Las alternancias que se dan a lo largo y ancho del mundo entre gobiernos de signo progresista y de derecha tal vez puedan explicarse por esas insatisfacciones, que responden más a problemas de fondo que a gestiones. El problema para las izquierdas, y en particular para el FA, es que las expectativas de la gente ya no dan tregua, y es razonable cuando hace tantas décadas que se postergan. A eso se suma una anemia política del FA para dar la batalla cultural en términos masivos. Tristemente, el escenario actual es inmejorable para explicar el fenómeno del imperialismo y, en particular, las consecuencias claras de una guerra más allá de las tragedias humanitarias. Hoy Uruguay vive como nunca antes las consecuencias de una guerra iniciada por EEUU y los sectores de poder que viven de la especulación y la muerte. Los combustibles suben, la gente se queja, pero el resultado global es que se termina culpando al Gobierno y no a los responsables del conflicto en Medio Oriente. Esto sucede porque se renuncia a la pedagogía política a la hora de explicar las verdaderas razones de este grave problema; por el contrario, las señales son confusas y no contribuyen a visualizar la dimensión del drama. En vez de señalar a Trump y a sus aventuras guerreristas, el presidente Orsi va y se sube a un portaaviones norteamericano para mantener supuestos equilibrios que muchos de los mortales no comprendemos y mucho menos compartimos. Para colmo, es posible que esa visita quede como una sombra histórica porque una semana después el portaaviones de la discordia se dirige hacia Cuba con el único objetivo de masacrar a un pueblo noble, a su construcción histórica, a su ejemplo y su dignidad.
A la falta de astucia política para explicar fenómenos ajenos a Uruguay se suma la falta de autocrítica y el bastardeo a las voces críticas que se erigen dentro del campo popular por parte de algunos referentes y militantes vinculados al sector mayoritario del FA. Otra vez, en vez de poner las barbas en remojo, asumir con responsabilidad la falta de transformaciones palpables y la ausencia de un rumbo defendible por el pueblo frenteamplista, aparece la construcción del “enemigo interno” como responsable de la desaprobación; ese al que algunos llaman "el círculo rojo" y que no hace falta explicar demasiado a quiénes se refieren. Pero lo más impactante es que cuadros relativamente jóvenes se hagan eco de las expresiones de un veterano militante y compañero que chicanea a quienes critican —equivocados o no— desde una perspectiva político-ideológica las posiciones del Gobierno de Orsi en materia internacional, en especial el último capítulo del portaaviones, tildándoles de perfilismo o de “verduritas”.
La responsabilidad histórica del momento es tal que quizás haya quienes no vean, o ni siquiera se imaginen, un nuevo escenario de desacumulación política profunda, con desprendimientos dentro del bloque alternativo de los cambios como reflejo de un divorcio cada vez más inminente.
Una realidad que interpela
Basta repasar los últimos datos difundidos con una clara tendencia a la baja en cuanto a la aprobación de la gestión de gobierno. En particular, la empresa Factum registró un nivel de aprobación del 29 % y una desaprobación del 46 % al cierre del segundo bimestre de 2026. Con un 24 % de los consultados que mantiene una postura neutra ("ni aprueba ni desaprueba") y un 1 % que prefirió no opinar, el saldo neto de Orsi se consolida en terreno negativo con un -17 %.
El informe de la consultora advierte sobre un proceso sistemático de caída en los niveles de aprobación y un incremento correlativo del rechazo. Si bien el desgaste inicial estuvo traccionado por los votantes de los partidos de la Coalición Republicana, la última medición de Factum debería encender las alarmas en el oficialismo al constatar, por primera vez, una baja en el respaldo entre quienes votaron al Frente Amplio en las elecciones de octubre de 2024. Dentro de los votantes del Frente Amplio, el 59 % aprueba la conducción de Orsi, mientras que un 13 % la desaprueba, reflejando el retroceso mencionado dentro de la base electoral, que pasó del 89 % de aprobación en 2025 a esta cifra de 30 puntos porcentuales menos en 2026.
Si esto no es un llamado de atención que merece ser atendido con responsabilidad, no sabría decir qué lo sería entonces. Está la opción de continuar mirándose el ombligo, de buscar culpables y fantasear con conspiraciones internas; o está la opción de ser autocríticos, convocar al pueblo uruguayo y, en particular, a la base frenteamplista para reconstruir un horizonte de cambios con protagonismo popular. Convocar para discutir, repensar, diseñar y construir otros escenarios posibles, para convencer y convencerse de que es posible otra cosa y no es fatal el fracaso. Hay quienes siguen amando las aventuras solitarias, pero también hay quienes seguimos creyendo en las utopías colectivas para cambiar todo lo que deba ser cambiado.