración de Derechos Humanos, cuyo basamento, inspiración, norte y guía pertenecen casi por entero al imperativo categórico kantiano. Guste o no guste.