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Verduritas, autocrítica y otras yerbas: ¿Qué está pasando con la aprobación del Gobierno?

El problema para las izquierdas, y en particular para el FA, es que las expectativas de la gente ya no dan tregua, y es razonable cuando hace tantas décadas que se postergan.

Las señales de desgaste o, lo que es peor, de desacumulación en términos políticos y sociales, se vienen dando desde hace meses en lo que respecta a este nuevo período de gobierno del Frente Amplio (FA); pero en términos más históricos, el proceso de desacumulación se viene palpitando incluso desde que el FA llegó por primera vez al gobierno. En el plano teórico, para muchos partidos y sectores políticos de izquierda se suponía que el Gobierno, como parte de uno de los círculos de la táctica, serviría como elemento de acumulación político-social, de robustecimiento de la participación popular, de avances democráticos y culturales, de ruptura de eslabones de dependencia y de construcción de soberanía nacional. Sin embargo, más allá de avances que se han apreciado y que han permitido mejorar la vida de miles y miles de compatriotas, lo cierto es que la gestión, junto a la falta de conducción política, fueron el principal motivo para la derrota electoral de 2019, lo que fue advertido en tiempo y forma pero igualmente despreciado. Hoy es posible aventurar que probablemente sean las mismas deficiencias las grandes responsables de una nueva derrota en el futuro si no hay un cambio de rumbo. La idea de que vamos bien pero hay que acelerar es un error de caracterización de la coyuntura que tiene dosis cada vez más visibles de terquedad y carencia de autocrítica mínima, no necesariamente por incapacidad política sino más bien por la lisa y llana soberbia.

Lo que hoy está ocurriendo puede explicarse desde diversos lugares, pero tal vez una reflexión necesaria sería colocar la mirada en las expectativas de la gente. El sistema que hoy domina el mundo, y en el que Uruguay se encuentra inmerso, no está logrando dar en el clavo respecto a las necesidades básicas de la población. La humanidad atraviesa una de sus peores crisis civilizatorias, con miles de muertos en conflictos bélicos, millones de niños y niñas que siguen muriendo a consecuencia del hambre o por falta de acceso a la salud, y pueblos expulsados y saqueados, entre otras aristas del capitalismo salvaje.

Uruguay, afortunadamente, no atraviesa una crisis de esa dimensión, pero es claro que no ha podido avanzar en combatir la pobreza estructural —en especial la infantil—, en el acceso democrático a viviendas dignas ni a la salud en toda su expresión. Tampoco logra dar respuesta a problemas crecientes como la expansión del narcotráfico, el lavado de activos ni a muchas de las amenazas que ponen en vilo a la defensa nacional, como por ejemplo la ausencia de una estrategia de desarrollo nacional. Rompe los ojos que ya son varias las generaciones de uruguayos que aún continúan esperando los “beneficios” del derrame del crecimiento económico del actual sistema. Hay una postergación histórica de los sectores más pobres y también de los sectores medios de la sociedad. Los problemas más urgentes sin dudas están en los estamentos más empobrecidos, pero la fragilidad del actual estado de cosas es tal que un simple cambio en los ingresos de un hogar “promedio” hace que se caiga rápidamente en la pobreza.

