Y cuando cierra su explicación lo hace de la peor manera. Ante periodistas de cuatro medios gráficos que él mismo seleccionó. Casualmente, los medios que más publicidad oficial reciben. Por qué no invitó a Brecha, a Voces, a Crónicas y a Caras y Caretas es algo que sólo él debería explicar.
Nadie pone en cuestión el derecho del presidente, o de quien sea, de hablar con quien considere. Pero cuando es tan selectivo, los que quedaron afuera tienen derecho a reclamar una explicación.
No haremos una reseña de todo lo ocurrido y dicho desde el lunes 25 de mayo, cuando la periodista Patricia Madrid descubrió que había algo que no cerraba en la declaración jurada del primer mandatario. Ese día supimos que había comprado su camioneta con un descuento de 25.000 dólares; es decir, la tercera parte de su valor. Pasaron 9 días hasta saber, por él mismo, que en la operación de compra-venta hubo otros dos vehículos entregados como parte del pago: su camioneta anterior y otro que había sido donado en el 2024 para su campaña política.
Todo el entremés de cómo va y viene ese último auto del FA al patrimonio de Orsi abre otro flanco. Cuando un ciudadano decide aportar dinero o bienes para una campaña electoral, ¿lo hace para el partido político o para el candidato? Si sobra dinero, o bienes, ¿quién se lo queda? ¿Ante quién se declara ese aumento patrimonial?
El presidente explicó que el saldo de su campaña fue entregado al FA, aunque no dijo si él pagó los 20.500 dólares que valía la camioneta sorteada y que nadie ganó. Finalmente decidió donar la camioneta a Anep. Dicho en criollo, se quedó sin el pan y sin la torta.
“Estaré a lo que digan los organismos de contralor”, dijo Yamandú Orsi, y la volvió a cagar, con perdón de la palabra. Si la Jutep dictaminara que Orsi violó el Estatuto del Funcionario Público, ¿qué va a hacer?, ¿renunciará?
Cuando el Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio dictaminó en el 2017 que el entonces vicepresidente Raúl Sendic “había incurrido en faltas éticas y políticas reiteradas durante su gestión en Ancap”, renunció.
Recordemos que la caída de Sendic comenzó, precisamente, por declaraciones equivocadas, ya que se adjudicó un título de licenciado en Genética que no tenía, y cuando quiso aclarar ya era tarde.
Lo peor de todo este asunto, casi de sainete, es que Orsi dilapidó de un saque su mejor capital político. Porque las encuestas muestran una gran desaprobación del Gobierno, aunque el presidente era bien evaluado porque la gente lo veía como un igual.
Hasta varios de sus adversarios políticos hablan bien de él. Claro, los que tienen un sentido institucional de la política. Porque hay otros carroñeros que para tapar sus propias infamias recurren a cualquier ardid, incluyendo el insulto.
El humorista Darwin Desbocatti decía esta semana que Orsi no favoreció a nadie en este asunto. No favoreció al Gobierno, que quedó metido en un lío ajeno; no favoreció al FA, porque terminó alentando la idea de que son todos iguales. No favoreció a su familia, que se quedó sin la camioneta. No favoreció a Oliva que, como concesionario, decidió hacerle un descuento importante pero desde entonces solo tiene publicidad negativa; igual que Car One, otro que no fue favorecido y ahora tiene un lío contable. No favoreció a Hyundai, que ahora no podrá presentarse a ninguna licitación pública, por las dudas. Y, finalmente, tampoco se favoreció él, que en un año perdió los 80.000 dólares que valía su camioneta.
Sendic no robó 800 millones de dólares, ni se compró un colchón ni calzoncillos con plata de Ancap. La Justicia lo procesó y condenó porque no pudo justificar los aproximadamente 50.000 dólares que gastó con su tarjeta corporativa cuando estuvo al frente del ente energético. Su gestión puede merecer todo tipo de reparos, como la de cualquier gobernante de cualquier partido, pero una mala gestión no se dirime en la Justicia, sino en las urnas.
Sin embargo, sus adversarios políticos y las redes instalaron la idea del robo de 800 millones, así como la del colchón y los calzoncillos. Y hoy es recordado exclusivamente por ello.
Nadie sabe qué va a pasar con Orsi a futuro. Lamentablemente, el affaire de la camioneta difícilmente se borre de la memoria colectiva.
Y esto también es raro: no hubo coimas, no se rompieron documentos, no hay terceros con antecedentes judiciales involucrados. ¿Qué se va a recordar?, ¿que no sabe declarar?
Jorge Batlle dijo que “los argentinos eran unos chorros del primero al último” y al otro día fue a llorar en la TV de ese país para disculparse.
Luis Lacalle Herrera dijo que “los funcionarios públicos hacen como que trabajan, y yo hago como que les pago”.
Julio María Sanguinetti dijo que él “nunca perdió una huelga”.
José Mujica dijo que “la vieja es peor que el tuerto”, en relación a los Kirchner.
Tabaré Vázquez dijo en un colegio que “durante el conflicto con Argentina por Botnia le había pedido ayuda militar a George Bush”.
No parece que estos supieran declarar. Sin embargo, Sanguinetti fue elegido dos veces presidente, igual que Vázquez; Mujica terminó siendo un referente mundial; Lacalle Herrera logró sostener la saga familiar con su hijo, Lacalle Pou, y a Batlle hoy se le reconocen algunos méritos.
O sea, todo dependerá a futuro de lo que haga Orsi en los casi cuatro años que le quedan de mandato. También de cómo declare.
Dos cosas debe entender: ahí afuera están los enemigos de la democracia cebándose en todos estos errores para alentar el desencanto, el resentimiento y las mentiras.
Y lo otro es que hubo un tiempo en que ser frenteamplista era un orgullo. La gente no llegaba porque hubieran leído a Marx o a Lenin, ni porque fueran todos comunistas. Llegaban, y muchos en cada elección, porque veían allí una ética política diferente y se sentían entre iguales.
Hoy en el poder, la ética frenteamplista hizo agua ya muchas veces. Y los iguales no pueden comprarse una camioneta de 80.000 dólares.