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El gasto de Schrödinger

La izquierda no avanza sin lucha, sin batallas de ideas, sin afectación de intereses. Si renuncia a eso, deja de ser izquierda y, lo que es todavía más grave, provoca un colapso de la esperanza, que necesita ideas, épica, transgresión y coraje.

El Gobierno tiene hasta el 30 de junio para enviar la Rendición de Cuentas al Parlamento, y el equipo económico está haciendo un esfuerzo intelectual importante para llevar un proyecto de gasto cero sin hacer ostensiblemente gasto cero y aumentar los recursos destinados a algunas políticas públicas sin tocar el monto neto de recursos que se destinan al conjunto de los “incisos” del Estado. Usted puede preguntar qué significa esto y es una pregunta legítima porque, hasta el momento, no hay una respuesta demasiado obvia.

La discusión sobre el gasto

En la conferencia de prensa realizada a la salida del Consejo de Ministros, el pasado miércoles, el ministro de Economía dijo con toda claridad que los recursos para llevar adelante las recomendaciones del diálogo social, la estrategia para la situación de calle, la seguridad pública y el fortalecimiento de las políticas hacia la infancia surgirían de reasignaciones que la Contaduría General de la Nación discutiría con los “incisos”, pero que el compromiso fiscal adoptado en el presupuesto del pasado año quedaba inalterado. Esto es: gasto incremental cero. A renglón siguiente, el director de la OPP, Rodrigo Arim, aclaró que el presupuesto no es de gasto cero y que se fortalecerán las prioridades resueltas por el Gobierno.

¿Cómo es posible que sea un gasto incremental cero, como expresa Oddone, y que a la vez no lo sea, como dice Arim? Bueno, la diferencia estriba en el punto de partida: mientras Oddone se para en el presupuesto votado el año pasado, que disponía una partida de gastos creciente año a año, por lo que puede decir que en 2027 se va a destinar exactamente lo que se votó en la ley presupuestal (30 millones de dólares más que en 2026), el director de la OPP toma como punto de partida lo que se destinó este año (2026), por lo que puede decir que el año que viene se va a destinar más y eso se lo adjudica a un mérito de la Rendición de Cuentas, aunque, en realidad, sea el fruto de una decisión que se tomó en la ley presupuestal del 2025.

El lector atento habrá ya apreciado la jugada y se habrá formado una opinión sobre ella. En principio, tiene muchas chances de no salir bien, porque es imposible que los que se dedican a estos temas, los legisladores, los sindicatos públicos, los entes del 220 acepten el argumento así como así. Pero el Gobierno tiene a favor un argumento de muchísimo peso: si bien el gasto no se va a mover de lo dispuesto en el presupuesto quinquenal para el año 2027, la asignación presupuestal se va a mantener pese a que el crecimiento de la economía fue bastante menor a lo esperado e incluso se está ajustando hacia adelante a la baja. Eso tiene un mérito: no bajar la previsión del gasto pese a que no se creció lo esperado y que se suponía que el aumento de gasto iba a acompañar ese crecimiento.

Ahora bien, cuando se logre superar el probable pantano comunicacional de defender un gasto sosteniendo que no es cero y a la vez que sí lo es, comienza el otro problema, el político. El Gobierno se mueve con números de desaprobación muy altos, incluso dentro de sus bases, por varios motivos que convergen aunque no operen todos en el mismo plano. Lo cierto es que la discusión presupuestal (o la Rendición de Cuentas, en este caso) es uno de los momentos cruciales para introducir las correcciones de rumbo que acerquen los resultados a las expectativas sociales. Y si, finalmente, se elige el camino de la ortodoxia bajo las directivas del equipo económico, es decir, mantener el gasto quieto y poner todas las baterías en las mejoras de la gestión y las reasignaciones, lo más probable es que termines el 2027 con felicitaciones de las consultoras y las calificadoras de riesgo, pero sin poder cumplir con las políticas que le propusiste a la ciudadanía y, en consecuencia, con más desaprobación de la gente y más conflictividad social.

El proyecto de izquierda

Van sólo quince meses de gobierno. Faltan cuarenta y cinco. Es bastante llamativo cómo la izquierda, que ha combatido durante tantas décadas los dogmas de la ortodoxia, ha ido cediendo posiciones ante ella. Hace unos días, en una visita a un comité de base, el subsecretario de Economía, Martín Vallcorba, advertía contra la propuesta de un aplicación de un impuesto del 1 % al 1 % más rico, señalando que, en caso de aprobarse algo así, los extranjeros residente en Uruguay, esencialmente argentinos, se iban a ir de inmediato. Y más en general, llamó a evitar estas discusiones, con una frase que suena a máxima posibilista: “Tenemos que evitar la discusión que no tiene en cuenta la capacidad que efectivamente nosotros tenemos de transformar la realidad”.

Es un límite claro el que plantea Vallcorba y hay que aceptar que es el principio que ha orientado como realpolitik desde Von Bismarck. Pero eso no es la izquierda. La izquierda discute contra esa doctrina. La izquierda discute lo posible y lo necesario. La izquierda no avanza sin lucha, sin batallas de ideas, sin afectación de intereses. Si renuncia a eso, deja de ser izquierda y, lo que es todavía más grave, provoca un colapso de la esperanza, que necesita ideas, épica, transgresión y coraje y no crece en la tierra yerma del posibilismo, la restricción y la pusilanimidad.

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