Las alternancias que se dan a lo largo y ancho del mundo entre gobiernos de signo progresista y de derecha tal vez puedan explicarse por esas insatisfacciones, que responden más a problemas de fondo que a gestiones. El problema para las izquierdas, y en particular para el FA, es que las expectativas de la gente ya no dan tregua, y es razonable cuando hace tantas décadas que se postergan. A eso se suma una anemia política del FA para dar la batalla cultural en términos masivos. Tristemente, el escenario actual es inmejorable para explicar el fenómeno del imperialismo y, en particular, las consecuencias claras de una guerra más allá de las tragedias humanitarias. Hoy Uruguay vive como nunca antes las consecuencias de una guerra iniciada por EEUU y los sectores de poder que viven de la especulación y la muerte. Los combustibles suben, la gente se queja, pero el resultado global es que se termina culpando al Gobierno y no a los responsables del conflicto en Medio Oriente. Esto sucede porque se renuncia a la pedagogía política a la hora de explicar las verdaderas razones de este grave problema; por el contrario, las señales son confusas y no contribuyen a visualizar la dimensión del drama. En vez de señalar a Trump y a sus aventuras guerreristas, el presidente Orsi va y se sube a un portaaviones norteamericano para mantener supuestos equilibrios que muchos de los mortales no comprendemos y mucho menos compartimos. Para colmo, es posible que esa visita quede como una sombra histórica porque una semana después el portaaviones de la discordia se dirige hacia Cuba con el único objetivo de masacrar a un pueblo noble, a su construcción histórica, a su ejemplo y su dignidad.

A la falta de astucia política para explicar fenómenos ajenos a Uruguay se suma la falta de autocrítica y el bastardeo a las voces críticas que se erigen dentro del campo popular por parte de algunos referentes y militantes vinculados al sector mayoritario del FA. Otra vez, en vez de poner las barbas en remojo, asumir con responsabilidad la falta de transformaciones palpables y la ausencia de un rumbo defendible por el pueblo frenteamplista, aparece la construcción del “enemigo interno” como responsable de la desaprobación; ese al que algunos llaman "el círculo rojo" y que no hace falta explicar demasiado a quiénes se refieren. Pero lo más impactante es que cuadros relativamente jóvenes se hagan eco de las expresiones de un veterano militante y compañero que chicanea a quienes critican —equivocados o no— desde una perspectiva político-ideológica las posiciones del Gobierno de Orsi en materia internacional, en especial el último capítulo del portaaviones, tildándoles de perfilismo o de “verduritas”.

La responsabilidad histórica del momento es tal que quizás haya quienes no vean, o ni siquiera se imaginen, un nuevo escenario de desacumulación política profunda, con desprendimientos dentro del bloque alternativo de los cambios como reflejo de un divorcio cada vez más inminente.

Una realidad que interpela

Basta repasar los últimos datos difundidos con una clara tendencia a la baja en cuanto a la aprobación de la gestión de gobierno. En particular, la empresa Factum registró un nivel de aprobación del 29 % y una desaprobación del 46 % al cierre del segundo bimestre de 2026. Con un 24 % de los consultados que mantiene una postura neutra ("ni aprueba ni desaprueba") y un 1 % que prefirió no opinar, el saldo neto de Orsi se consolida en terreno negativo con un -17 %.

El informe de la consultora advierte sobre un proceso sistemático de caída en los niveles de aprobación y un incremento correlativo del rechazo. Si bien el desgaste inicial estuvo traccionado por los votantes de los partidos de la Coalición Republicana, la última medición de Factum debería encender las alarmas en el oficialismo al constatar, por primera vez, una baja en el respaldo entre quienes votaron al Frente Amplio en las elecciones de octubre de 2024. Dentro de los votantes del Frente Amplio, el 59 % aprueba la conducción de Orsi, mientras que un 13 % la desaprueba, reflejando el retroceso mencionado dentro de la base electoral, que pasó del 89 % de aprobación en 2025 a esta cifra de 30 puntos porcentuales menos en 2026.

Si esto no es un llamado de atención que merece ser atendido con responsabilidad, no sabría decir qué lo sería entonces. Está la opción de continuar mirándose el ombligo, de buscar culpables y fantasear con conspiraciones internas; o está la opción de ser autocríticos, convocar al pueblo uruguayo y, en particular, a la base frenteamplista para reconstruir un horizonte de cambios con protagonismo popular. Convocar para discutir, repensar, diseñar y construir otros escenarios posibles, para convencer y convencerse de que es posible otra cosa y no es fatal el fracaso. Hay quienes siguen amando las aventuras solitarias, pero también hay quienes seguimos creyendo en las utopías colectivas para cambiar todo lo que deba ser cambiado.

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